Instituto NacionalEstimado institutano, lo más cerca que estuve de un liceo emblemático fue a finales de sexto básico, cuando mis padres y los de mis amigas se reunían a conspirar y analizar nuestras posibilidades reales de movernos a “un lugar mejor”. Estudiábamos en Estación Central, en un colegio que recibía a miles de cabros de Villa Francia, Pudahuel y algunos rincones de Maipú, pero que se decía particular subvencionado. Un lugar sin ambiciones, lejos de la excelencia y a 7 luquitas la mensualidad. Tú sabes, como la mayoría.

Pese a que el sueño del liceo emblemático se instalaba con fuerza en nuestras casas y en las cabezas de nuestros padres que ya comenzaban a entender el funcionamiento de las cosas, yo no podía comprender la necesidad de irme lejos de amigos y profes. Tampoco era una alumna brillante digna de esos recintos: mi promedio de notas estaba apenas unas décimas sobre el 6, algo poco digno de los deseados cupos de la excelencia académica para niñas.

Por aquellos días, pese a no ser mi objetivo –por un asunto de género, claro y mal está- mi mamá comentaba detalles asombrosos del Instituto Nacional. En los pasillos de mi colegio, también escuché fantasiosas historias sobre la dificultades académicas que sorteaban sus alumnos y frases del tipo “un amigo mateo se cambió al Nacional y parece que va a repetir”. Comencé a desconfiar de toda esa intensidad y asumir, como todos mis compañeros, que no estaba a la altura del desafío. Quería ir a la universidad, sí, pero no tenía la genialidad necesaria para pasar antes por un emblemático.

“Comprendimos que nos tocaba enfrentar el desafío final en pelotas, con notas regulares, y esperando por un golpe de suerte que nos permitiera ubicarnos al último lugar de la lista de alguna institución. Justo debajo de ustedes y los fantásticos puntajes de los colegios particulares”.

Opté por quedarme en mi colegio sin presidentes, sin gritos, sin fama y sin más leyendas que las de un fantasma que merodeaba los baños ocasionalmente. Otros lo intentaron, pagaron por clases particulares y fallaron. Nunca supe de un compañero que, desde mi colegio, lograra entrar al Nacional. Todos nos quedamos y con el tiempo, al pasar de 3ero y 4to Medio, comprendimos que nos tocaba enfrentar el desafío final en pelotas, con notas regulares, y esperando por un golpe de suerte que nos permitiera ubicarnos al último lugar de la lista de alguna institución. Justo debajo de ustedes y los fantásticos puntajes de los colegios particulares.

Sin otra alternativa, mis padres decidieron pagar un preuniversitario. Fue un año entero con 50 lucas menos golpeando fuerte la economía familiar. Di la PSU y entré a estudiar en Valparaíso. Sin el preu –invento perverso de nuestra mala educación– no lo hubiera logrado jamás porque en mi curso, hasta los más mateos fallaron con míseros puntajes de 400 y 500 puntos. Sólo 4 de 45 alumnos salvamos. El resto, a patear piedras.

Desde mi experiencia, espero poder hablarte de la mayoría de mis compañeros que no pudieron zafar. Lejos del primer foco de luz de la nación y de todos los que sucedieron, los colegios promedio de Chile ni siquiera tienen batallas que librar respecto a la meritocracia, pues no hay espacio alguno en la competencia para ellos. Quiero decir que, aún si lo quisiéramos, no hay con qué ni cómo competir.

Nacional 1.jpgDespués de tantos años de lucha y trabajo, el movimiento estudiantil comienza a quitar de los brazos de la clase política alguna que otra herramienta en búsqueda de la igualdad. Primero fue el fin de la selección para ingresar a liceos como el Nacional, una oportunidad que muchos padres y alumnos esperaron durante años, pero en lugar de hacer gala de su tradición republicana y democrática, ustedes gritaron que no. Desde acá nos preguntamos: ¿Tanto miedo tienen a no seguir siendo los mejores? Y sobre todo: ¿Qué tan compatible es ese discurso con el de una educación de calidad para todos y todas?

Hoy muchos argumentan que quienes entran ahí son tan pobres y esforzados como quienes nos quedamos en los colegios anónimos. Dicen que es la única forma de salir del barro, pero no pueden pretender que nosotros y nuestros hijos, tengamos que contentarnos durante la eternidad con observar cómo concretan la hazaña. La misma que, algún día, sacó al institutano Laurence Golborne de Maipú para llevarlo a ser gerente general de Cencosud. Sépanlo: esa forma de éxito y ascenso social funciona bajo los mismos criterios neoliberales que los obligó a ustedes dejar el colegio del barrio algún día y a nosotros, a quedarnos en ellos.

No somos más que productos de la misma competencia despiadada, que hoy los empuja a abandonar las paredes de sus liceos emblemáticos en búsqueda de mejores notas. Y mientras hacen eso, se cagan sobre quienes han permanecido toda su vida en los liceos sin fama, numerados sobre el diez, dando cara, haciendo lo que se puede. Al final, todo pareciera estar pensado para que sean los mismos de siempre quienes salgan perdiendo.

“En lugar de articular un discurso plenamente crítico de la PSU como mecanismo de construcción de orden social, marchan iracundos por la Alameda alegando el desperdicio de su esfuerzo y dedicación. ¿Es que acaso estos valores son inherentes sólo a los alumnos institutanos?”.

En lugar de articular un discurso plenamente crítico de la PSU como mecanismo de construcción de orden social, marchan iracundos por la Alameda alegando el desperdicio de su esfuerzo y dedicación. ¿Es que acaso estos valores son inherentes sólo a los alumnos institutanos? La medida parche del ranking de notas –porque lo es- no soluciona los criterios segregadores del sistema de ingresos, pero busca aplacar a la brevedad una exclusión histórica de la que ustedes, “canteras del pensamiento laico” de la nación, no parecen preocupados.

“Si la educación en Chile fuera buena en todos los establecimientos educacionales ¿Qué motivo habría para la existencia del Instituto Nacional? Ninguna”, formuló alguna vez un institutano disidente en la ceremonia de su licenciatura. Su ácida crítica al liceo parece hoy más vigente que nunca. De corazón, quienes vimos a nuestros amigos quedándose en el camino, esperamos que, en el futuro, ningún estudiante en este país se sienta con el derecho divino a ingresar a la universidad por lo emblemático de su colegio o a defender su cupo por sobre el de otro, argumentando “esfuerzo y dedicación”. Ya es hora de acabar con aquel tirano discurso que nos incentiva a quitarle el pan de la boca a otro para poder comer.