InfantiLa Constitución Política del Estado es el marco referencial esencial en que se plasma nuestro sueño de país y nuestra responsabilidad y compromiso en construirlo. Por ello será siempre necesario preguntarnos: ¿qué país queremos construir?

Esta pregunta nos la hacemos todos, continuamente, y las respuestas son muy variadas:

Hay quien quiere mantener el país como está actualmente.

Hay quien, añorando el pasado, quisiera volver al país de 35, de 50 años atrás.

Hay también quienes reconocemos los significativos avances de la humanidad y de Chile que nos llevan a afirmar con absoluta claridad que estamos en una nueva época de la humanidad.

Cuando surgen y arrecian los vientos de nuevas épocas de la humanidad, hay quienes construyen altas murallas para intentar parar los vientos, y quienes con mayor sabiduría y fecundo atrevimiento construyen aspas para molinos y optimizar así la potencia de los vientos, a veces huracanados.

Un mínimo grado de objetividad histórica, social y legal nos obliga a reconocer, no solo que la actual Constitución Política del Estado está manchada en su elaboración y aprobación por un doloroso tiempo histórico, sino también que ha manchado de indignación, de injusticias, de pobreza, de exclusión, de dolor, a grandes sectores de nuestra sociedad y de nuestra madre tierra, a lo largo de estos 33 años de su vigencia.

Este sufrimiento clama al cielo y exige profundos cambios históricos, para realizarlos con sabiduría, prudencia, valentía y paz, acordes con la nueva época, ahora, antes que el malestar y la irritación pudieran llegar a alterar gravemente la paz social.

El actual sufrimiento y la indignación no son casualidad, pues son fruto de una estructura socio-política-económica que privilegia a unos pocos y margina a la gran mayoría. Una estructura claramente ideada, planificada y legalizada en la actual Constitución. Desde su origen, su ideología y su concepción del Estado, impone un nefasto modelo neoliberal que ofende nuestra dignidad.

Cada día que pasa nos convence más la afirmación de Einstein: “Los problemas no pueden resolverse con los mismos principios que los crearon”.

¿Qué ofende nuestra dignidad?

1. La pobreza

En 1974 los responsables de los países de todo el mundo decidieron emprender políticas para erradicar la pobreza absoluta antes del año 2000. Aguda resolución, pues la pobreza es el signo de la indignidad humana, de la exclusión social, es el caldo de cultivo de la violencia, y es fruto de una planificación político-económico-cultural que podría ser incluso intencional. Con el pasar de los años, considerado el fracaso de esta decisión, en 1995 los mismos actores políticos decidieron reducir a la mitad la pobreza para el año 2015. Ante el nuevo fracaso, podemos constatar que en estos últimos 10 años se practica una lucha, no contra la pobreza, sino contra los pobres. No poca responsabilidad en esta política, la tienen en Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, y los gobiernos a ellos obsecuentes, que han buscado desmantelar los Estados, liberalizando los mercados, desregularizando casi todos los sectores públicos, mercantilizando los bienes comunes (agua, alimentos, tierras, aire). Una política que cree que la riqueza, y no la vida, es la prioridad.

Chile es un experimento mundial, fiel y puro de este modelo, plasmado en la Constitución del 80, que legaliza la marginación y exclusión de los pobres y la depredación y mercantilización de los bienes comunes, sobre todo los esenciales para todo ser vivo (agua, alimentos, etc.) En esta Constitución se han abierto todas las fronteras para vender Chile al mejor postor. Confío que no venderemos nuestra conciencia.

2. El poder

Sufrimos una estructura de poder económico, político y judicial que acalla, margina y aplasta al indefenso, al débil, a los jóvenes y a los pobres desde los tiempos de la dictadura y en todos los gobiernos que le siguieron, incluido el actual.

Muchos de los que gozan de los privilegios del poder siguen tomando sus decisiones, preocupados más por mantener y potenciar sus cuotas de poder que por favorecer el bien común y la práctica de una mayor madurez democrática.

Entonces, con preocupación e indignación nos preguntamos: ¿qué injerencia resolutiva tiene el pueblo en las decisiones relevantes que atañen la vida del mismo pueblo?

3. Ética

¿Puede seguir así un país, sin definir y marcar cuáles son los valores y los principios fundantes, el “Alma de Chile”, como amaba plantear el querido Cardenal Raúl Silva Henríquez? El medianamente largo y participativo proceso para elaborar una nueva constitución facilitará el diálogo respetuoso y democrático y los necesarios consensos en la amplísima variedad de temas humanos, culturales, sociales, morales, políticos y económicos, sea de Chile, sea de nuestra activa e indispensable participación en el concierto de los países de la patria grande, Latinoamérica.

Es conciencia común indiscutida que la educación es un sector clave para formar ciudadanos impulsores de la nueva sociedad, no para moldear “consumidores” o “mano de obra” para un modelo económico, sino para formar personas críticas, constructivas, creativas, alegres, solidarias, participativas, artistas de la vida y de la historia, conscientes de sus derechos y de sus deberes. La educación es una prioridad ética.

Un deber esencialmente ético es cambiar la actual Constitución, pues, aunque se les sigan haciendo algunos cambios cosméticos (“la mona vestida de seda, mona queda”) seguirá manteniendo la esencia, el ADN que le imprimieron sus creadores, de profundizar en la separación cada vez más indigna e inmoral de dos, tres o más Chiles. No queremos avalar esto con nuestro silencio, nuestra indiferencia, nuestra pasividad.

En esta nueva época de la humanidad y de Chile, reconozco y valoro el cambio más medular que estamos celebrando: la conciencia de reconocer que vivimos en un país herido por la injusticia, la inequidad, la marginación y la pobreza, pero sobre todo reconozco, valoro y aliento el potencial humano, ético y espiritual que tenemos como pueblo en la construcción del Chile que anhelamos y por el cual, limpia y valientemente, luchamos.

¡Ánimo y adelante!