Joan de AlcazarLa República ya está en la agenda política, y ésta es la primera victoria democrática de calidad desde hace mucho tiempo en España. Quién lo hubiera dicho hace poco tiempo. El Centro de Investigaciones Sociológicas puede cantar misa con aquello de que sólo el 0.02 de los electores está interesado en el asunto; el Gobierno de Rajoy puede despreciar a los republicanos con la ausencia de respeto habitual por las opiniones distintas a las suyas; la Casa Real puede hacer como quien no escucha; y la legión de periodistas y comunicadores adictos al régimen pueden repartir por doquier toneladas de mermelada monárquica. Con todo y con eso, hay un clamor a favor de la República en las redes, en la calle, en las plazas, con banderas, pancartas y opiniones. Lo que en el espacio público se pide es, cuando menos, que la ciudadanía sea consultada a propósito de la continuidad de la monarquía.

Julián Casanova ha escrito recientemente en las redes virtuales [que las redes sociales son los casinos, Manolo Jardí dixit] que los que tenemos una cierta edad todavía recordamos que durante el franquismo se nos machacó durante 40 años con aquello de que la II República fue un auténtico desastre que nos condujo [inevitablemente] a la guerra. Después, ?continúan machacándonos ahora?  hemos pasado treinta nueve años de paz, estabilidad y prosperidad [los mismos términos que se usaban para destacar la paz de Franco] con la monarquía encabezada por el rey Juan Carlos. Toda la razón, tiene Casanova. Algunos, últimamente, añaden sin rubor que el Rey trajo la democracia, que sin él de ninguna forma la habríamos alcanzado y que de la República ?¡vade retro!? no hace falta ni que hablamos. Tentados están algunos ?por el fervor que transmiten? de adjudicarle a Juan Carlos desde la invención de la rueda hasta la de la penicilina. Pues bien, a pesar de los cuarenta más treinta nueve años de difamación y de amenazas, veladas y muy explícitas, sobre la II República, la forma de Estado está de nuevo sobre la mesa.

Francesc Bayarri escribía en estos días una buena reflexión a propósito del terremoto provocado por la abdicación de Juan Carlos I y el relevo exprés que quieren que realice su hijo Felipe. Yo también estoy por el derecho a decidir entre monarquía y república, pero tengo claro que no es bastante con dilucidar la forma de la jefatura del Estado. Es evidente que está muy extendida una, llamémosla así, ilusión republicana. De hecho, miles de personas de todas las edades y condición piden una consulta popular sobre ella. Pero en política la ilusión es necesaria pero no suficiente. Bayarri afirma acertadamente que sin un borrador de constitución republicana redactado, y sin una declarada voluntad de consenso [la clave imprescindible de todo proceso constituyente], la efervescencia de esta semana puede desvanecerse como el azúcar en el café.

A mi parecer, llegar a la proclamación de la III República no sería gran cosa si con ella no consiguiéramos mejorar sustancialmente la calidad de la democracia que tenemos. Para hacerlo es capital modificar la Constitución de 1978, que ha dado sus frutos pero que a estas alturas es evidente que ha envejecido mal, como pasa con todas las constituciones, que tienen que ir rectificándose, adaptándose cada cierto tiempo para re sintonizarse con las sociedades que regulan. Manuel Alcaraz, que sabe de constitucionalismo, proponía recientemente levantar la vista y mirar más allá de la disyuntiva sobre la forma de Estado. Coincido con él en que hace falta un blindaje más fuerte de los derechos fundamentales y de aquellos que tienen que ver con los servicios públicos: la educación, la sanidad, la investigación; hay que hacer que el derecho a la vivienda sea una obligación constitucional del Estado garantizada en los tribunales; es necesaria una mejora de los derechos que secundan la igualdad de hombres y mujeres en todos los ámbitos. En la misma línea, la reforma constitucional tendría que facilitar mecanismos de democracia directa como los referendos, tanto en las regiones o nacionalidades como en el ámbito municipal; del mismo modo, finalizaba Alcaraz apuntando que sería necesario blindar de verdad al Poder judicial y al Tribunal Constitucional de las interferencias y presiones de los poderes ejecutivo y legislativo.

