Cuéntame brevemente cómo surge la idea de emprender la publicación de las Obras Completas de Francisco Bilbao.

La empresa de una edición de las obras de Bilbao remonta, hasta donde sé, a comienzos de 1863, cuando dos jóvenes argentinos, Francisco López Torres y Carlos Paz, discípulos de Bilbao, del racionalismo de Bilbao, de profundas secuelas en Buenos Aires y Montevideo, tomaron la iniciativa de reunir su obra. Desconozco las razones que lo impidieron. Lo cierto es que Manuel Bilbao, recién llegado a Buenos Aires en enero de 1865 —venía de Lima— retomó la empresa tras la muerte del hermano en febrero de ese mismo año, y la concretó con la publicación en dos tomos por la Imprenta de Buenos Aires, el segundo tomo en diciembre de 1865 y el primero en marzo de 1866. El primero incluye una biografía, la mejor que existe todavía, en la que debió trabajar durante todo ese año año de 1865. El criterio editorial de estas obras deja expresamente excluidos los textos considerados polémicos o circunstanciales. Alvaro GarciaEn Chile, las obras de Francisco Bilbao y sobre todo la biografía escrita por Manuel Bilbao provocaron un interesante debate entre 1872 y 1878, motivada por Fermín Vivaceta cuando propuso la erección de un monumento en su memoria. Zorobabel Rodríguez, Eduardo de la Barra, Augusto Orrego Luco, Eugenio María de Hostos, Héctor Florencia Varela, Benjamín Vicuña Mackenna, Rómulo Mandiola, etc., debatían la significación del pensamiento de Bilbao cuando Máximo Cubillos intentó una edición que por razones que también desconozco sólo llegó a la realización de una maqueta conservada en la Biblioteca Nacional. Hacia fines de siglo, en 1897 y 1898, reaparecen en Santiago las obras de Bilbao en cuatro tomos esta vez, por la Imprenta de El Correo, editadas por Pedro Pablo Figueroa. Hay omisiones importantes en esta edición, como la de Los Araucanos escrito en París en 1847, pero también la recuperación de La revolución en Chile y los mensajes del proscrito, publicado en Lima en 1853. Ya en el siglo veinte, en la década del cuarenta, se publicaron importantes antologías, con textos sin embargo a veces recuperados sólo fragmentariamente, pero precedidas de estudios preliminares también importantes, como la de Armando Donoso (1940), la de Luis Alberto Sánchez (1941), la de Dardo Cúneo en Argentina (1943), y más tarde la de Alejandro Witker (1988) publicada por la editorial Ayacucho. Una última edición, en libro y además disponible virtualmente, es la de José Bravo publicada en 2008. Se trata de la recuperación de la edición de Manuel Bilbao, a la que se añadíeron algunos textos relevados antes por David Sobrevilla y otros por Clara Jalif. La crítica periodística no la trató bien.

Una sola consecuencia se seguía de todo esto. Que las Obras Completas de Francisco Bilbao no existían, tal como, en verdad, tampoco existe la obra completa, verdaderamente completa, de ningún chileno. La necesidad de su publicación se me impuso hace años, al comienzo, cuando me topé con la dificultad, y en el límite con la imposibilidad, de acceder a una obra en cuya investigación por mi parte ya estaba. Me fue entonces necesario levantar un archivo, de partida una simple carpeta en mi computador. Esa carpeta creció en proporciones insospechadas, conforme avanzaba la investigación, en Chile, en Argentina, en Uruguay, en Perú, en Francia. Y hubo necesidad de crear carpetas dentro de carpetas. Dispuesto a organizarlas alguna vez, sin saberlo, las obras quedaron tentativamente organizadas de improviso.

