Las banderas alemanas flamean. Neuer y Schweinsteiger dan gracias al Walhalla. Joachim se arregla la cabellera, Lahm canta un aria de Parsifal y Hummels abraza a un amigo en medio de la algazara de periodistas y asistentes que corren desenfadados para captar el momento preciso, la sonrisa perfecta, el disparo de nieve. Los jugadores argentinos permanecen en silencio. Algunas lágrimas se escurren a lo largo de los tatuajes. Pero la hinchada no cesa su apoyo: en el triunfo como en la derrota, en el amor como en la esperanza. No es más que un juego, es cierto; pero qué juego, repite Fausto.

Y se nos viene la premiación y la copa: una fila de asistentes de vuelo (azafatas decíamos antes) de la línea aérea que auspicia el mundial le da un toque de comercial de segunda. En un momento la cámara muestra a Dilma y el Maracaná no puede evitar una rechifla que nos recuerda que no todo es fútbol. Blatter tampoco se salva. No los vuelven a mostrar. Mientras los jugadores pasan uno a uno: dando apretones de manos, recibiendo palabras que no se quieren oír los primeros y piropos los segundos. Y entonces viene la entrega del cáliz, de la copa –traída antes por una modelo de piernas nerudianas y un chascón ganador en la versión anterior.

El capitán alza la copa y los papelitos blancos y dorados, como fiesta de quinceañera, como celebración de fin de año, comienzan a volar cubriendo todo irrealmente, haciendo de este momento una nueva versión de un cuento de hadas. Chorros de papelillos que recuerdan amarillas mariposas. La nube poco a poco comienza a disiparse y ahora es el turno de los fuegos artificiales. Qué sería de nuestras fiestas sin este invento chino. ¿Qué arrojaríamos intentando alcanzar el rostro de los dioses? Quizás por precaución germánica, los fuegos están bien pero no alcanzan la espectacularidad de los de la bahía de Valparaíso. Así y todo logran dibujar la misma silueta del Maracaná sobre sus bordes, como lápiz labial de fuego.

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Cuando la nueva humareda ha acabado dos números diez miran callados el centro de la cancha. No hay vuelta olímpica: los jugadores alemanes se acercan al arco donde me encuentro a dar gracias, ahora son ellos los que aplauden. Es un juego curioso: levantan la copa como queriéndola entregársela a las mujeres y hombres que los apoyaron. Saltan como niños en éxtasis. Corren, se abrazan, se dicen cosas felices y creen que dios existe y que, después de todo, el Papa no ha intercedido por los argentinos. Los reporteros alzan sus brazos para captar la mejor instantánea. En las gradas diviso una bandera chilena. Tras ella un hombre la muestra al mundo quizá pensando en las diversas suertes de las naciones y en la paz mundial y en el viaje de vuelta que, ahora, se emprende, impajaritable, inevitable como la muerte. Pero no es hora de ponernos trágicos. Salimos del estadio, como salimos a caminar bajo la cintura cósmica y futbolística. La salida es lenta y leve (y de nuevo Pezoa Véliz parece que ha estado mirando el partido). La mayoría de los brasileños parecen contentos. Los argentinos resignados pero no derrotados, comentan y analizan el partido, los alemanes dan gritos y cánticos. Fotos mixtas se repiten. Mal que mal, esto no se repite todos los días y ya no hay nada que hacer. Una chica argentina de la cual me podría enamorar perdidamente (pero no) me pide que le saque una foto junto a un alemán melancólico que nunca ha pisado Alemania. A nuestro alrededor, por supuesto, la policía. Y un poco más arriba, la luna que ilumina la noche en Río de Janeiro, donde Joao e María se prometen su desnudo reino (la gente ahora ya no tiene miedo, canta Chico).

Me demoro unos cuarenta y cinco minutos en llegar a la estación del metro. Se nota un poco el bajón que viene después de llegar a la cima, después del amor. ¿Y ahora qué? El metro pasa rápido dejando su estela de luz. ¿Y ahora qué hacer cuando tenemos la flor azul en nuestro regazo?

Mas en la ciudad la fiesta continúa. Con unos amigos tomamos unos chopes, comemos algo, un par de caipirinhas porque mañana todo vuelve a la normalidad. Hablamos de fútbol. Algunos se quejan del árbitro (¿no viste que Neuer casi mata a Higuaín, igualito que Schumacher a Battiston el 82?, larga un entendido). Otros dicen que ganó el equipo más sólido—o el único equipo, dice una filósofa analítica.

Veo pasar a Cassia acompañada de un chico más joven. Hay cosas que no cambian, pienso. Unos argentinos matean recostados en el capó de su coche. También ellos mañana emprenderán el regreso: dos mil seiscientos ochenta y siete kilómetros a Buenos Aires, cuatro mil cuarenta y siete a Ushuaia. Mi vuelta es un poco más larga. Cierro los ojos mientras camino por Copacabana, escuchando el rumor del mar. Me siento en la arena y enciendo un cigarrillo. Entonces alguien toca mi hombro. Cosas del fútbol.