Sobre el destino del mundo árabe y su potencia común[1].

1.- Siria no está en guerra civil, el mundo es el que está en guerra civil en Siria. Cuando después de mucho tiempo las revueltas árabes tocaron la puerta del régimen de Bashar Al Assad abrieron una fisura que rápidamente fue capturada por las dos fuerzas globales que hoy pugnan por la gestión de las poblaciones. Por un lado el eje EEUU-OTAN y por otro, el eje Rusia-China. Ya no potencias, sino ejes, ya no ideologías en guerra sino potencias gestionales transmutadas a la luz del proceso de escatologización soberana del actual capitalismo neoliberal.

El primer eje ha intentado funcionar a partir de su nueva lógica propia del “paradigma oligárquico” propuesto desde la segunda administración Bush, a través del cual se despliegan las estrategias a partir del establecimiento de alianzas regionales. A esta luz, el rol de Arabia Saudita y de Qatar ha sido clave para articular a la naciente oposición siria que rápidamente derivó hacia una estrategia militar. Asimismo, los propios EEUU han enviado armas a la oposición. Pero, el interés norteamericano en la región va más allá de Siria. Su objetivo, quizás, sea en cierta medida, desactivar la alianza regional entre Irán, Siria y Rusia cumpliendo así, con el antiguo sueño del General Patton que, hacia finales de la Segunda Guerra Mundial, no escondía sus intenciones para dominar Moscú y desactivar así, al naciente poder soviético que hoy, ejerce su poder para desplegar al capitalismo de corte neoliberal.

Por eso, es evidente que no se trata aquí de dominar militarmente a Moscú, pero sí de neutralizar su influencia regional que se construyó durante la segunda mitad del siglo XX en virtud de la relación que tenía la URSS con los diferentes proyectos de descolonización que se jugaron allí en los que el nacionalismo sirio, del cual proviene el actual régimen de Al Assad fue uno de ellos[2]. Así, se trata de hacer retroceder al eje Irán-Siria-Rusia no para conquistar los territorios, sino para apropiarse de sus economías –básicamente petroleras- y hacer realidad lo que en su momento, Condolezza Rice llamó el “nuevo medio oriente”, esto es, un proyecto orientado a la normalización de las poblaciones en base a la forma imperial que imponen las democracias neoliberales.

El segundo eje se articula en virtud de Rusia y China que, desde la puesta en juego de la guerra civil en Siria han forjado una alianza estratégica que, hasta el minuto, ha funcionado como uno de los soportes más importantes al régimen de Bashar Al Assad. El interés ruso, en particular, se configura  a partir de tres problemas para los que el régimen sirio da solución: en primer lugar, la contención a los islamistas, toda vez que Rusia ha hecho lo imposible para aislar y neutralizar al problema checheno, en segundo lugar, la mantención del puerto de Tartús que, a través de Siria, es la única salida que Rusia tiene al mediterráneo, y, en tercer lugar –creo que es la razón más importante- es el intercambio comercial donde la inversión rusa con Siria alcanzaba hasta el año 2010 el valor de unos 20 mil millones de dólares anuales (entre armas, energía y otras mercancías) (Karim Emile Bitar, 2013).

A esta luz, el régimen de Bashar Al Assad es para los rusos absolutamente útil pues funciona aún como un pequeño katechón capaz de frenar la arremetida islamista manteniendo, a su vez, la salida rusa al mediterráneo y el enorme desarrollo económico. Con ello, el ejército sirio ha sido leal al gobierno, precisamente porque sabe que si éste cae, significará la pérdida de la relación histórica que dicho ejército ha tenido con Rusia. Pero, quizás más importante, sea el que este eje muestra un problema sobre el cual pende gran parte del orden global contemporáneo: el crecimiento económico de Rusia y China –sobre todo de este último- no ha ido de la mano con un crecimiento en la esfera de influencia política a nivel global. Si bien ambos son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de NNUU su poder militar y su influencia política es mucho más limitada que la de los EEUU y Europa. Acaso el problema sirio está funcionando como un mensaje que este eje envía al otro: “aún tenemos poder y no sólo lo usamos, sino que al igual que uds. intentamos constituirnos en el motor de la máquina imperial contemporánea”.

Inmediatamente a la aparición de la revuelta siria el régimen ejerció una cruenta represión. Y si bien, esta fórmula era exactamente la misma con la que había actuado Gadhaffi, a diferencia del caso libio en el que la diseminación del ejército en las diferentes oligarquías desfondaron rápidamente al poder estatal, en el caso sirio el Estado se mostró con una estructura institucional mucho más fuerte porque el Ejército, a diferencia del libio que estaba repartido entre familias, y el egipcio que no se identifica con el gobierno, éste se articula con el gobierno en función de la pertenencia a la misma casta alawí. Lo importante aquí, es entender que el eje religioso se inscribe como el dispositivo que hace posible la sutura entre ejército y gobierno, entre decisión y administración. Y lo hace posible por una lectura particular de la gnosis que estructura al discurso alawí y que legitima la estratificación social a la luz de los diversos ciclos y jerarquías angélicas en los que solo algunos hombres -no todos- van encontrando su ascensión espiritual (Fuad Khuri, 2005).

