10500539_816554018368308_1601816375848783437_n¿Usted es rico? La pregunta la hace una trabajadora brasileña cuando se entera que vi diferentes partidos del Mundial. No hay forma de explicarle que la respuesta es negativa. Ni el que uno sea periodista chileno le sirve de contexto. Lo que gasté en pasajes y entradas supera con largueza lo que ella logra reunir en un año con su sueldo.

Ella gana el salario mínimo de este país: 724 reales. Que son, dependiendo del cambio, entre $182 mil y $185 mil cada mes. Ella tiene dos hijos y un marido que igualmente trabaja por una remuneración básica. A ellos la macroeconomía del Brasil potencia mundial no les va a ver a su casa en un municipio a las afueras de la ciudad de San Pablo.

Las argumentaciones del ahorro mensual durante cuatro años, de llegar a casa de conocidos para no pagar un hotel, de cumplir un anhelo casi infantil, de comer en cocinas populares o comprar en un supermercado, no le hacen sentido. Para ella soy millonario y punto, como la mayoría de quienes fueron a ver los juegos de la Copa 2014.

Ella es de piel negra y debe tener menos de 35 años. Ella se gana la vida limpiando el piso, los baños y las mesas de un restaurante popular del centro de la capital paulista. Ella gasta a diario 15 reales ($3.800) en movilización -una micro y el metro- desde su casa al trabajo, con lo que cada mes debe “invertir” $114.000 de sus $185.000 para ir y venir desde su hogar. A veces, sólo a veces, los empleadores les ayudan a sus trabajadores con el gasto de la movilización.

Como ella, observé a muchas mujeres y hombres, siempre todos de piel negra, limpiando gasolineras, restaurantes, hoteles, posadas, hostales, fuentes de soda, centros comerciales o la calle. No pude ver a una sola persona de piel blanca cumpliendo ese oficio. A los blancos si me los topé en los estadios, los hoteles y restaurantes, y sobre todo en aquellos en los que no podía ingresar por sus costos altísimos, como el hotel por $230.000 por una noche en Salvador de Bahía o el otro por $175.000 en Río de Janeiro, el restaurant cuyo plato más barato comenzaba en los $25.000 en una playa al norte de Florianópolis o el otro en Brasilia donde un simple vaso de agua costaba $3.000.

¿Por qué no gasta ese dinero en otras cosas? Es una nueva pregunta y el silencio es la mejor respuesta. Cualquier explicación que lograra dar, puede ser incluso un insulto para quien trabaja cada día por unos 6 mil pesos. Entre una comida al día, la movilizacion para ir a conocer lugares y comprar un periódico, se gasta más de lo que ella se gana trabajando. Con cariño me sonríe y con sinceridad me desea un buen viaje. Sólo puedo agradecerle.

Estoy involucrado en los gastos que provocaron las ganancias que dejó el Mundial en Brasil, medidas en millones de dólares, aunque la FIFA consiguiera mucho más y no pagara impuestos, como sí lo hicieron las mini, micro y medianas empresas locales, que recaudaron hasta un 200% más durante el mes, según las cifras oficiales divulgadas en los medios.

Ella, mientras leo un libro y escucho una radio local que -como la mayoría- toca música en inglés, sale sin el delantal y se encamina a su casa cerca de las 6 pm. Se despide con un gesto amable a lo lejos. Se ira caminando a tomar el metro en horario peak y tendrá que irse cual sardina enlatada por 30 a 45 minutos hasta llegar a la estación de buses urbanos. Ahí hará una fila enorme, se subirá a la micro, donde con mucha suerte podrá sentarse y luego tendrá que esperar entre 1 a 2 horas -según esté el tránsito en las carreteras- para llegar a su paradero. Luego bien puede ser que deba caminar algún kilómetro para llegar a su casa. Ahí verá a sus hijos y les preguntará de su día. Tal vez pronto llegue su pareja y decidan comer algo.

Puede ser que luego logren descansar un rato y dejen de pensar que al día siguiente a las 6 am deben salir de su casa para llegar tres o cuatro horas después a sus trabajos.

No, ellos a los mundiales no van.