Recuerdo bien la tarde de un fin de semana cuando escribí a Rafael Mondragón. Le acababa de leer algo encontrado en internet, de donde extraje su mail. Me contestó al rato que me escribiría pronto, desde México. Estaba justo en Polonia en ese momento, investigando sobre la participación de Bilbao en La Tribuna de los Pueblos, un diario de París bajo la dirección de Adam Mickiewicz en 1849. Una investigación admirable por múlples razones. Las conversaciones se multiplicaron, se hicieron frecuentes, necesarias. Viajó a Chile por su cuenta el 2011 —venía a la Biblioteca Nacional— y convinimos un encuentro en el barrio Lastarria. Estábamos en el elemento y no calculamos nada concreto en esa ocasión, pero hablamos ya entonces de una publicación y de cómo debería ser esa publicación. Nada sacamos en limpio, la idea quedó en el aire, la idea y la ambición en común.

Trabajamos en equipo el 2013 por primera vez, anotando las cartas de Bilbao con Lamennais, Quinet y Michelet, que Alejandro Madrid acababa de traducir del francés. Fue mucho después, diría que fue hace poco, cuando discutimos —y estuvimos de acuerdo y no— sobre el plan de edición. La discusión era sobre los periodos de escritura y el volumen de escritura de cada periodo, sobre la cronología y las temáticas, y menos, pero también, sobre el tipo de anotación y los criterios de fijación.

Tenía yo un libro entre manos, un Fondo del Libro concursado con Macarena García, sobre el nombre América Latina en Bilbao, cuando Carlos Altamirano propuso a Alejandro Madrid, con quien hemos trabajado en la ejecución de un proyecto FONDECYT sobre la obra inédita de Bilbao y lo que llamamos “el proyecto latinoamericano”, la posibilidad de esta edición. Una reunión posterior afinó el plan. Diría en general que cuando se trata de un pensamiento como el de Bilbao, lúcido, intempestivo, aún significativo, no queda más que partir por volver a darle impresión.

 

Portada Vol4Esta publicación se relaciona con una investigación desarrollada por tí y otros académicos en torno a la vida y obra de Bilbao.

La investigación sobre Bilbao arrancó el 2005 por mi parte —un 5 de julio, lo recuerdo porque es mi cumpleaños—, cuando recibí en obsequio los cuatro tomos de Bilbao en la edición de Figueroa. El 2006 leí todo lo demás que pude, todo lo poco que encontré. En el Chile Ilustrado hallé un ejemplar de La Revista del Nuevo Mundo, completa. En el Cid otras cosas de mucho valor, inhallables en otro lugar. La posibilidad, entre el 2007 y 2008, de una estadía de investigación en la Universidad de Buenos Aires —y aquí ya van tres agradecimientos: a Dimitri Farías, a Fernando Longás y a José Jara— me permitió sin proponérmelo volver a andar sobre la huella dejada por el cubano Alberto Varona. El libro de Varona es el resultado de unas tesis primero de magister y luego de doctorado en la Universidad de Miami, publicado en Buenos Aires en 1973. Sobre Bilbao en Argentina le habían precedido Alejandro Korn, Dardo Cúneo, José Ingenieros. Pero Varona se detuvo en su labor como periodista y fue el primero en acceder a los artículos de El Orden y El Nacional Argentino de los cuales fue redactor. Escribía él su tesis en Nueva York, y desde la Biblioteca Nacional Argentina le fueron enviadas algunas copias. El que había hecho la pega, y a quien hay que imaginar con la punta de los dedos sobre las hojas adivinando una firma, era su Director, era Jorge Luis Borges. El mérito de mi libro, ha dicho Varona después, se lo debo a Borges. La recuperación de la obra completa estaba en curso siguiendo esa pista y continuó con El Pueblo, El Grito Paraguayo, La Revista del Paraná, etc. La obra crecía en una insospechada cantidad de páginas y se acumulumaban solas. Una investigación Fondecyt (2011-2013) con Alejandro Madrid hizo que pudiéramos viajar a París, a Buenos Aires de nuevo, a Montevideo y Lima, y el material recuperado fue formidable. Hicimos “la ruta Bilbao”, como decimos en chiste entre nosotros. Con Rafael Mondragón nos encontramos el 2011, que se sumó a nuestro proyecto en calidad de tesista. Él había hecho su tesis de magister sobre Bilbao en la UNAM y hacía en ese momento la de doctorado. Llevaba también años investigando zonas desconocidas en la obra de Bilbao. Y lo hace además con un talento excepcional. Así fue como el equipo de trabajo se conformó. El trabajo no es único, unívoco; es colaborativo estando cada cual en lo suyo. Cada cual tiene sus inquietudes, sus entradas, sus obsesiones. Nos encontramos, sin embargo. Nunca de antemano sabemos dónde. Se trata en general, diría, más allá de historiar unas ideas, de levantar un archivo y proponer una lectura, o más de una. Hay promesa en esos signos. Pero diría además y en general que buscamos, detrás de la cámara fotográfica, comprender la producción de su olvido.

