La huachaEl 8 de marzo representa la lucha política de las mujeres, esa que han protagonizado nuestras ancestras por décadas y siglos. Esa lucha política que se asienta en la necesidad de las mujeres de re-conocerse entre ellas como grupo social oprimido para identificar huellas de esa opresión en los propios cuerpos, para entender cómo opera este sistema sobre nuestras vidas y para inventar y construir caminos de liberación. Comprender la violencia contra las mujeres, nombrarla, reconocer su existencia y la necesidad de erradicarla, no habría sido posible sin estos espacios políticos de mujeres.

El 8 de marzo rememora año tras año esa lucha, nos identifica como colectivo social oprimido al mismo tiempo que nos afirma y otorga poder. El 8 de marzo invita a otras mujeres a unirse a esta lucha histórica, las invita a sentirse parte de este movimiento, las invita a reconocer sus propias discriminaciones en otras y las incita a luchar por sus propios intereses como MUJERES.

“El acto de juntarse entre mujeres es subversivo y eso lo saben las mujeres, y cuando tienen esos espacios comprenden esa necesidad y los defienden, iniciando su propio proceso de liberación”.

Quienes trabajamos políticamente con otras mujeres sabemos que la propuesta de trabajar sólo entre nosotras tiene al menos dos primeras reacciones: temor, porque deben hacerlo parecer legítimo ante la familia o pedir autorización a sus parejas y, gratificación, cuando ya lo han logrado. El acto de juntarse entre mujeres es subversivo y eso lo saben las mujeres, y cuando tienen esos espacios comprenden esa necesidad y los defienden, iniciando su propio proceso de liberación.

Acaso ¿diríamos que los/as trabajadores/as en tanto que grupo social excluido y explotado no necesita espacios políticos propios? ¿Diríamos que el pueblo mapuche no necesita espacios políticos propios para comprender su propia opresión?

¿Cuáles son las señales que invalidan hoy la necesidad de estos espacios políticos propios de las mujeres? ¿Es que ya estamos en un estadio superior de conciencia política? ¿Es que se han modificado las bases de nuestra opresión? ¿Es que estamos en un momento en que las mujeres no somos objeto de violencia? ¿Es que hoy las mujeres podemos decidir sobre nuestros cuerpos?

Largo camino hemos recorrido las mujeres para que se nos reconozca como grupo humano diferente pero iguales en derechos. Sospechosamente, ese camino hoy es cubierto con argumentos en torno a la integración y a la igualdad, apuntando ambos a la disolución del sujeto mujer. Por un lado, la fusión, la integración, con otros cuerpos e identidades sexuales (trans, homosexuales, hombres), como parte de una propuesta posmoderna que cuestiona las identidades fijas, borrando la diferencia y el cuerpo histórico; y por otro, la igualdad, horizonte predeterminado por la masculinidad.

Volviendo al 8 de marzo ¿Por qué hoy, y cada año con más fuerza, hombres y masculinos quieren ocupar nuestro espacio político? ¿Acaso los hombres como colectivo social han reconocido las formas en que son oprimidos por el patriarcado? ¿acaso han probado modos de vida que se distancien de sus privilegios masculinos? ¿acaso vienen con una propuesta que aporte a la liberación de las mujeres?

Una de las estrategias del patriarcado para reafirmar su poder sobre las mujeres es arrebatarnos nuestros espacios de poder, construidos históricamente (a sangre, destierro y fuego), y una forma de hacerlo es hacer-nos creer que no son necesarios porque hoy alcanzamos la igualdad, que ya no necesitamos hacer separaciones, que ahora lo que necesitamos es integrar-nos. Integrarnos para borrarnos. Igualdad para ilusionarnos. Esta ilusión se nos cuela por todos lados: los mismos movimientos sociales “progresistas” nos acusan de separatistas, esencialistas e invaden parasitariamente espacios políticos de las mujeres; las instituciones hacen suya la “necesidad” de integración en políticas públicas y políticas de apoyo a los movimientos sociales (sólo algunos ejemplos: el nuevo ministerio de “la mujer, género y diversidad”; las exigencias de las agencias internacionales de cooperación sobre la incorporación de personas trans y hombres, incluso agencias feministas o que han apoyado históricamente a mujeres (Mamacash, Fondo de Acción Urgente FAU, WACC. Ahora restan apoyo si no se incluyen otros cuerpos e identidades) ¿No es sospechoso que el Estado, los gobiernos y las agencias internacionales (gubernamentales, no gubernamentales e interestatales (ONU) adopten con tanto entusiasmo estrategias integracionistas?