Dignidad democracia

La dignidad es un proceso que se construye socialmente y desde nuestra perspectiva, esta construcción se potencia sobretodo cuando los procesos de resistencias se alzan y transforman en alternativas. La resistencia la podemos entender desde la perspectiva foucaultiana de las relaciones de poder, cuando afirma que “donde hay poder hay resistencia”. Desde esta aproximación constatamos la existencia de una “sociedad disciplinaria”, constituida por una red de dispositivos y aparatos que producen y regulan tanto costumbres como hábitos y prácticas sociales. Hoy esta sociedad disciplinaria la entenderemos desde la perspectiva de la sociedad hegemónica neoliberal y el proyecto político que tiene detrás, que se trata de imponer globalmente. Debemos comprender además como las resistencias se dan en el contexto de un concepto de poder entendido como una “red de relaciones”, más que un objeto.

La resistencia es anulada o invisibilizada por quienes detentan el poder, y se prefiere hablar de resiliencias, sobretodo desde la retórica oficial, tanto de gobiernos como de los organismos internacionales como la ONU. Se repite que los pobres deben ser “resilientes”, pero se reprime y se combate a los mismos pobres cuando “resisten” a las políticas de austeridad (o de ajuste estructural), a los abusos, a la falta de democracia, a la corrupción, en definitiva a la opresión.  Es entonces que los procesos de acción colectiva se pueden entender como resistencias, en diferentes grados. Resistencias a un modelo ideológico, político, económico, social y cultural. Los movimientos sociales además de actuar muchas veces de manera resiliente, al adaptarse y recuperarse de diferentes situaciones de opresión, comienzan a producir “prácticas de resistencias” desde su cotidianidad. La resistencia no es reactiva ni negativa, sino que un proceso de creación y permanente transformación.

El concepto de resiliencia en muchos casos neutraliza la posibilidad de conflictos, por eso confrontamos los conceptos de resiliencia y resistencia sobretodo a partir de la acción de los actores sociales organizados: los movimientos sociales. Para entender estas relaciones dialécticas entre resiliencia y resistencia en el territorio, es necesario identificar las prácticas de los actores, sobretodo entender el conflicto como una oportunidad de transformaciones, como un proceso emancipador.

Hay un momento en que los movimientos sociales “evolucionan” y pasan de la lógica reivindicativa-asistencialista, y comienza a levantar alternativas-prácticas al modelo hegemónico, siempre desde los territorios, como una verdadera autodeterminación de la dignidad. Estos procesos los podríamos entender como desalienaciones colectivas, que muchas veces están ligadas a la prácticas “dignificatorias” que significan la construcción de procesos de autonomía y autogestión. Ejemplos universales hay muchos, sobretodo desde 2011: la ocupación de las plazas y las calles en la protestas de Túnez, Cairo, Madrid, Barcelona, Nueva York, Santiago de Chile, Lisboa; las ocupaciones de terrenos de los sin tierra en Brasil, de los pobladores en Chile, de los habitantes de Dakar; la recuperación de fábricas y su autogestión por los trabajadores en Argentina, Grecia y Francia; las cooperativas de construcción de viviendas en Uruguay, Canadá y Chile; las ocupaciones de liceos y universidades por sus estudiantes en Chile, Quebec, España, Grecia, Portugal; entre muchos otros. Un elemento central de todos estos procesos es lo espacial, la organización territorial, por eso hablamos de emancipaciones territoriales. Finalmente cuando hablamos de dignidad a lo que nos referimos es al ejercicio y la conquista de la justicia. No habrá dignidad sin resistencias, estas resistencias construyen alternativas desde las desalienaciones colectivas y los procesos emancipatorios desde los territorios de la dignidad.