alejandra“¿Por qué justo ahora, cuando la población goza de una prosperidad material y de escolaridad nunca antes alcanzadas, la sociedad chilena ve surgir desde sus entrañas pasiones que creíamos extintas?” La pregunta es del sociólogo Eugenio Tironi y la podemos leer en su último libro: Apología de la intuición o como comprender el desprestigio de la democracia y la empresa (Santiago, Ariel, 2014). Ya en libros anteriores Tironi se había planteado esta pregunta para responderla de una manera similar al modo que lo hace aquí: la educación, el progreso, el bienestar, el aumento de la calidad de vida han vuelto a la ciudadanía más madura y más activa. “Somos una sociedad que se ha vuelto más horizontal, más dinámica, más innovadora, más educada, más próspera”, sentencia Tironi. Es tal su convencimiento de que la protesta actual es producto del puro bienestar reinante que llega a afirmar en otro lugar que “no hay nada que haga a la gente más libre y crítica que la prosperidad, y más fácil de someterse a la disciplina que la pobreza” (“La desoligarquización”, 2013).

Este aparente contexto social de bonanza e igualdad se da en un tiempo histórico caracterizado por el agotamiento del proyecto político de la modernidad y los propios conceptos que lo articularon (progreso, racionalidad, objetividad, verdad). En palabras de Tironi, se han venido abajo por “las creencias, memorias y pasiones compartidas”. El discurso de la ciencia, el saber de los expertos, no sería inmune a esta declinación de lo moderno. Es más, en el actual contexto el discurso de la ciencia y de los expertos no sería más que un discurso entre otros, un discurso que tendría que generar las condiciones necesarias para establecer sus criterios de verosimilitud al interior de comunidades de diálogo y negociación.

Tironi busca hacer operativos y eficientes, para un contexto político neoliberal como el nuestro, los relatos a contrapelo de la modernidad y el discurso de la crisis epistemológica

Visibilizado el mecanismo, expuesta la caja negra como señala Tironi —siguiendo con fanatismo en este punto las intuiciones de Bruno Latour— la pretensión de verdad de la ciencia tendría que competir con otros saberes, con otras prácticas. Esta grieta en el discurso moderno —que laxamente Tironi alude bajo la nominación althusseriana de “ruptura epistemológica”— implicaría asumir positivamente la incertidumbre; desplazar la idea de proyecto por la de “posibilidades”; volver difusas las fronteras entre lo humano y lo no humano; y principalmente oír nuestras intuiciones: ni más ni menos válidas que las verdades del saber experto. Si no fuera Tironi quien escribe esto, casi podríamos creer que es Donna Haraway escribiendo su Manifiesto Cyborg! Con una salvedad claro, Tironi busca hacer operativos y eficientes, para un contexto político neoliberal como el nuestro, los relatos a contrapelo de la modernidad y el discurso de la crisis epistemológica. Más que transformar la política, la crisis del relato moderno es una buena “oportunidad” para Tironi a la hora de ofrecer una nueva propedéutica para políticos y empresarios interesados en conservar el poder. Muy al estilo de los “buenos viejos tiempos”, frase-fetiche que se reitera, una y otra vez, durante el libro y de paso va señalando lo deseable y lo descartable para la política y para la empresa en estos tiempos de cambio de paradigma (los “buenos viejos tiempos”, son abreviados en la sigla: BVT).

En este sentido, el decline del saber experto no solo repercutiría, según Tironi, en el espacio de la producción de conocimiento científico sino que también en el de la producción de certidumbres políticas y en la confiabilidad de las prácticas empresariales. Es esta relación entre democracia y empresa lo que preocupa a Tironi: ¿cómo hacer confiables nuevamente la democracia y la empresa? Establecida esta relación, que no hace sino explicitar el orden contemporáneo de las democracias corporativas —como las llama Sheldon Wolin— Eugenio Tironi comienza a jugar el rol que más le acomoda: el de consejero del poder.

La “prosperidad”, el aumento de la calidad de vida y la deslegitimación de la democracia de los expertos han generado movilizaciones estudiantiles que desafiaron el orden establecido. Eugenio Tironi lo explica del siguiente modo: “Pese a la paz, la prosperidad económica y la estabilidad política, en los jóvenes de hoy se observa la indignación moral de los sesenta y setenta ante la desigual distribución de los beneficios: la misma queja frente a la pérdida de valores y de ideas; el mismo reclamo ante el vacío de una vida que parece sin sentido; el mismo rechazo al consumismo y la mercantilización (lo que aquí en Chile se ha bautizado como “el lucro”); la misma reivindicación del ecologismo y la valoración del comunitarismo versus lo individualista; en fin, la misma crítica a El Modelo creado por sus antepasados y que estos les presentan cómo el único camino posible”. Desde la descripción otorgada por Tironi, el movimiento estudiantil no se conforma con esperar soluciones, busca más bien tomar la palabra, expresarse siguiendo la ya clásica distinción entre salida y voz propuesta por Albert O. Hirschman.

¿Qué deben hacer políticos y empresarios frente a este malestar producto de la prosperidad? Dejar atrás el dogma del saber experto, arriesgarse a la incertidumbre, apostar por la inestabilidad, generar organizaciones “antifrágiles” que se benefician del desorden y la volatilidad. Y por último, seguir las “intuiciones”. Ser, quizás, como Steve Jobs, fundador de Apple, quien en el relato que proporciona Tironi es un narcisista que “sufre con el éxito de sus pares, pues lo ve como un atentado a su propio yo, lo cual lo conduce a escenas de celo delirantes. Sus principales enemigos son el aburrimiento y la depresión, que combate mediante la hiperactividad, el riesgo, el juego”. He ahí las claves para asegurar el poder: la innovación y el riesgo, y por sobre todo no aferrarse a “un” modelo. Héroes locales que atestiguarían el éxito de esta propedéutica: Anacleto Angelini, Andrónico Luksic, Juan Cueto y Horst Paulmann. Este interesado vínculo entre democracia, emprendimiento e innovación, anudado en estos nombres, quizás, es índice de su creencia que la protesta social es producto de la “prosperidad” económica y material de chilenos y chilenas.

Ante esta particular arremetida del desorden y la intuición no queda más que preguntarnos: ¿fin de la democracia de los expertos o inicio de las democracias corporativas? Bajo esta última nominación, los intereses del capital y los de la inversión económica constituirán el comando de dirección de las democracias actuales, al mismo tiempo que dicho comando se sustraería a todo control y supervisión democrática. La democracia aprehendida bajo estos signos se definiría como un espacio para la competencia y la negociación; la contención electoral; y la provisión limitada de alfabetización, de capacitación laboral y de lo indispensable para una sociedad que está bregando por sobrevivir en la economía global. Explicitando el vínculo entre democracia y elite económica, Sheldon Wolin afirma: “El elitismo político muestra su afinidad electiva con el capitalismo. Ambos creen que los poderes de un cargo elevado, ya sea en el gobierno o en el mundo empresarial, deben quedar reservados para quienes se los ganan por sus cualidades personales y talentos excepcionales —demostrados en condiciones sumamente competitivas— más que para quienes llegan al poder en virtud de la aprobación popular. En un mundo perfecto, a las elites políticas se les confiaría el poder y se las recompensaría con prestigio, a las élites capitalistas se las recompensaría con poder y riqueza. Como ambas representan lo mejor, tienen, según esta concepción, derecho al poder y a la recompensa”.

Intuición, riesgo y recompensa: palabras que parecen describir el nuevo orden de las democracias corporativas.