PiriapolisMe pareció interesante tener la oportunidad de conocer el proyecto de una ciudad animada por la voluntad de un solo hombre, es decir, la del visionario moderno capaz de plasmar territorialmente tanto los signos monumentales de su poderío como el ideario político de sus fundaciones. Así pues, cuando conocí finalmente Piriápolis, me atreví a pensar que, más que un balneario superado por las cinco estrellas de Punta del Este, es una referencia arquitectónica del imaginario con que algunos refundadores de la modernidad latinoamericana pensaron las glorias delirantes de nuestro continente. Muestra de esto es la magnificencia del Argentino Hotel, inaugurado en 1930 y destinado a ser el más grande de América Latina con su capacidad para 1200 pasajeros. Y, según parece, durante su apogeo en la década de los ’40 y ’50, compitió con los grandes balnearios de la región.

El espectáculo de la imponente construcción, la de sus simétricos ornamentos, la de su apertura al sereno e interminable Río de la Plata que, por su cercanía al Atlántico, comienza a perder los colores terrosos que lo caracterizan más arriba, la sobriedad y el ordenamiento de las estatuas que se distribuyen en diversos lugares, me hicieron pensar inmediatamente en los grandes recintos que ambientan las amplias estadías de los personajes de ciertas novelas de la primera mitad del siglo XX europeo. Algo así como aquél en que Aschenbach vive su agonía amorosa en Venecia, o El gran Hotel de Balbec donde ocurren algunos pasajes de la monumental narración de Marcel Proust. Lugares como ese son merecedores de un crimen propio de Agatha Christie, de un fastuoso baile en el salón imperial, o de una caminata por la costanera entretenido en pensamientos como la levedad de la existencia burguesa que premia a los afortunados de este mundo.

Uno de los aspectos interesantes de ese magnánimo hotel es que la concepción turística que lo anima, al igual que a otros de su género, posibles de ver en Mar del Plata, Viña del Mar y otras ciudades que surgieron en aquellas décadas, suponía una inserción urbanística en la que el complejo no se aísla de la ciudad, sino que se abre a ella permitiendo una comunicación fluida entre espacios, generando ciertas áreas de encuentro entre los habitantes del lugar y la población flotante que año a año era atraída por la invención de Piria. Inevitablemente, esa convivencia permitía una cierta interrelación entre clases, muy lejana a la que imposibilitan los actuales resorts, a menudo concebidos como espacios de aislamiento, separación clasista que protege a los adinerados (o con apariencia de serlo) de una contaminación concebida como peligrosa con lugareños que se los juzga incapaces de codearse con el buen olor de sus afortunados ocupantes, a menos que sea para servirlos como choferes, conserjes, empleadas o garzones. Imagino que, en aquellas décadas, a más de algún artista famoso o de algún magnate extranjero le sería cómodo dejar las instalaciones del hotel para caminar por la rambla, acercarse a cualquiera de los pequeños negocios, compartir con los pueblerinos e incluso, por qué no decirlo, intentar alguna aventura amorosa con alguno de ellos. La actual fragmentación socio-espacial hace cada vez más imposible ese tipo de transferencias; lo vemos en la propia organización de nuestros balnearios en Chile, en donde cada vez más se reproduce la misma separación de clases que se vive dramáticamente en las ciudades, los colegios, las universidades, las discotecas y restaurantes. Y si bien esta brecha social cada vez más escandalosa no exime a la que había en los tiempos de gloria del Argentino Hotel de su carga de injusticia y de implícita explotación, por lo menos la hace más amable, pues el tráfico entre clases permite percibir tanto la vulnerabilidad de los poderosos como la sublimidad de los vulnerables.

Pero la imaginación de Piria no daba sólo para un hotel. Un poco más lejos del Río, subiendo por la ruta 37 y en un alto que domina la ciudad, hizo construir un templo ornamentado con referencias masónicas y herméticas, razón por la cual la Iglesia Católica nunca la aceptó. Se dice que, además de los signos, la orientación misma de la construcción permitiría el despliegue del proyecto alquímico de Piria. Tras la muerte de su autor, la construcción se fue arruinando y, tal como ahora se la ve, no sirve más que para alimentar leyendas malditas asociadas a rituales esotéricos o para levantar imaginarios gótico-románticos que le dan un espesor interesante a la ciudad inventada. Por mi parte, este complemento arquitectónico me hizo pensar en que la modernidad con que Francisco Piria quiso instalar sus planos y proyectar todas sus iniciativas empresariales e industriales no excluía la participación de lo que Mujica llamó en su discurso antes las Naciones Unidas como “los dioses inmateriales”. Y esto no hace que su modernidad sea menos europea, pues aquella, aunque rebosante de anticlericalismo y antipapismo, desde el siglo XVI, no dejó de comprometerse con la búsqueda de fuerzas misteriosas por la vía del estudio de las ciencias prohibidas; Francisco Piria tuvo esa formación y en esto se asemeja más a los fundadores latinoamericanos del siglo XIX que a los reformadores del XX.

Cuando Piria fundó su ciudad, la pensó con puerto, con trenes, con escuela, con Iglesia; la pensó como el asentamiento futurista del progreso que deseaba para su nación, la que justamente ha recibido la calificación de ser la más europea de Sudamérica. En ella, no habría vestigios del desorden primordial que conocieron los conquistadores ni selvas enmarañadas ni, probablemente, pieles oscuras de indígenas o de negros. Era la réplica de la visión que incubó en su mente tras sus años de estadía en Italia. No deben de faltar los críticos a ese proyecto, así como se sospecha de todo lo que parece ser una transposición cultural desnuda de mediaciones, pero, ¡qué duda cabe!, detenerse un poco en medio del descascarado encanto de Piriápolis, significa dar licencia pasajera al lugar que todo viajero desea tener en medio del esplendor de la grandeza.