PratNo estoy seguro que ese sea el destino de todos los capitanes que pierden sus naves; más me asombra que puedan pasar de capitanes de corbeta, fragata o navío a contraalmirantes, vicealmirantes y almirantes moviendo papeles en un escritorio.

A pesar del bullado gusto de ciertos izquierdistas por la lucha armada, ésta algunos la asimilan únicamente a las barricadas del tipo la Comuna de París, y detestan todos los uniformes, comenzando por el de la propia nación, y cualquier tipo de escaramuza en que participen militares. Las causas pueden buscarse tanto en el pasado atávico más paleontológico como en la contingencia; las primeras de difícil detalle, las otras están en YouTube.

Las reivindicaciones sociales recién en estos primeros años del siglo actual comienzan a tocar a las clases populares, en el sentido de que “les toca”, pues antes solo las “afectaban”. El roto chileno siempre como carne de cañón, ya sea calichero, burrero, barrenador en el norte; gañán, jornalero, mediero, atorrante en el sur. No se produjeron cambios por siglos, y los actuales, si bien más evidentes, no lo colocan comparativamente en mejor situación, a pesar de los Chevrolet Spark y los Blackberry de las nuevas generaciones reconvertidas. Será a causa de esa postergación que algunos confundimos las guerras (las únicas dos guerras) y sus héroes, las batallas grandes y pequeñas. Imagino a los escolares europeos; ahí la tienen difícil…

La Guerra del Pacífico ocurrió entre 1879 y 1883, y en ella el coronel Pedro Lagos lideró la toma del Morro de Arica, un peñón sin otra utilidad que la supremacía y el control militar del mismo. El monumento al Roto Chileno de Virginio Arias, inaugurado en 1888 –casi 10 años después del Combate Naval de Iquique– en la plaza Yungay, cuya pileta de niño saltaba por gracia sin caerme al agua, con la iglesia de San Saturnino al sur, en su estilo gótico, que alguna vez visité de cola de alguna vecina beata, recuerda al vencedor de la batalla de Yungay, en 1939, en la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana– una guerra muy otra. El monumento destaca a un héroe colectivo, el roto, personificado en un mocetón joven y fuerte, acostumbrado al trabajo duro, armado pero sin uniforme, como si hubiera dejado tiradas sus herramientas de trabajo y tomado el fusil, como efectivamente ocurrió. Los ardides que instruyó Portales para materializar aquellos reclutamientos son “del terror”, buen nombre para catalogar la llamada era portaliana, pero que los historiadores desperdiciaron.

El profesorado actual ha creado anticuerpos contra las marchas militares, pero los de antaño nos enseñaban canciones alusivas que mugíamos con estridencia en el patio de la escuela:

 

Canteeemos la gloooria

Del triuuunfo marcial

Quel pueeeblo chileeeno

Obtuuuvo en Yungay […]

 

Pasarían 40 años para que llegara a comprender que “del rápido Santa / pisando la arena” era un río peruano en el Perú (no es obvio: Arica también lo era), y por lo de rápido, sería caudaloso, y que la arena que pisaban “las huestes chilenas” invasoras era su ribera.

Es sabido que los héroes son impuestos al pueblo por las clases dominantes, quienes proponen o imponen aquellos personajes que avientan los afectos de la gente hacia quienes de manera extraordinaria mueven la historia con fines sociales, colectivos, como Leonidas en las Termópilas, aunque los gananciosos de siempre sean particulares, como la aristocracia ateniense, siguiendo con el ejemplo (nadie sabe para quién trabaja; pero para los que se trabaja, sí lo saben).

Hay en Santiago monumentos (estatuas) que solo visitan las palomas, como los de Montt-Varas o Jorge Alessandri, puestos ahí por la burocracia estatal. Militares, políticos y clérigos pero ningún realizador de la talla de Víctor Jara o Violeta Parra, acaso porque la guitarra ametralla acordes, que cruzan fronteras, pero no las mueven.

Nosotros el pueblo (no lo pongo entre comillas porque parecería burla) no hemos sido capaces de levantar el concepto de héroes anónimos, o al menos salir a discutir el concepto burgués de héroe, el movilizador, como los generales delante de sus huestes, léase el populacho en todas las batallas de la historia.

Nosotros el pueblo (no lo pongo entre comillas porque parecería burla) no hemos sido capaces de levantar el concepto de héroes anónimos, o al menos salir a discutir el concepto burgués de héroe, el movilizador, como los generales delante de sus huestes, léase el populacho en todas las batallas de la historia. Así como el Monumento al Ovejero de Punta Arenas, instalaría en plena Alameda una suerte de monumento a las mujeres que han sostenido ollas comunes en iglesias, albergues y sindicatos. Héroes de la vida diaria en tiempos heroicos.

Otra heroína cotidiana es Carmela Carvajal, que esperó inútilmente el regreso de su marido, ilusionado también por un reencuentro que no llegó a producirse. Estás líneas dirigidas a su siempre lejana esposa me inspiran más simpatía por el héroe que su conocida arenga:

[…] entonces podremos contemplar la pálida luz de la luna, que separado hoy divisamos tan melancólica, podré, i en amoroso vértigo estrecharte contra mi corazón i unir tus labios con los míos, tu corazón latirá junto al mío i nuestro aliento se confundirá i el alma gozará inefable de la dicha del más tierno amor i de la más noble i dulce correspondencia. Hoy tu retrato mudo no contesta a mis caricias, en vano intento imprimirle a fuerza de besos alguna animación […]

Arturo Prat, Bolivia, Mejillones, septiembre de 1873.

Como decía mi amigo Osvaldo Ceballos (si se puede tratar de tal a alguien que no se ha visto en 30 años, ni se volverá a ver jamás) para referirse a una acción, solicitud, favor o emprendimiento a todas luces imbécil del que habría que demarcarse urgentemente: “Para weón, Arturo Prat”.