Sombras en el muroCuando supe que mi viejo había contraído la leucemia que terminó con su vida, viajé a verlo a México, allá me conseguí prestada una cámara Mini DV de cierta calidad y lo entrevisté. Mis preguntas inquirían, exclusivamente, por sus peripecias el 11 de septiembre allí donde le tocó vivirlo: la sede Oriente de la Universidad de Chile, particularmente en el recinto de la calle Macul donde hoy está la UMCE. Pero eso será materia de otra crónica.

De aquella conversación en 2009 se instaló en mi cabeza su última frase, breve, filosa. En horas de la tarde lograron generar condiciones para salir del campus y salvar a la gran cantidad de gente que había llegado esa mañana a esperar las instrucciones para la resistencia -nunca llegaron-, y que a esas alturas se hallaba sumergida en una mezcla de desinformación, decepción, pena y rabia. ¿Qué sabías de nosotros a esas alturas?, le pregunté al fin. Me quedó mirando de frente, sin un solo adorno en su voz ni en sus ojos glaucos, y me dijo, seco: “nada”.

Así estaríamos por esos meses.

Nosotros vivíamos con mi mamá en Antofagasta. Carlos, mi hermano mayor, había cumplido ese año los 9, y yo tenía 6. En otra parte podré recordar la salida de la escuela aquella mañana y la llegada al departamento cuando lo allanaban. Mi vieja era dirigente regional del Partido Socialista y había comenzado a ser perseguida esa misma mañana.

Sumando y restando, para diciembre estaban los dos asilados y Carlos y yo vivíamos escondidos con el tío Chicho en una casa en San Miguel, en Santiago. Figurábamos en la nómina de asilados junto a mi mamá en la Embajada de Honduras, pero habida cuenta del hacinamiento, se estimó mejor dejarnos afuera.

A veces, cuando me quedo mirando en calma las sombras que se mecen en los muros cuando corre brisa, imagino/recuerdo/me-invento que aquellos fueron tiempos duros para mi hermano y para mi, de mucho echar de menos a los viejos, de miedos y carencias afectivas. Huellas que sin que supiéramos cómo, nos acompañaron por muchos años. Pero la verdad, lo que más recuerdo de esos días es un par de autitos de plástico, uno rojo y otro amarillo, muy distantes de la precisión constructiva de los Matchbox que por esos tiempos coleccionábamos. Estos otros no pasaban de ser dos carcasas fijadas a unos ejes precarios con cuatro ruedas. Eran como de una cuarta de largo pero aun en su condición -socioeconómica- de juguete de bazar de barrio, lucían las elegantes líneas del Mustang Mach 1, o del Camaro, no me acuerdo bien.

Habían llegado para la pascua. Carlos y yo, eso si lo recuerdo bien, descubrimos esa noche que los juguetes del árbol no los traía el viejo pascuero, sino el adulto a cargo. Sentimos unos ruidos y bajamos a ver. Espiando callados entre los barrotes de la baranda de la escalera descubrimos a mi tío poniendo los regalos.

Por esos días los chilenos descubrían muchas cosas, que la república cívica y decente era más una ensoñación en las mentes de la clase media y de los obreros bienpensantes que una voluntad de las elites, o que los militares chilenos jamás vencidos estaban dispuestos a perseguir y matar chilenos sin mayores remordimientos. Nosotros dos descubrimos aquella noche la verdad detrás del cuento del viejo pascuero. No estaba mal.

Uno de los dos autitos fue de Carlos y otro mío. Pronto tuvieron un cordel amarrado del eje delantero para tirarlos a toda velocidad por la casa-internado. Corrían increíble, con gran estabilidad y un trabajo inmejorable de ruedas y ejes. Hoy podría decir que su eficacia no fue nunca igualada por otro juguete que haya tenido.

Pronto descubrimos que al ir corriendo cordel en mano podíamos dirigirlos contra los marcos de las puertas y hacían una pirueta especial, que fuimos refinando a lo largo de los días. Con el tiempo fuimos capaces de dibujar en el suelo de la casa un circuito imaginario de carreras, con muy bien definidos límites, por el que competíamos a toda velocidad haciendo el ruido de los motores con la boca. Ahora miro ese episodio hacia atrás y así como recuerdo mirar por la ventana una noche atemorizado por el sonido de los balazos en la calle y un muchacho corriendo por su vida en la penumbra, y sus perseguidores detrás, recuerdo también una casa llena de ruidos nobles, de bromas y de las risas de unos niños que pese a todo, jugaban.