Ahora que estamos en época electoral, los partidos se afanan en pulir y hacer atractivos sus programas. No solo es lógico y razonable, sino que es deseable que así sea. Habremos de elegir el próximo mes a los representantes en el Parlamento europeo, lo que no es poca cosa. Cierto es que no hay un verdadero debate en torno a cómo debiera articularse la Unión Europea, o cuáles debieran ser las líneas maestras de su política económica y social, o las directrices de su papel en el concierto internacional. Nos falta mucha cultura política todavía para eso, y la convocatoria electoral europea girará fundamentalmente en torno a cuestiones de orden interno del Estado o de las regiones españolas.  Hoy por hoy, el objetivo central es que la abstención no desvirtúe el resultado que den las urnas.  Hemos sembrado un europeísmo débil, y la propia Unión no ha sido capaz de ir más allá de constituir una superestructura alejada de la vida diaria de los europeos. Y ya sabemos que el que no siembra no recoge.  Veremos qué pasa.

Aparecen igualmente en el horizonte las elecciones autonómicas y municipales, allá para la primavera de 2015. Las encuestas pronostican dos novedades significativas: la desaparición del bipartidismo PP-PSOE y una caída importante del apoyo a las candidaturas del Partido Popular, incluso en territorios como Madrid y el País Valenciano en los que gobiernan desde hace muchas legislaturas.

En el caso valenciano, además, las encuestas amplían la pluralidad partidaria de las Corts Valencianes y van confirmando reiteradamente que un gobierno de progreso puede surgir de la nueva configuración parlamentaria. Una parte sustancial de la población del territorio es favorable, siempre según las encuestas, a que se aparte al Partido Popular del poder. Y que eso se consiga en todas aquellas instancias locales, provinciales o regional en las que sea posible poner en marcha una alternativa multipartidaria que comience a revertir la penosa situación ética, política, social, cultural y económica a la que ha  conducido su desastrosa gestión política durante los últimos veinte años. ¿Será posible constituir un gobierno de progreso con distintas sensibilidades que sea eficaz y que se mantenga unido durante la legislatura?

Posible es, pero no será fácil. Y es que no tenemos una cultura del pacto merecedora de tal nombre. Pero hay que forjarla.

Cuando el lehendakari José Antonio Ardanza, que gobernó el País Vasco entre 1985 y 1999, llegó al poder se encontró ?según declaraba hace un tiempo? con un país hundido por culpa del terrorismo de ETA. Sin embargo, catorce años después dejó ?y son sus palabras? una comunidad completamente distinta. “Aquello fue posible ?sostiene el ex lehendakari? porque recurrimos mucho a la cultura del entendimiento, del consenso, del pacto entre diferentes. Aprendimos que no nos quedaba más remedio que pactar”.

La situación valenciana, como la madrileña, es de emergencia absoluta, como lo era la vasca de hace tres décadas, aunque por razones bien distintas. No hemos padecido, afortunadamente, el terrorismo de origen mesiánico, tan anacrónico como cruel y absurdo. Pero estamos, como dijera Ardanza, completamente hundidos. Por la corrupción, por la crisis, por la desconfianza institucional, por el partidismo de vía estrecha, por la dejadez ciudadana, por la mentira, por los recortes; por demasiadas razones.

Eso hace imprescindible que asumamos una cultura del pacto entre diferentes. Es necesario que las fuerzas de progreso se unan en un gran programa de gobierno y se concedan cuatro años para desarrollarlo. Con lealtad, con compromiso, sin mezquindades y con generosidad, conscientes de que ?efectivamente? estamos hundidos y todos podemos colaborar para reflotar el navío.

¿Será mucho pedir cuatro años de colaboración entre las fuerzas políticas que formen el gobierno? Se trata de ser solidarios y cooperativos. De que ningún partido quiera desarrollar la acción de gobierno por su cuenta, sino en sintonía con sus socios.

Como sabemos de las urgencias partidarias y de las tentaciones que acecharán a quienes las representen; como sabemos que el mundo no empezará el día que se constituya el gobierno de progreso, sino que existe una larga nómina de desencuentros y enfrentamientos entre los socios; como nos conocemos todos los antecedentes personales y colectivos de los firmantes del pacto, es por lo que se nos antoja que debieran comprometerse solemnemente ante la ciudadanía a respetar y a respetarse. Esa cultura del pacto tiene algunos antecedentes en gobiernos municipales que han funcionado bien, así que no es imposible.

Además, que no se les olvide, el Partido Popular dejará el País hundido en la miseria moral y destrozado económicamente. La cultura del pacto es una obligación no solo ética, es el gran deber político de la próxima legislatura.

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Joan de Alcázar es Académico del Departament d’Història Contemporània Universitat de València