selección abrazadosDicen que hay penas que no se pasan nunca en la vida, como las penas de amor. Ese irremediable dolor que dejan en el corazón los proyectos inconclusos, y que dan vueltas en la cabeza durante días, semanas, meses y años.

Algo similar es lo que ocurre a más de 72 horas con miles y miles de chilenos desde el sábado. 120 minutos de sufrimiento que parecían terminar en algo realmente histórico, terminaron con una definición injusta desde los doce pasos. No importó la tremenda entrega de esos guerreros, aunque suene trillado llamarlos así. Son futbolistas pero actuaron como incansables luchadores mientras los más de 16 millones de chilenos teníamos la fe intacta en estos muchachos.

Ya sabemos todo. La entrega inconmensurable de Medel. La garra y clase de Vidal. La concentración y firmeza de Bravo. La unión de todo un grupo… Pero al final, los palos. Esos putos palos.

Esos cabros humildes dejaron todo, se hicieron pebre a pesar de las lesiones, jugaron el partido de sus vidas, pero la suerte no estuvo de nuestro lado.

Desde entonces la pena no se quita de los corazones. Pena y rabia, que algún publicista súper pillo pensó que podría quedar de lado con comerciales grabados de antes asumiendo que quedábamos fuera. Esa mezcla sigue ahí. Aceptémosla, por muy Pilar Sordo que suene. Por qué no reconocer que muchos lloramos. Lo hicimos al ver al Pitbull destrozado, pero también porque sabíamos que ese grupo se merecía más. “Por Chile uno hace todo lo que puede”, dijo el Gary de la gente, y todos se lo agradecemos. “Nunca había visto algo igual”, comentó don Sampaoli después, hablando por todos los chilenos. Pero la vida y el fútbol no fueron justos con él ni con sus dirigidos.

gary lloraY no deja de ser curioso que sigamos ilusionándonos tanto, sufriendo hasta lo indecible por un deporte en el que nunca hemos cosechado triunfos. Quizá esta generación tiene ingredientes únicos que nos hacen a todos identificarnos con ellos, y sentirnos orgullosos de su tremenda entrega. Son muchachos de esfuerzo, salidos de canchas de tierra, del pueblo que tampoco conoce de triunfos y se esfuerza tanto como ellos por salir adelante. Por fin teníamos a fieles representantes del chileno de a pie, porque de ahí vienen. Y no se trata de creer en esa cantinela que repiten hasta el cansancio los publicistas de la plata y los autos deportivos. No son referentes sólo por el éxito que han alcanzado. No se trata de verlos y querer todos los lujos que tienen. Es saber que se han sacado la cresta para estar donde están, al nivel donde han llegado, y sobre todo por el enorme corazón que demostraron tener a la hora de defender a su Selección. Eso hacía que todos fuéramos uno, apoyando desde el fondo del alma a nuestros guerreros.

Por eso la pena se siente como algo personal. De una u otra forma, todos estábamos en esa cancha. Y todos nos desmoronamos con el palo de Jara. Menos mal que son pocos los chaqueteros que le han reclamado por su infortunio, pero la inmensa mayoría estuvo con los muchachos que fueron a abrazarlo. Porque no fue su culpa e hizo un enorme mundial. Así es el fútbol y así es también la vida. Muchas veces es injusta.

Sacarse la espina del corazón aún cuesta. En algo quizás ayudó el recibimiento dado al equipo en La Moneda. Desde el aeropuerto, pasando por la autopista y después por la Alameda, sólo había muestras de gratitud. Era injusto verlos aquí de vuelta, pisando territorio nacional prematuramente, pero había que dejarles claro que nos los abandonamos. No lo haremos.

Y aunque nadie se pueda olvidar de ese zapatazo de Pinilla que chocó en el travesaño, seguimos sintiéndonos orgullosos de ellos. De todos y de cada uno de ellos.

la roja en la monedaLlorar botó una parte de la pena y desazón del momento. Pero las imágenes no se pueden borrar y traen de nuevo el dolor al alma. Pena porque ese grupo debería estar en cuartos de final, por la convicción de jugar proponiendo espectáculo, y dejarlo todo en el camino. Lamentablemente ese proyecto y trabajo incansable por llegar a la cima quedó inconcluso. Como las penas de amor que a veces nunca se pueden olvidar.

Quizás sólo el tiempo ayude a lavar esas heridas. Pero el fútbol, como la vida, les debe una a estos cabros que nos llenaron de orgullo. Esa nueva oportunidad será en 2015 con Copa América, y quizás todavía recordemos la pena de Brasil 2014, pero esta vez seremos locales, y estaremos todos más juntos y más cerca de esos muchachos. Esos que ahora nos hacen pensar que el trabajo, el orden, la disciplina, la solidaridad son la clave junto a la convicción de que nadie puede arrebatarnos nuestros sueños. Porque hay creerse el cuento. Para seguir trabajando y soñando con la frente en alto.