 

¿Qué imagen de Bilbao se te ha revelado a lo largo de la investigación?

Me haces recordar una imagen en particular, y más de una. Estaba en la Biblioteca Nacional de Montevideo intentado dar con El Siglo de 1865 y con un artículo de José Pedro Varela en él sobre Bilbao y otros artículos más que materializan su influencia sobre la primera generación de filósofos uruguayos, en la línea de lo que se llamaba en ese momento el racionalismo, cuando un error en el catálogo me paralizaba en el mesón de la entrada a la izquierda. Iba siguiendo unas notas a pie de página de Arturo Ardao. Alguien al lado escuchaba mi insistencia y cruzamos palabras, amables todas, muy pocas. Me llevé por fin mi diario y él se llevó mi correo y al día siguiente muy temprano en la mañana había un mensaje suyo: “Francisco Bilbao, un santo laico”, de FERNANDEZ SALDAÑA, José María, publicado en “El Día” — 11 de abril de 1943. Me refería un artículo del famoso coleccionista de fotografía donde comentaba dos fotos de su colección: una, a los 24 años en París, es la fotografía de Luis Alvarez Urquieta tomada en el Club Radical de Santiago de un medallón de 1878 copiado por Nicanor Plaza de otro medallón en mármol hecho por Múller en 1847, un escultor discípulo de David D’Angers quizá; la otra es una tomada por el fotógrafo Alexander en Buenos Aires, donde Bilbao con 40 años posa para Quinet. Parece verse a sí mismo y es como si buscara ser visto en la mezcla, en la hibridez del libro y del poncho. Ambas imágenes eran desconocidas. Llamo la atención sobre la primera, porque no existe o no conozco otra fotografía. Ojalá Danilo Maytía sepa que se la debemos.

“Este volumen cuarto por el que circunstancialmente hemos partido reúne un conjunto de textos, la mayoría inéditos, cuya clave de selección es la cuestión latinoamericana. Cuando Samper hacía la propuesta de llamarnos “Colombia”, para dejar a Estados Unidos llamarse “América”, Eliseo Reclus le comentaba: “los nombres de los pueblos no se imponen, se toman”… en el caso de “América Latina”, este es ya un nombre tomado.”

La cuestión de la imagen de Bilbao me hace insistir en Nicanor Plaza. Existe la maqueta del monumento que está en Valparaíso, maqueta que es parte de la colección de Roberto Grimberg, y esa maqueta más que el monumento final es casi un niño, un niño con la fascinación de un ideal hablando a un jurado que lo va a condenar, ofreciéndose a Chile como testigo o en testimonio del problema nacional. Un testigo de Chile, esa en primer lugar. En segundo lugar el monumento mismo del tribuno popular y la historia de su callejeo sin fin. Chile nunca ha sabido dónde fijar a Bilbao.