A partir de dicha cohesión proveída por el dispositivo religioso, el régimen pudo actuar inmediatamente instalando la situación de guerra, decidiendo al enemigo interno (“Al Qaeda” y el “imperialismo” extranjero) y cooptando así al discurso nacional. Así, en la oposición –que inicialmente no estaba apoyada por las potencias extranjeras, sino que había surgido como una revuelta desde la misma  sociedad civil siria- comienza a derivar en una estrategia militar en la que los capitales saudíes, qataríes y, finalmente, norteamericanos terminan financiando y armando a los dispares rebeldes (es decir, en su gran parte mercenarios tal como ocurrió con Gadhaffi frente a la oposición).

El nuevo elemento que se agrega después de desgarradores meses de conflicto, es la utilización de “armas químicas”. Ambas fuerzas son capaces de utilizarlas. El régimen ha mostrado una crueldad tan abyecta como la de los rebeldes. Aun así, la Comisión de NNUU liderada por Carla del Ponte ha dicho que, aunque no existen “pruebas incontrovertibles”, los testimonios de las víctimas indican que habrían sido los mismos rebeldes quienes habrían utilizado dicho gas y no el régimen sirio (Waterman, Washington Times, 2013). Si ello se confirma indicaría, por un lado, que efectivamente el régimen sirio parece estar ganando posiciones en contra de los rebeldes y, por otro, que habrían sido los mismos rebeldes quienes habrían utilizado el gas Sarín precisamente para obligar a EEUU a la “intervención”. La época del simulacro, en la que lo verdadero y lo falso sucumben en el preciso instante en que se pretende su defensa, juega una y otra vez con el “quién” produciendo enemigos allí donde no los hay.

A esta luz, lo único relevante es insistir en que: en primer lugar que los dos ejes en tensión no han dejado de “intervenir” y que, por tanto, si el congreso norteamericano llegara a aprobar la intervención ésta simplemente variaría en su intensidad mas no en el proceso en el que ha estado “interviniendo” desde hace mucho; en segundo lugar, que si se intensifica la intervención no sólo se visibilizará cada vez más el carácter global de la guerra civil que está teniendo lugar en Siria, sino que además, el lugar de Israel resultará decisivo, tal como lo ha sido hasta ahora cumpliendo el papel de agencia imperial en la región desde cuya impunidad, ha podido consumar el silencioso genocidio al pueblo palestino; en tercer lugar, no habrá que perder de vista que cualquiera de las dos intervenciones ejecutadas por cualquiera de los dos ejes, lo único relevante es que ésta no favorecerá al pueblo sirio que se levantó una vez en contra de su régimen, sino que comportará un férreo cerco a lo que han sido sus demandas que, como se recordará, comenzaron exigiendo la derogación del estado de excepción que el régimen había declarado hacía más de 30 años. Es decir, el levantamiento popular del pueblo sirio no fue otra cosa que una interpelación a la soberanía. La misma que hoy se despliega en su forma global. La misma que hoy dice defenderlo de sus “enemigos”.

 

2.- En una reciente entrevista el intelectual iraní Hamid Dabashi señalaba lúcidamente cómo es que lo que las revueltas en el mundo árabe habían mostrado era que el autoritarismo de los diferentes regímenes que circundaban el mundo árabe se debía al fracaso último de los proyectos de descolonización. En particular, los proyectos seculares (marxismo, liberalismo, nacionalismo) y los proyectos confesionales (el islamismo, con todas sus vertientes). De hecho, al acontecimiento de las revueltas iniciado en Túnez y expandido hacia toda la región, las dos fuerzas políticas tradicionales no hicieron más que responder o bien con un pardo silencio si se estaba en la oposición al gobierno o con una brutal represión si se estaba en él.

Ni los movimientos secularistas ni aquellos islamistas incendiaron al mundo árabe de revueltas. Las revueltas provinieron desde el minuto en que se desprendió el discurso islamista (último proyecto de descolonización) de la calle árabe. Esta última hizo irreconocible la diferencia entre los dos proyectos mencionados. Cualquiera de los dos, ya sea en Palestina, Egipto, Túnez o Siria parecían aceptar la imposición de un orden instituido desde la segunda mitad de los años 60 y consolidado a principios de los años 70 que terminó por vaciarlos de todo sentido.

Aumentando el poder de la riqueza y la riqueza del poder, los dos proyectos descolonizadores (el secularismo y el islamismo) terminaron por rodar río abajo a partir del acontecimiento de las revueltas.

