Palestina1Cada verano en Palestina llueven misiles. Cada época estival, cuando la mitad del hemisferio disfruta sus temporadas de vacaciones entregándose al ocio y al buen tiempo, hay más de 6 millones de personas que tienen que sortear las decisiones de extraños. Extranjeros que llevan no 47 días, no 47 meses,  sino 47 años ocupando, maltratando, asesinando. Secuestrando.

Este verano la historia no es muy distinta y una nube negra se posó sobre el cielo palestino. El 12 de junio Israel declaraba que tres jóvenes colonos israelíes habían sido secuestrados en Al Khalil (que los israelíes llaman Hebrón), una ciudad al sur de Cisjordania conocida por el constante acoso que viven sus ciudadanos palestinos por parte de la potencia ocupante y de los colonos que habitan los asentamientos que la rodean. Según relataba la policía, Eyal Yifrah, de 19 años; Gilad Shaar y  Naftali Frenkel, ambos de 16 años; estudiantes de una escuela talmúdica, habrían desaparecido cuando hacían dedo en la carretera.

La violencia diaria que se vive en cada checkpoint, en los rincones de Al Khalil y en el resto de la Palestina ocupada dejó de contarse en los medios que centraron toda su atención en el secuestro. Se hablaba de “operaciones de rescate” sin ahondar en quiénes pagaban el costo.

Redadas nocturnas, violencia extrema y adolescentes y hombres asesinados en una semana eran las consecuencias de un plan ilegal que operaba la ocupación, sin nada más que sospechas en su contra. Daños colaterales como algunos les llaman sin sonrojarse. Familias destruidas, al igual que las israelíes, que esta vez perdían a sus seres queridos víctimas de asesinatos por parte de un raptor institucional. ¿Quiénes eran los culpables de esta nueva ola de violencia? Según Benjamin Netanyahu y su gobierno, el único responsable sería Hamas, aunque ninguna prueba efectiva acompañase sus declaraciones ni el grupo de resistencia palestino reivindicara el acto.

Hace poco más de un mes, Hamas y Al Fatah habían logrado un acuerdo de unidad nacional, lo que provocó la rápida reacción de Israel que decidió frenar por completo lo que ellos llamaban “conversaciones de paz”. Su doble moral ya se había resistido años antes a aceptar los resultados de las elecciones legítimas y democráticas en que Hamas salió electo por mayoría. Por supuesto, tampoco aceptó este nuevo acuerdo que pretende convocar a elecciones generales y que tanto Ban Ki Moon, secretario general de Naciones Unidas, como la Unión Europea han visto con buenos ojos pues pone fin a 7 años de separación en la política interna palestina.

Pero Israel no sólo ha sometido a sus rehenes al apartheid que impone, sino también ha secuestrado la verdad durante toda su existencia de Estado colonial. Esta verdad en eterno cautiverio es la que genera sospecha, al menos el beneficio de la duda, ante la denuncia infundada que no se cansa de repetir el gobierno de Netanyahu.

Más que nunca, Israel insiste en enjuiciar y responsabilizar de todos sus males a Hamas. «Se autoriza al primer ministro a imponer sanciones adicionales a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y se hace responsable a ésta de todas las acciones que perjudiquen la seguridad de Israel en Judea y Samaria (nombres que Israel da a Cisjordania) y en Gaza», anunció el Gobierno israelí en la ocasión, cuando Abbas y Haniye sellaban su reconciliación. Entre las sanciones que impuso decidió cortar los traspasos de impuestos palestinos que Israel controla e impidió que los nuevos ministros pudieran trasladarse desde Gaza a la reunión del nuevo gobierno de unidad en Cisjordania. También decidió no liberar al último grupo de detenidos palestinos que eran parte de una negociación de intercambio con la ANP. Y por supuesto, anunció la construcción de más asentamientos ilegales.