Enseguida otras, para la risa. Como la de Bilbao vestido de mujer, o la de cura, o de gañan, o de guerrillero, y finalmente y quizá la más obvia, la que circula como cliché, la de pije a la cabeza de una movilización popular, dirigiendo una marcha o una barricada. Al menos en otro tiempo y con todo ese trasvestismo Vicuña Mackenna fue muy leído cubriendo una demanda del haznos reir. En el otro extremo, la gravedad inocente y militar de Luciano Piña alucinando al pueblo por ver el bronce del “ángel” convertido en “fusil”. Y otra en fin, y así son muchas, la más conocida, la del proscrito, socialista, romántico y masón; es el retrato de portada, ese de barba y cabellera de salón.

Finalmente, la de Bilbao desnudo, o casi, muy rubio y de mirada azul, con la pluma por lanza y haciendo cuerpo en Arauco contra el invasor. Aludo a la imagen de Siqueiros en la Escuela de Chillán. Es la que más me gusta.

 

Una publicación de esta envergadura siempre produce impactos intelectuales. En particular el volumen 4 se centra en las circunstancias de surgimiento del nombre América Latina. ¿Cómo ubicas esta publicación en el debate poscolonial actual?

Efectivamente, este volumen cuarto por el que circunstancialmente hemos partido reúne un conjunto de textos, la mayoría inéditos, cuya clave de selección es la cuestión latinoamericana. Cuando Samper hacía la propuesta de llamarnos “Colombia”, para dejar a Estados Unidos llamarse “América”, Eliseo Reclus le comentaba: “los nombres de los pueblos no se imponen, se toman”. Cuestión de nombres, puestos o impuestos, o de nombres tomados, en propiedad o préstamo. Y sí, pero en el caso de “América Latina”, este es ya un nombre tomado. Eso muestran los tres capítulos de este libro, pero lo que también muestran es la lucha por resignificarlo. Y la ilusión al fin de una lucha como esa.

No sólo muestran lo que sucede alrededor, muestran también el interior ansioso del nombre. Eso, y muestran además su potencialidad geopolítica en dirección a un programa de confederación, pero sobre todo muestran al final lo que llamamos “el proyecto latinoamericano”, es decir, la necesidad de resistir a la latinoamericanización. Los textos de Bilbao en ello son excepcionales. Sus textos, desde los primeros hasta los últimos, especialmente los últimos, muestran una excepcionalidad crítica en esta dirección. Me parece que este volumen ofrece materiales sorprendentes para una crítica del latinoamericanismo.

 

¿Cuál crees que debiera ser el lugar de Bilbao en la historia del pensamiento social chileno? Algunos discursos sitúan el origen de las ideas de justicia social en Chile en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX. Aquí ese plazo retrocede en medio siglo quizás, y le pone otras connotaciones.

Hace ya mucho tiempo que Bilbao ha sido indicado entre los precursores del pensamiento social chileno. Pienso en Segall y Jobet. Ellos tienen sobre todo en cuenta el año de 1850, cuando lo de la Sociedad de la Igualdad. Si se trata de retroceder, vería el trabajo de Bilbao anterior a la publicación de Sociabilidad Chilena en 1844, miraría la traducción de De la esclavitud moderna de Lamennais en 1843. La traducción de Bilbao no ha sido todavía leída. Veo en ella una definición del “proletario” como aquel que sin poseer nada vive únicamente de su trabajo, y una denuncia de la esclavitud a la que está sometido el proletario por el capital, y veo también a Bilbao en este contexto, ligándolo a la traducción que realiza de los Evangelios en 1846, elaborando un pensamiento económico-político que busca en el cristianismo primitivo su inspiración. Revolución y cristianismo, en Bilbao esa es la cuestión.

El plan de edición en nueve tomos de los cuales los tres primeros encuadran la primera fase de su producción entre 1839 y 1855, y especialmente los primerizos de su producción, deben contener la respuesta masiva a tu pregunta.