Joan de AlcazarEl día 4 de julio de 1914 se celebró a bordo del barco austro-húngaro Káiser Carlos VI, anclado el puerto de Valencia, una misa de réquiem. El magnicidio ocurrido en Sarajevo unos días atrás había sido el motivo. Este acto, que contó con la presencia de todas las autoridades, se convirtió en la primera entrega que recibió el pueblo valenciano del drama continental que estaba a punto de comenzar.

Hasta aquel pesado día de julio, la vida pasaba dentro de los márgenes de aquello que diríamos la normalidad, sin que esto tenga que ser entendido como sinónimo de ausencia de problemas. Dos de los más significativos, para reseñar alguno, habían sido las agitadas discusiones alrededor de los presupuestos de la capital, así como sobre las pasadas elecciones al Congreso y al Senado de Madrid.

No estamos a las puertas de una nueva guerra europea, afortunadamente, a pesar de que más de uno hizo referencia a ella al abordar no hace tanto la crisis de Ucrania que, por cierto, todavía no está resuelta.

Resultado del primero de estos acontecimientos habían sido los graves sucesos de las postrimerías del mes de febrero: cierre general de establecimientos comerciales, manifestaciones numerosísimas, agresiones, cargas de las fuerzas de seguridad e incluso algún que otro disparo aislado. El Mercantil Valenciano, el diario republicano y progresista, editorializaba: “No recordamos nada más grandioso. Después de una protesta tan unánime, tan grandiosa, tan espontánea, no se concibe que sigan ocupando sus cargos el gobernador y el alcalde. En Valencia ha habido cierres, pero ninguno como lo de ayer; grandes y pequeños, desde el lujoso establecimiento hasta el modesto kiosko, todos los comerciantes e Industriales cerraron sus casas, dándose la novedad de que hasta los cafés y los sitios de refresco cerraran, cosa que nadie ha conocido”.

Rescato estos apuntes del libro resultante de mi tesis doctoral, Temps d’avalots [graves disturbios] al País Valencià, 1914-1923. Han pasado veinticinco años desde que fue publicado, y encuentro que bien podríamos actualizarlo con informaciones y datos de hoy.

No estamos a las puertas de una nueva guerra europea, afortunadamente, a pesar de que más de uno hizo referencia a ella al abordar no hace tanto la crisis de Ucrania que, por cierto, todavía no está resuelta. El asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo fue la chispa que hizo estallar la guerra, no el motivo de la misma [cómo erróneamente podemos leer y escuchar con frecuencia en estas fechas], y ésta fue la que hizo explotar todos los bidones de gasolina que almacenaba la Europa del momento. No es que el actual no tenga problemas, y no sólo por los relacionados con el nombramiento de Juncker como presidente de la Comisión Europea, o por los cambios en la política económica que necesitan los países del sur. Problemas tenemos, pero nada comparable a lo que pasaba a 1914.

Aun así, ¿no es cierto que podemos encontrar muchos más paralelismos en la política interna? Los resultados de las últimas elecciones, las europeas precisamente, continúan provocando bajas y daños, movimientos posicionales, agrias disputas internas y entre los diversos partidos, y está claro que los efectos del pasado 25-M todavía no han finalizado.

Lo relevante del asunto está al ámbito interno. Se preguntaba El Mercantil Valenciano en 1914 cómo es que no habían dimitido el alcalde y el gobernador, igual que nos preguntamos cómo es que no han dimitido Alberto Fabra y Juan Cotino. Hasta la consejera Català se lo pregunta respecto del de Xirivella.

El presidente de las Cortes Valencianas, Juan Cotino, es, ya lo dijimos, una especie de verruga democrática y de él pocas sorpresas gratas podemos esperar y, todavía menos, gestos de dignidad. Tanto más después de la vergonzosa venganza hacia Mònica Oltra, y trás las noticias que lo ligan y conectan con la flor y nata de la corrupción autóctona a gran escala. Éste caballero no se irá hasta que desinfecten con zotal el sillón que ocupa en la Plaza de Sant Llorenç.

El Muy Honorable Presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, no ha tenido bastante castigo todavía como para excitar adecuadamente su dignidad. No tuvo bastante con que un simple secretario de Estado, petulante y provocador como Antonio Beteta, viniera a ofenderlo en su propia casa. Una ofensa particularmente dura para él y para su consejero Moragues, que habían anunciado por activa y por pasiva la comprensión de Madrid ante la insuficiente financiación valenciana.

Fabra y Moragues hablan y hablan, como hombres ofendidos cargados de razón, pero sólo dentro de casa. Denuncian el olvido y el perjuicio que sufrimos por la carencia de sensibilidad del gobierno central, anuncian intenciones de dar la batalla hasta conseguir lo que es justo, y quieren hacer ver que irán a Madrid y le meterán el brazo por la manga a Beteta, a Montoro y a quien se pongo por delante.

Sin embargo, llegado el día, reunido en Madrid el Consejo de Política Fiscal y Financiera, el señor Moragues no dijo ni pío. Mudo como una esfinge. Del anuncio de Fabra en el fin de año de 2013 de que 2014 sería el del nuevo modelo de financiación, hemos pasado a las crudas palabras del consejero de economía: “no hay una expectativa a corto plazo de revisión del sistema de financiación; esto es evidente”.

Pues bien, habrá que exigir que aquellos que no son capaces de defender los intereses más básicos del país que gobiernan (?) no tienen más salida que presentar la dimisión y dejar paso a personas que sean más competentes y efectivas que ellos.

En 1914, después de la misa de réquiem por Francisco Fernando en el puerto de Valencia vinieron los durísimos efectos de la I Guerra Mundial sobre el País y, en particular, sobre su agricultura y los que en ella trabajaban. Empezó una crisis que tuvo efectos devastadores que abocaron a la que llamamos la época de los disturbios. Fueron años duros, con mucha lágrima, mucha sangre y mucho dolor. A estas alturas la realidad social e institucional es muy distinta, pero hay mucha gente que está agotada de llorar y de sufrir. Los responsables políticos, si tuvieran un poco de dignidad, no deberían permitirlo. En su defecto, deberían marcharse por la puerta de atrás.