Sr. Director,
Da pena constatar que para los medios todo Brasil se reduce al ser el país de la samba, que el Mundial no prende, que los estadios no están listos, que hayan descubierto que hay otro Brasil en las favelas, que el Mundial es un gran negocio, como lo es la selección en Chile, que son miles los compatriotas que venciendo las leyes de la lógica pero en la lógica de una campaña mediática bien urdida, cruzan como el ejército de Los Andes la cordillera para una empresa trascendente. Un poco de locura, un poco de miseria.
Los lugares comunes campean, los legítimos intereses y motivaciones deportivas confundidos en fanatismos, el deseo de triunfo con chovinismo. La prensa hace gárgaras con la superficialidad de los clisés clásicos, periodistas en vivo lleno de muletillas y desproporcionadas adjetivaciones, instalando ideas previas y fundando mitos; hinchas atorrantes incapaces de hilvanar una oración, ceacheíes por doquier, medios lesos e inoportunos, y lo que es peor, resultado de una falsa algarabía. La gente se endeuda, se hacen asados a pesar de la lluvia (¿no se puede hacer una tallarinata para ver los partidos?), el telespectador que ama el deporte engulle litros de alcohol, y si nuestro equipo hace un gol, se desmadra en la calle con banderas y bocinazos creyendo que el país es otro o que su vida desde ese momento cambiará para siempre. Pero la mala noticia es que todo será igual, su pega, su nivel de endeudamiento, la calidad de la escuela de su hijo, los indicadores económicos del país.
Chile sea campeón del mundo o quede en la medianía de la tabla, como es lo esperable, seguirá siendo el mismo país.
Como diría el noi del Poble Sec:

“Y con la resaca a cuestas
vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el señor cura a sus misas.

Se despertó el bien y el mal
la zorra pobre vuelve al portal,
la zorra rica vuelve al rosal,
y el avaro a las divisas.

Se acabó,
el sol nos dice que llegó el final,
por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual.

Vamos bajando la cuesta
que arriba en mi calle
se acabó la fiesta.”

Atte.

Rodrigo Reyes Sangerman