Hagamos balance, entonces. La abdicación del Rey no ha sido sino una exigencia de la realidad ante la cual, contra lo que ha sido habitual, la Casa Real ha reaccionado adecuadamente. Conscientes de la necesidad del relevo para intentar insuflar aire a la monarquía, el Rey se ha visto obligado a ceder. Además, está claro que no es menor el volumen de ciudadanos movilizados en defensa de la República. Sin embargo, convendría no confundir deseos y realidad. El sistema es fuerte, y hay mucha gente, muchas voces y muchas plumas al servicio de una causa que, nos guste o no, todavía mantiene muchísimos partidarios. Son menos de los que ellos quieren y dicen, pero  son. Por lo tanto, con el corazón tan caliente como sea menester, habrá que mantener la cabeza muy fría.

A los partidarios de la República no nos interesa, pienso, intentar acelerar demasiado el proceso. Si lo hacemos, perderemos, tarde o temprano. Cómo he apuntado, el tema ya está en la agenda, que no estaba; y ese ha sido un gran paso, una primera victoria. Ahora hay que avanzar, hay que ir sumando partidarios para propiciar un cambio que no resuelva tan sólo quién es el Jefe del Estado, sino qué modelo de Estado queremos. En el proceso de definición de ese modelo de Estado, un elemento importante será si estamos por mantener una monarquía parlamentaria o una república. Pero son muchas más las decisiones que habrá que tomar, y esto con un objetivo claro y conciso: mejorar la calidad de la democracia, lo cual quiere decir recuperar un futuro de libertad, de dignidad y de solidaridad para nuestros hijos; un futuro que a estas alturas está más bien negro. Según cuentan, el emperador Augusto aconsejaba “Andad lentamente si queréis llegar más rápido a un trabajo bien hecho”. Una idea coincidente con aquella exigencia más conocida, adjudicada a varios personajes, de “Vísteme despacio que tengo prisa“.

El problema, efectivamente, no es sólo el de la forma de Estado, monarquía o república; sino que es el modelo de país, el modelo de sociedad que queremos. En la medida en que la realidad actual ha reventado las costuras de la Constitución del 78, hay que empezar a trabajar en una reforma adecuada. Con la actual correlación de fuerzas esto es impensable de activar, así que no  queda otra que modificar la realidad parlamentaria. Tanto más cuando el PSOE parece estar en una galaxia lejana en la que los únicos problemas que motivan a su gente son los de índole interna. No lo tiene fácil el partido de los socialistas, pero sino espabila, si no conecta con el que está pasando en la sociedad, en la calle, su fecha de caducidad está próxima.

Ayer, mientras cuarenta exministros, del PSOE  y del Partido Popular, presentaban en Valencia una fundación para la defensa de la Constitución, miles de personas se manifestaban por el centro de la ciudad en defensa de la República. Tal y cómo  había pasado en muchas capitales y ciudades de toda España, cuarenta entidades cívicas, sociales, sindicales y políticas las habían convocado. Ni el PSOE ni la UGT estaban entre ellas. Esa es, precisamente, la evidencia de la desconexión de los socialistas con la ciudadanía más dinámica, con la más participativa, con la más comprometida con la aspiración de elevar la calidad de la democracia.

Unos días atrás, Jordi Palafox rescataba del olvido unas palabras de Felipe González en 2002. El dirigente socialista sentenciaba, como en él es habitual, que: “En política, la verdad es lo que la gente entiende como la verdad. Políticamente, el empeño por desmentir algo que está en la percepción de una sociedad es poco práctico”.

Pues sí. Parece que el PSOE ha olvidado aquel axioma del que fue su líder. Y ahora se empeñan en negar una evidencia que es percibida por la sociedad ?cuando menos por aquella parte más próxima a las posiciones del partido de los socialistas españoles? con nitidez: que la Constitución tiene que ser reformada para incrementar la calidad de la democracia, y que la ciudadanía tiene que ser consultada a propósito de la disyuntiva entre monarquía y república. Podrán negar la realidad, podrán creerse sus propias mentiras, pero por el camino que van su fecha de caducidad cada vez está más próxima. ¿Reaccionarán?