Chile¿Podría ser Chile en breve un país que enfrente un proceso de desmantelamiento del neoliberalismo y que parta por acceder a las exigencias de los estudiantes, las demandas de los trabajadores, la nacionalización de sus recursos naturales  y la democratización efectiva de su sistema político? No.

Mientras no haya una fuerza de tal magnitud que imponga por la fuerza, la fuerza de las mayorías movilizadas y con un proyecto claro, sólo se pueden esperar reformitas, acomodos, parches y muchas mentiras.

Chile no ha cambiado. Continúa siendo el país que reluce en el contexto mundial por sus cifras fuera de toda norma, que lo elevan como el más desigual, abusivo, egoísta y explotador del planeta. Y lo será por mucho tiempo.

Lo que algo ha cambiado es la comodidad muelle desde  la cual los poderosos venían aplicando sin contrapeso una Constitución perfecta, es decir una cultura, que no sólo permite aberraciones, sino que las deja en la más perfecta impunidad.

Hay briosos intentos, eso sí, por cambiar una configuración sistémica por otra que permita un mejor juego de piernas; y que por la vía de un feroz pragmatismo, esté dispuesta a entregar parte para salvar el todo: es decir, los números de la macroeconomía, los únicos que valen

Los políticos que en más de veinte años amasaron sus fortunas personales y sus cuotas de inamovible poder, han comprendido que es necesario sacar el pie del acelerador, modificar sus organizaciones y cuadros, acomodar sus instituciones a los vaivenes que no fueron capaces de predecir, y en tonos perfectamente estudiados, hacer actos de contrición para luego seguir como si nada.

Y para el efecto viene bien fundar partidos, renunciar a otros,  fusionarse con genes parecidos, abandonar principios, venderse, acomodarse a los nuevos tiempos. He ahí un cambio.

Por eso las buenas intenciones desplegadas  para conseguir votos por parte de la presidenta Bachelet van a prosperar en el sentido que mañosamente se les quiso dar. Creer que es posible hacer todo aquello que se ofreció sólo porque un grupo de entusiastas confían en destrabar las tensiones sociales por esa vía, es un riesgo enorme que quizás la presidenta electa no sospeche desde su nube rosada. O le dé lo mismo.

Lo esencial no va a cambiar. Los poderosos seguirán en lo suyo, esquilmando las riquezas naturales que se llevan a otras latitudes y de las cuales sólo dejan una estela de cifras que, avivados por antonomasia, hacen aparecer como vigorosas entradas para todos los chilenos. Y muchos inflan el pecho por el portento.

Nada va a cambiar en el mundo del trabajo y las lavativas bucales que hablan de pleno empleo seguirán ocultando trabajos precarios, escuálidos sueldos, ausencia de derechos, y la incertidumbre del final del día, del mes y de la vida. Pero que hace inmensamente ricos a los patrones.

Nada va a cambiar en un sistema educacional que no es otra cosa que una actividad económica en la que, obvio, sobrevive el más fuerte, lo que traducido a la brutal realidad, significa el que más optimiza sus materias primas: estudiantes, profesores, asistentes de la educación, etc.

Los trabajadores terminan sus días laborales, de cuarenta o más años, recibiendo una pensión de vergüenza. ¿Es que ahora habrá pensiones de nivel humano?

Voces irresponsablemente optimistas advierten que el siguiente gobierno de Michelle Bachelet cambiará cuestiones de la esencia misma del neoliberalismo. Como si eso fuera posible.

Sin embargo, ya ha comenzado la operación descuelgue. Ya hay voces que apuntan a que las reformas educacional, tributaria y constitucionales, sólo son verificables en el largo plazo, o por lo menos a partir de los próximos seis años. En buen chileno: no se harán.

Lo que sucede es que el sistema sólo se está acomodando para enfrentar de mejor manera lo único que está probado puede hacerle daño: la decisión de millones que se movilizan para exigir cambios radicales, y que no se van a contentar así no más con malabares de feria, con explicaciones prefabricadas o con risitas de perfiles bobos.

Cambiar Chile significa cambiar las bases sobre las que se asienta la cultura neoliberal que ha calado muy profundamente la nación. Y para ese portento no hay interés por parte de los actuales sostenedores del modelo. Ya vemos que el sistema ante las escaramuzas que amenazan el statu quo, responde siempre con más modelo, con más Fuerzas Especiales, con más operaciones encubiertas y con drones invisibles que sobrevuelan las huelgas y las marchas.

La propuesta bacheletista sólo intentará reformas para callar la boca de los rebeldes, inconformistas e incomprensivos. En el fondo, las cosas van a seguir siendo como son: reflejos perfectos de un modelo que no admite cambios que sobresalgan de sus límites culturales. Nunca los poderosos han entregado nada por propia voluntad.

Estamos llegando a momentos en los que las organizaciones políticas y sociales dispersas que no han sido cooptadas, deben tomar decisiones que vayan mucho más allá de los diagnósticos precisos, las propuestas geniales, los prohombres sin tacha, de los símbolos y de las magníficas demostraciones de descontento.

Para los estudiantes,  los trabajadores y los pobladores que luchan, los únicos con capacidad real de desestabilizar el sistema, sus desafíos son mucho mayores que hace diez, cinco o dos años. Ya no será suficiente con paralizar las ciudades con marchas de gloria.

Lo que se viene es buscar las coincidencias y las convergencias necesarias para inaugurar un tiempo en que hacer política desde esa perspectiva nueva sea de tal manera determinante, que no haya maniobra posible que salve al modelo.

Ahí sí que Chile va a comenzar a cambiar.