Cerrar publicidad
País Desconcertado 03.07.2014

Una Fiesta Nacional del Vino para Chile

A diferencia de lo que ocurre con la mayor parte de los países de cultura vitivinícola, Chile no tiene una Fiesta Nacional del vino. Si bien existe una diversidad de celebraciones regionales y municipales, desde la región de Coquimbo hasta la del Bío-Bío, pasando por aquellas que se dan en lugares como Valparaíso, Santa Cruz […]

Por Gonzalo Rojas A.

778px-Alvaro_Alcala_GalianoA diferencia de lo que ocurre con la mayor parte de los países de cultura vitivinícola, Chile no tiene una Fiesta Nacional del vino.

Si bien existe una diversidad de celebraciones regionales y municipales, desde la región de Coquimbo hasta la del Bío-Bío, pasando por aquellas que se dan en lugares como Valparaíso, Santa Cruz y Ranquil, por nombrar algunas –y tengo que admitir que en estos años he deambulado por todas y cada una, en la búsqueda del mejor vino del mundo: el vino gratis– no tenemos en nuestro calendario una gran fiesta que celebre nuestra histórica relación con el vino, tan cotidiana, tan ontológica.

Y no me refiero en particular a una Fiesta de la Vendimia, o una fiesta vulgar y espuria del tipo “Día de la Piscola” o día del “Lomito a lo pobre”. Tampoco veo el interés en consagrar una festividad religiosa o pagana, algo así como una antiestética excusa para deambular ebrio por las calles de las ciudades y pueblos, en un día que bien podría parecerse a un sábado cualquiera, o peor aún, a una festividad chauvinista y estéril como el “dieciocho”, a estas alturas, convertido en una especie de apología de la flojera y del irreverente mal gusto.

Yo quiero una fiesta sin héroes, ni batallas ganadas a medias a tribus vecinas. Una fiesta sin la pompa ridícula de la Iglesia o del Estado. Sino una fiesta común, donde no haya que disfrazarse ni de huaso ni de huachaca para pertenecer, donde conmemoremos de manera civilizada y respetuosa nuestro patrimonio histórico y cultural del vino, con su gente, sus paisajes y la forma en que normalmente lo consumimos, con nuestras comidas de todos los días. Una fiesta que no ha de necesitar un Ministerio de Cultura ni de Educación que la organice. Sin dueños, sin ticket master.

Una fiesta donde celebremos a los viticultores y enólogos que hacen el vino, a las viñas y los viñateros, a los que venden el vino en supermercados y botillerías, a los parroquianos de buena voluntad que lo comparten en torno a una buena charla, a los poetas que lo cantan, a los tristes que apagan su sed y su pena, y a los que simplemente quieren celebrar que hacemos vinos, que son accesibles y buenos, y están por todas partes.

Y claro, hay mucho que celebrar. Mal que mal, a estas alturas, para nadie resulta ser una novedad el hecho que la vitivinicultura ha dejado una marca indeleble en nuestra idiosincrasia, en manifestaciones culturales que van desde la literatura hasta la arquitectura, pasando por los artefactos, los oficios, los valles y poblados donde el vino trae el pan de cada día.

Yo quiero una fiesta sin héroes, ni batallas ganadas a medias a tribus vecinas. Una fiesta sin la pompa ridícula de la Iglesia o del Estado. Sino una fiesta común, donde no haya que disfrazarse ni de huaso ni de huachaca para pertenecer.

Hay mucho que celebrar. La industria del vino le ha dado una dignidad especial a nuestro campo. Durante los últimos cuatrocientos cincuenta años, ha modelado el paisaje, generado empleos, y lo que es quizás más importante, nos ha vinculado con los orígenes de nuestra propia civilización, con los tiempos de los primeros viticultores en el Asia Menor, desde tiempos inmemoriales, sacándonos en parte de nuestra estrecha isla mental encerrada entre la nieve y el desierto.

Lo trajeron los primeros conquistadores españoles, pero rápidamente la nación chilena en su conjunto, mestiza y en formación, hizo del vino uno de sus elementos culturales más íntimos, allí donde una parra puede crecer y alimentarse del sol, el agua y la tierra.

Yo propongo una fecha: el 04 de septiembre. ¿Por qué? Muy simple. Porque el 04 d septiembre de 1545 fue la primera vez que se escribió sobre el vino en Chile. En efecto, fue el mismísimo Pedro de Valdivia, en su segunda carta al rey Carlos V, quién le informa que “necesita más vino”, producto de lo cual, son enviadas más tarde las primeras estacas de vides a la Capitanía General de Chile, las que tres años más tarde, dieron los primeros frutos que se vinificaron en esta parte del mundo.

El 04 de septiembre es además una fecha que no molesta a nadie. No entorpece ni la fiesta de la vendimia de Buin ni la Gala de Vinos de Vitacura. No compite con las fiestas de la vendimia ni pretende ser una fecha feriada ni una instancia para izar la bandera o cantar la canción nacional.

Mi idea es que simplemente, sirva para conmemorar el inicio de nuestra vitivinicultura, y de paso, como suelen decir los siúticos de hoy, “poner en valor el patrimonio”, lo que en este caso implica todo lo anteriormente dicho.

Además, personalmente me carga la idea que países que hacen vinos malos tengan una fiesta nacional del vino, mientras nosotros no estamos ni cerca de tenerla. O países que hacen vino desde hace poco, lo pasen de maravilla en su día del vino, mientras nosotros, tan apocados como siembre, pensamos que la principal virtud del vino chileno es que se vende en todas partes, y a los jugadores del Manchester United les llega una caja de Concha y Toro al año.

Hay que celebrar al vino. No podemos ser tan ingratos con él. Al vino de Codpa, en Arica, al pajarete del Huasco, al Chacolí de Putaendo, a los vinos del Maipo y de Colchagua, a los pipeños del Maule y las mistelas de Quillón y Chillán. A la chicha de Curacaví y de El Monte, a los vinos del Río Bueno, en Osorno, a los burdeos y borgoñas copiados de Francia a la mala, a la Champaña Valdivieso que vale tres lucas y que se ha echado a toda la Unión Europea encima, por no querer cambiarle el nombre, y hasta el “Jote” y el “Terremoto”, sofisticada expresión de nuestra coctelería de fin de semana.

Todos caben. No hay que ser esnob para estas cuestiones. Quizás con fiestas como esta, hasta se nos empieza a pasar la fiebre portaliana y nos vamos de esta república notarial a otra patria más libre y ancha, y comenzamos a disfrutar sin culpas ni excesos, como una nación que, como diría el célebre historiador Johan Huizinga, es capaz de “darse razón de su propio pasado”.

Les aviso que llevo un año mandando cartas a todas partes. A ver si alguien me toma en cuenta.

Por mi parte, hace rato que celebro los 04 de septiembre, brindando por la buena idea que tuvieron esos roñosos extremeños de poner una ciudad en la mitad de un valle fértil donde se pueden hacer tan buenos vinos.

¡Salud!

Tags

Notas Relacionadas

Comentarios