Quien haya oído el rumor de los tiburones a treinta metros de profundidad quizá pueda hacerse una idea del resonar estereofónico que nos acompañó durante los ciento veinte minutos de partido. Uno podía cerrar los ojos y seguir las vicisitudes del partido con el solo oír de los latidos de las voces que emergían de las gradas. Como meterse en un corazón, como recorrer las venas de un cuerpo, como convertirse en uno con esa masa alucinada y alucinante. Cosas del fútbol, es cierto; cosas del Maracaná y su mito que acecha como un fantasma delirante.
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Abro los ojos: Messi emprende un carrerón por la franja derecha. Los argentinos no tienen el control, pero han descubierto que a la defensa teutónica les falla por ese lado. No es suficiente, sin embargo, la messiada y el balón se pierde tras la portería. Comienza, así, Messi su carrera hacia la soledad, mientras los alemanes se esmeran, organizados, tocando, tocando, volviendo a tocas, se esmeran por superar la cordillera que los argentinos han levantado y que tiene en Mascherano a un cúmulo que pareciera ser infranqueable.
A mi lado, Cassia mira el partido, soñando con otros tiempos. Estoy en una zona mezclada; quizás un poco más de partidarios de Alemania. Una chica cruza su rostro con la tricolor que lleva negro, justo en la fila adelante un hombre viste la playera que dice esperadamente Messi. Gritos van y vienen. Algunos por suerte breves y no perduran (‘el que no salta es nazi’), los brasileños se ensañan con Maradona e imponen los mil goles de Pelé. La respuesta no se hace esperar. Algunos inicios de connato se observan. Casi gol de Alemania o la óptica es engañosa. Ahora es Higuaín quien va a hacer el gol, está solo, está solo, solo tiene que tocarla, es gol de Argentina, señoras y señores, es gol seguro de Argentina, pero ¿qué ha pasado? El Messi frente a mi se agarra los cabellos, se mesa la barba que no tiene, envía saludos a todas las madres y las abuelas y la parentela completa. Cero a cero y en cero ha quedado mi cerveza. Alguien prende un pucho. La Mannschaft sigue en su tocar sudaca, pero no parece provocar daño. Los nervios del estadio van en aumento. El ritmo cardiaco se acelera, las pulsaciones, tum-tum-tum, un par de minutos de alargue. Señora y señoras, aquí en el Maracaná argentinos y alemanes no se han hecho daño (el daño ya estuvo dirían algunos; pero de historia hablaremos otro día, aquí, amigas, amigos, fanáticas e improvistos peloteros, hoy aquí se está escribiendo la historia.)
Respiro profundo, me pongo de pie, alargo la zurda y la diestra, bajo las escalas y busco un baño. La inevitable cola. Llevo puesta por razones sentimentales (y por amor al chile) una playera del Tri (del mexicano se entiende). Entro al baño y un grupo de brasileños me mira y comienza a entonar: ¡Messi, messi, messi-co! Sonrío mientras me descargo. Salgo y busco, urgente, una recarga de Brahma para el segundo tiempo. Otra fila. Hay una especial para embarazadas, discapacitados, ancianos y… ¡gordos! Me fijo bien en el ícono y sí: para gordos. Reviso mi estómago y calculo que todavía no califico. Mientras espero, converso con un irlandés pro argentino y un mexicano pro alemán. Hay risas y análisis del partido: el fútbol es como el amor después del amor, piensa una chica porteña que nunca salió con Fito; un alemán gordísimo calcula que con noventa y nueve globos su equipo podría asegurar el resultado. Yo digo que si Chile estaría en la final sería como el cuento de Colerdige: sueño con una flor azul y al despertar encuentro en mi regazo esa flor azul. Qué onda.
Los equipos han vuelto a la cancha. Ahora Alemania ataca hacia el pórtico más cercano. La soledad de Messi comienza a crecer (El príncipe está triste, ¿qué tendrá el príncipe?). Neuer está más seguro que cuenta corriente en banco suizo (más seguro que el futuro que se nos viene). Para mí para ti, pero similar a los holandeses en las semis, el movimiento es lateral: un pasito pa’lante, Ozil, un pasito pa’tras, Müller. Hasta que de pronto una jugada estuvo klose, le digo en inglés a una chica a mi derecha (no a Cassia que sigue con el corazón perdido en una polera de los Clash). Cerca pero no: el palpitar del estadio no tiene descanso. Más abajo un intercambio de palabras pasa a mayores y enseguida cinco tipos de seguridad rodean al susodicho, un chavo que viste playera a rayas blancas y celestes, y lo sacan. El juego sigue. Un alemán revisa las estadísticas, frenético, en su I Phone (qué mirará digo yo, qué andará buscando, ¿una fórmula mágica?). Si esto no se decide ahora nos vamos al alargue. Escucho la palabra penales por algunos lados. Pero quedan ahora treinta minutos. Mil ochocientos segundos donde todo puede pasar.
La soledad de Messi se ha contagiado al cansancio del equipo. Argentina espera que el tiempo pase (como pasa todo en la vida, es cierto, pero a veces queremos que la vida pase más rápido, a veces no). Uf, quince menos, quedan solo quince y a mí no me queda más cerveza.
La gente (o sea, en portugués, nosotros) saca sus últimas fuerzas, arranca de sus cuerdas vocales los postreros sonidos. Ruido, ronca, repite, ronronea el Maracaná. Ya no queda nada esto se va a penales. Y de pronto el milagro o el espanto: el triunfo es lo mismo que la derrota escribió un filósofo chino: la treintaidós va por el aire encorvada, doblándose, dirigiéndose excelsa hacia el pectoral de Goetze. ¡Ay! Como la para, como la acaricia, como la baja, como ese pecho toca la esfera dorada: como en cámara lenta del pecho (como una caricia, mi amor) baja, baja, baja, cae como Altazor, pero no llega al suelo, no encuentra el césped sino el pie mágico de Mario que contacta la pelota y en ese momento todo el mundo (todo el universo) se detiene: Romero en su vuelo, las voces en nuestras gargantas, Argentina en un hilo, Alemania al borde del pecado. Las nubes que circulan se detienen para contemplar a los humanos Pero el tiempo no titubea ni trastabilla: Romero se estira cuan largo es, pero su ser no alcanza al ente balónico y entonces sucede.
Acontece. Se hace evento: la de cuero entra, penetra, hace suyo el arco y engorda las redes estas y las del mundo y es el delirio y es la tristeza y es el momento y es, también queridas señoras, queridos señores, la culminación de todas estas semanas de fútbol y algarabía, de protestas, de sueños, de calor y de goles casi convertidos, de golpes en el travesaño que podrían haber cambiado la historia. ¡Ay! Repito. Argentinos miran el reloj desesperados (¡Soledad gongorina, soledad messiana!). Ya no hay nada que hacer (aunque siempre queda todo por hacer). Como diría Europe: Es la cuenta regresiva y no hay regreso. El italiano se lleva el pito a la boca, lo lame, disfruta su sabor, y lo sopla en una metáfora inevitable. Uno a cero. Cero a uno. Es, por un rato, el fin de la historia. Alemania es campeón por cuarta vez.