Cada uno de los 8 palestinos asesinados y los 3 israelíes que completan la lista muertos de las últimas tres semanas son víctimas directas de una ocupación que les ha robado la paz, su juventud, muchos veranos y ahora sus vidas. Y esto es lo que el resto del mundo olvida. Y eso es justamente lo que ellos pretenden.

Pero aunque los hechos a la vista reflejan lo que es una política constante de hostigamiento y control,  aun son muy pocos los       que han alzado la voz y que identifican a estos jóvenes estudiantes israelíes como víctimas de su propio gobierno. El infierno en que se transformaron las calles de Jerusalén ocupada con manifestaciones anti palestinas, llamando a la muerte de los árabes, asaltando y golpeando habitantes de la cuidad vieja, sólo revelaba la locura explosiva de años de encierro en el odio y la injusticia. Y lo lograron.  El miércoles 2 de julio fue encontrado el cuerpo calcinado del joven Mohamed Abu Khdei, de 16 años, quien fue secuestrado la noche anterior en el barrio Shufat, en Jerusalén ocupada, en un evidente acto de revancha. Una vez más, los ocupantes toman las justicias con sus propias manos y el dolor que significa terminar con la vida de un adolescente sólo vale si se trata de los suyos.

Cada uno de los 8 palestinos asesinados y los 3 israelíes que completan la lista muertos de las últimas tres semanas son víctimas directas de una ocupación que les ha robado la paz, su juventud, muchos veranos y ahora sus vidas. Y esto es lo que el resto del mundo olvida. Y eso es justamente lo que ellos pretenden.

El discurso israelí bien sabe de montajes, de detenciones administrativas, un proceso heredado desde el Mandato Británico y que permite mantener a miles de palestinos detenidos sin juicios ni conocimiento de por qué son privados de libertad. Sudáfrica bajo el apartheid lo aplicaba y Estados Unidos lo sigue haciendo en la cárcel de Guantánamo.

Israel, un Estado que se autodefine constantemente como el único democrático en Oriente Medio se permite declarar sin empachos que clamará venganza. Venganza, no justicia y nadie se sorprende de la dura sinceridad con que un gobierno asume lo que en cualquier lugar del mundo sería un caso judicial.

Pero bajo las leyes de Sión las cosas funcionan diferente. Inmediatamente, Israel aplicó la orden extrajudicial de derrumbar las casas de dos sospechosos antes de encontrar alguna prueba, antes de demostrar por qué esos hombres (y sus familias) serían los responsables del trágico destino de los jóvenes. A continuación, el gabinete israelí discute la posible construcción de más asentamientos ilegales en Territorio Ocupado, pues la medida expansionista sería un homenaje a las víctimas.

Pero para quienes venimos observando desde hace años los pasos del sionismo en Palestina, sabemos que no es su portavoz ni los comunicados oficiales los que hablan. Son sus actos los que confirman cada paso descabellado que sólo profundiza su sistema colonial. Esa venganza de la que hablan pareciera ser la tónica de la esquizofrénica política que ha caracterizado a Israel desde que se creó a la fuerza en tierras palestinas en el año 1948, cuando Naciones Unidas decidió imponer un Estado para colonos extranjeros cuyo lazo de unión era la religión. La misma que luego utilizaron en 1967 cuando ocuparon el resto del territorio que no estaba incluido en la partición de tierras que con tanto cálculo realizó la ONU.

Cualquiera que pretenda igualar las condiciones y los juicios entre Palestina e Israel no tiene claro hasta ahora que no se trata de una guerra con dos bandos que se enfrentan. Se trata de una ocupación con víctimas y victimarios, con ocupados y ocupantes, con secuestradores y secuestrados. Estos últimos, los que el mundo no quiere ver ni denunciar, son más de 6 millones de personas que llevan demasiados años despojados de sus tierras, sin movilidad y con sus derechos más fundamentales coartados. Ellos, los palestinos, necesitan un rescate urgente de las manos del terrorismo de Estado que su raptor ejerce todos los días mientras el resto del mundo duerme. Sobre todo, en días de verano.