Silva Henríquez–          ¿Así que usted también es de Villa Alegre? Me preguntó el Cardenal.

–          Sí pues, -le dije- igual que usted.

–          Recuerdo que, cuando era niño, los domingos iba a caballo desde mi casa en Loncomilla hasta la parroquia del Niño Jesús, cuando todavía era párroco el padre Lucas Vega, -agregó don Raúl.

Esas son las palabras de uno de los diálogos personales que tuve con el Cardenal Raúl Silva Henríquez, durante los años ’80, en la casa que ocupaba en Punta de Tralca durante los fines de semana. Seguramente, poco antes de esa conversación, él había visitado a los niños que habitaban la Aldea S.O.S. y, seguramente también, había vestido su poncho café a rayas, su sombrero y su bastón, acompañado de una bolsa de dulces para regalar a esos chicos.

Ser invitado a la mesa del Cardenal era un privilegio que ponía nervioso. Acostumbraba hacerlo en Punta de Tralca. Hacía llamar a cuatro o cinco personas de entre los que estuvieran participando en jornadas y, de pronto, sin mediar preparación alguna, ya estabas compartiendo un aperitivo con uno de los hombres más importantes del siglo XX chileno. Y, con su llaneza de siempre, ahí lo tenías, dispuesto a contarte lo que quisieras acerca de políticos que había conocido, de los cónclaves para elegir papas en que había participado, de las vicisitudes asociadas a la historia reciente del país. Sin embargo, cuando te descuidabas, de pronto y sin darte cuenta, tú pasabas a ser el centro de conversación. Le interesaba el trabajo que hacías, el lugar donde vivías. Pocas veces daba consejos, muchas recordaba anécdotas y nunca condenaba. Se notaba que, en aquellos momentos, el Cardenal quería sentirse en casa, que deseaba abandonar el denuedo de la batalla y dejar descansar las lanzas para dar paso a su derecho a no ser medido, juzgado, exigido. Su mesa era sobria, pero no dejaba de ser exquisita; sabía combinar fruitivamente el buen gusto con las exigencias de una vida equilibrada.

Alguna tarde de invierno lo fui a visitar después de almuerzo. Desde su ventanal se veían las olas cuajadas y encrespadas del mar. Mientras leía algo, escuchaba una pieza musical. Seguramente pensé, en ese momento, que algún día compartiría con alguien esa escena y que, si llegaba ese instante, sería para expresar que aquel que todos juzgábamos como un hombre en permanente acción, también era un contemplativo; que aquel que se había destacado como un hombre de palabra, también amaba el silencio; que aquel que no había rehuido a ninguna guerra, amaba profundamente la paz.

–          Don Raúl, -interrumpí- hay veintidós muchachos que quieren conocerlo. –¿Será posible que usted les dé un tiempo?

–          Sí, -respondió- mañana a las diez puedo conversar con ellos. –Ven a buscarme.

Al otro día, el Cardenal me estaba esperando para hablar con ese grupo de alumnos. Tuvimos dos horas de conversación que concluyeron en amenas fotografías a la sombra de las palmeras de Punta de Tralca.

Años después volví a compartir una cena con él. En la conversación, a veces don Raúl se alejaba de todos y parecía remontarse en la tierra del olvido, lugar al que más tarde pertenecería definitivamente

Cuando nos dejó, hace exactamente quince años, la gente gritó en las calles al unísono lo que ya había dicho ante su presencia cada vez que pudo: -Raúl, amigo, el pueblo está contigo. ¿Cuántos pueden decir que el pueblo está con ellos?

Cuando nos dejó, hace exactamente quince años, la gente gritó en las calles al unísono lo que ya había dicho ante su presencia cada vez que pudo: -Raúl, amigo, el pueblo está contigo. ¿Cuántos pueden decir que el pueblo está con ellos? ¿Pueden hacerlo los que esgrimen más la palabra verdad que la palabra amor? ¿Lo pueden lograr los que hablan más de castigo que de perdón? ¿Lo pueden vislumbrar los que predican desde la indiferencia del púlpito sin conocer el hambre de las poblaciones, la tortura de los campos de concentración, el hacinamiento de los miserables? ¿Lo avistan aquellos que procuran más la vigilancia que el riesgo de vivir?

Se dice que hay santos que de lejos encantan y de cerca espantan. Mis pocas conversaciones personales con el Cardenal me dieron a entender que él no era uno de esos. Al contrario, la sencillez de su vida cotidiana, la facilidad con que olvidaba que había estado entre príncipes y pontífices, la donosura con que inclinaba el oído para escuchar al más sencillo de sus interlocutores, me hicieron pensar que con él jamás se podría estar incómodo y que, si ya desde lejos uno lo admiraba, desde cerca se percibía que, con un hombre así, valía la pena tener una y muchas conversaciones, aunque aconteciera que al final las ganaba el silencio, o la risa de una anécdota, o el tímido nerviosismo que ocurre cuando todos dicen que un ángel pasa.

Pero la conversación concluyó. Hace quince años, don Raúl, el Cardenal, murió y nos quedamos callados en Chile. Todos comprendimos que la larga conversación que con el siglo XX nos hizo tener ese hombre de tantos mundos, que el diálogo con la modernidad desafiante y secularista que nos invitó a vivir, que la reivindicación de los derechos de cada hombre y de cada mujer, que todo lo que él significaba en vidas humanas rescatadas del odio, la tortura, la violencia, la muerte misma, que todo ese movimiento de entrañable humanidad que significó su presencia entre nosotros, que todo eso se paralizaba abruptamente y era como si un ángel pasara por la que él llamó, una y otra vez, “El alma de Chile”. “Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace” (como diría García Lorca) alguien que sepa conversar como lo hacía el Cardenal y, sobre todo, escuchar como él.