El orden instituido fue nuevo. Anunciaba lo que vendría después de la “guerra fría”, y se articulaba en base a dos procesos que, en rigor, habría que leerlos como dos caras de una mismo acontecimiento, esto es, la transmutación de la soberanía de corte katechóntico (y por tanto, de carácter político-estatal) en una soberanía de corte escatológico (de carácter económico-gestional). Como he afirmado en otro escrito, lo que anunciaba este orden no era más que la escatologización de la soberanía que daría origen al despliegue de la guerra gestional contemporánea y que, en el mundo árabe, anudaría a dos procesos paralelos:

En primer lugar, una progresiva neoliberalización de la economía: los bancos islámicos emergen con fuerza a principio de los años 80 (sobre todo aquellos de origen Saudí), pero también Egipto abandona su nacional-populismo de Nasser y da un giro ideológico hacia los EEUU articulando desde el gobierno de Sadat en adelante la abertura económica en lo que se conoce como infitah, así como también se produce una transformación progresiva de los monopolios públicos del Estado sirio en monopolios privados, en el que las antiguas burocracias estatales fueron convertidas en las nuevas burocracias neoliberales (Karim Emile Bitar, 2013).

En segundo lugar, una consolidación de la hegemonía de los EEUU vía Israel en la región: hegemonía que se consolida ya en la guerra de  1967 que, entre otros efectos, produce la desarticulación del nasserismo egipcio y la sumisión de éste a las políticas israelíes, con la ulterior cooptación que articulan los EEUU con el ejército egipcio para evitar su deriva nacionalista y mantener, por tanto, los mentados equilibrios regionales. En este sentido, la guerra de 1967 quizás,  pueda ser vista como un momento de congelamiento de los poderes regionales –incluido al poder del régimen sirio- que se mantendrán inmodificables hasta las revueltas del 2011.

Aumentando el poder de la riqueza y la riqueza del poder, los dos proyectos descolonizadores (el secularismo y el islamismo) terminaron por rodar río abajo a partir del acontecimiento de las revueltas. Las revueltas son el acontecimiento sobre el que aún giran las diferentes estrategias en conflicto.

Un acontecimiento que amenazaba con desactivar a la propia soberanía, incluso cuando ésta se consumaba escatológicamente en la actual deriva neoliberal. Porque las revueltas visibilizaron que los dos proyectos contrapuestos habían mantenido una sutil complicidad a la hora de mantener la desigualdad económica y el respectivo autoritarismo político.

 

3.- Las revueltas tuvieron desde el principio el objetivo de desmantelar la estructura policial de sus respectivos Estados y, con ello, abrir un proceso de democratización social y política que había quedado trunco de toda la historia árabe decimonónica y de la posterior arremetida nacional-popular del siglo XX. A esta luz, las revueltas expresan el momento en que el pueblo ya no se concibe como un principio fundador, sino más bien, se abre como una potencia común.

Así, más que “democracia” lo que está en juego aquí es más bien un “comunismo”. En efecto, “democracia” es el significante que, en la época de la escatologización soberana designa a una forma de todas las formas que, por serlo, pretende totalizar la singularidad de la vida política.

Por su tendencia a totalizar la vida política situándose como la forma entre las formas, el nombre “democracia” es hoy un término absolutamente imperial orientado a la normalización generalizada de las poblaciones. En cambio “comunismo” no designa aquí un “régimen”, sino más bien, una potencia común que antecede ontológicamente a todo régimen, a toda forma. En cuanto potencia común a todos los hombres, el comunismo es la apuesta radical por la imaginación a través de la cual, se da lugar a todas las formas posibles. Sólo a través de la composición imaginal será posible articular otras formas de vida. Pero sólo se podrá imaginar si nos volcamos a la potencia in-fantil de lo común, antes de toda forma.

Quizás, así habría que leer la apuesta del joven Marx cuando, en su crítica a Hegel, escribía acerca de la “verdadera democracia”: en cuanto “verdadera” ésta  redunda en una potencia común y no en una forma determinada. Y así, lo que las revueltas nos plantearon es la diferencia irreductible entre “comunismo” y “democracia” allí donde, según el planteamiento de Jean-Luc Nancy que actualiza a aquél pensamiento paria que una vez se dio en llamar “averroísmo”, el “verdadero nombre que desea la democracia (…) es el del comunismo” (Nancy, 2010, p. 74) puesto que este último, es su potencia absoluta, su irreductible, el lugar que sobrevive siempre más acá a todo régimen.

Las revueltas habría que verlas, entonces, como una potencia que se sustrae a todo nómos de la tierra que, por serlo, abrieron una fisura sobre la cual comenzaron a imaginar nuevas formas de vida. Este es el peligro que el proceso sirio pretende conjurar: ya sea que ganen las fuerzas de Al Assad o ya sea que sucumba ante la “intervención” norteamericana, cualquiera de los dos están empeñados en realizar su proyecto último: impedir que la imaginación se tome las calles de la política, restaurar cualquiera de los dos proyectos de descolonización que condicionaron la historia reciente del mundo árabe y, finalmente, realizar el sueño de toda soberanía: hacer desaparecer a la potencia común a todos los hombres, es decir, hacernos desaparecer definitivamente.

Agosto 31-Septiembre 1

[1] Este texto es la segunda parte de La guerra gestional. Breves notas sobre la escatologización de la soberanía publicado en Realismo Visceral.

[2] La influencia de la antigua URSS fue muy importante para Egipto, Palestina, Siria, entre otros países de la región.