Aylwin 1990Entre “la medida de lo posible” y el “no al lucro”

El año pasado llegó pretencioso y promisorio, concitando expectativas superiores a cualquier otro desde 1990. Por primera vez en 24 años, la magnitud de las transformaciones que inundaban el debate público indicaban la posibilidad un quiebre epocal. Ni la llegada de Lagos, primer presidente socialista después de Allende; ni la llegada de Piñera, primer presidente de derecha después de Alessandri, tendrían ese carácter: demasiada cara de neoliberal, el primero; demasiada poca cara de republicano, el segundo. Tampoco lo tendría Bachelet cuando se convirtió en la primera mujer en ocupar la presidencia en nuestra historia. Ninguno de esos aterrizajes acumuló la energía potencial del 2014.

Estamos pues ante la segunda gran decepción de la historia política reciente. Ni el 90 trajo la democracia prometida, ni el 2014 el inicio del fin del ciclo neoliberal. El primero instaló a muy corto andar la divisa de una democracia falaz. Que “se haga justicia en la medida de lo posible –conciliando la virtud de la justicia con la virtud de la prudencia–” dijo Patricio Aylwin ante el Congreso pleno el 21 de mayo de 1990, instalando uno de los sellos principales de la llamada transición. Una tacaña y asustadiza medida de lo posible se extendió como estrecho límite sobre cada asunto relevante de la vida nacional, la justicia, la igualdad, la participación, la democracia misma, en fin, la vigilancia de lo posible como “virtud de la prudencia” impuso un sentido neo oligárquico sobre la política que implicó una rigurosa desmovilización de las bases sociales, la renuncia a toda forma de utopía, y una fuerte elitización de la actividad pública. Ello fue la condición efectiva de aseguramiento de la reproducción del neoliberalismo como modelo económico pero también como estructura de clases.

El signo de esa hegemonía concertacionista sufrió un primer embate en 2006, en lo que pasaría a llamarse la Revolución de los Pingüinos, pero no sufriría su golpe mayor hasta 2011, cuando el movimiento estudiantil secundario y universitario se levantó con una fuerza incontestable. La primera victoria del movimiento, que se sumó –aunque sin articularse– a un conjunto de protestas regionales y medioambientales, fue el cuestionamiento al borde definido por la transición, a saber, a la frontera que a nombre de la democracia impedía la democracia, la “medida de lo posible”, nada menos.

El estallido de 2011 y 2012 corrió los límites. Y esa victoria fue primero, y sobre todo, cultural. Un amplio y multifacético “No al lucro” comenzó a recorrer el país, dinamizando un sentido común que cuestionaba las bases mismas de la hegemonía neoliberal, al comenzar a cuestionar la idea de la vida como negocio y poner objetivos colectivos allí donde el imperio de la individualización pretendía haber arrasado con todo sueño de mejoramiento social.

Pero eso pasó durante el gobierno de Piñera. Como respuesta, la segunda candidatura de Bachelet, arropada en una alianza que se presentaba como nueva, debió intentar adoptar, y adaptar, los sentidos fundamentales que la protesta social habían puesto en circulación. Surgió así el gobierno de las reformas, dispuesto, según dice el Programa, a llevar adelante “un nuevo ciclo político, económico y social”. Dicho en simple, la promesa de Bachelet significaba en los hechos, se haya dado ella cuenta o no, terminar con 24 años de un crudo ajuste a “la medida de lo posible”. Esa es la gran decepción, segunda de la posdictadura, que nos deja el fin de su primer año.

 

bacheletEl agotamiento de los proyectos

Nunca es tan peligroso el poder como cuando se siente amenazado, de allí que desate sus instintos destructivos tanto sobre lo social como sobre lo político.

Si según la repetida queja de los sectores conservadores de la Concertación, lo que hizo Bachelet fue (cometer el error de) escuchar a la calle, entonces es inexplicable que el bacheletismo se empeñe con tanto denuedo en desmontarla. No, no es un problema lógico, es un problema político. Bachelet y su círculo inmediato en verdad no escuchó a la calle. Como en tantas otras cosas, solo fue hábil en su gestión de apariencias.

Ni ella ni sus cercanos pueden, ni quieren, sintonizar con el grito de la calle. No están en posesión del tipo de contextura política que podría vincularlos a los nuevos movimientos sociales. Esa pobreza política, que los lleva a preferir la gestión inmediata y la mecánica de corto alcance y les hace desoír a las mayorías, es la misma que les ha impedido construir un horizonte de sentido para las reformas, optando por presentarlas como un conjunto de proyectos de ley, cuando de lo que se trata es de construir un nuevo ciclo histórico.

Lo que muestran entonces los primeros diez meses de gobierno es la absoluta incapacidad del gobierno de Michelle Bachelet, de la Concertación, de la Nueva Mayoría toda, de fundar un nuevo sentido histórico. No pueden, están agotados. Se entregan pues al control de conflictos, a los ajustes de cuentas internos, las negociaciones intestinas y un montón de discursos colmados de frases huecas. “Paso”, decía la presidenta. ¿Qué más se puede añadir?

Les han enrostrado incapacidad comunicacional para instalar públicamente las reformas, les han criticado falta de claridad, y se equivocan. Su debilidad publicitaria es solo un síntoma, lo que les falta en realidad es proyecto, sentido de construcción histórica, justo aquello que no lo arregla un asesor ni se contrata en Chilecompra.

El único sentido que podrían haber abrazado era el fin del ciclo neoliberal, pero no quieren ni pueden hacerlo. Como ha sido evidente en 2014, la consistencia interna de la propia coalición no lo permite. Su primera condición de subsistencia, entonces, radica en la renuncia a toda pretensión de historicidad. Adiós a la agricultura extensiva, lo que viene es política de antejardín.

La segunda condición de subsistencia radica en ajustarse al empate por arriba, como en todos estos años. Los partidos no los gana el que triunfa sino el que pierde menos vergonzosamente. La derecha, atrapada en sus marañas corruptas de empresas-partidos, ha terminado por extraviar completamente el sentido mayor que alguna vez la animó. La depresión de Longueira se convirtió en el desánimo intelectual de la derecha entera. Atrás quedaron sus años de densidad doctrinaria y su mirada de la larga duración. Su sentido del tiempo ha recalado en la levedad de lo breve.

Estamos pues en una condición sumamente delicada. Las elites se hallan imposibilitadas de construir proyecciones de larga duración, pero conservan una alta capacidad para impedir que otros sectores de la sociedad lo hagan. De esa suerte, no puede decirse que estén crisis, o más precisamente, que su crisis de proyecto implique de suyo una crisis política.

Como resultado, la posibilidad de un cambio de ciclo histórico entonces, sigue estando donde siempre. De la vieja política solo sale más vieja política, y es ella la que está principalmente asentada en los espacios institucionales, de modo que apreciar las posibilidades de salida remiten hoy a observar lo que ocurre más allá de ellos.

Pero no por alguna pretendida esencia política propia de lo social y lo extrainstitucional que lo pudiera higienizar en sí mismo. Por el contrario, la división social que pone a unos fuera y a otros dentro de una práctica que reclama el lugar de la política representa un serio desafío. Su prolongación por tanto no constituye virtud alguna. Romper sus alambradas y sus sistemas de abastecimiento es fundamental para fundar un nuevo lugar de lo común.

 

Jaime-Gajardo-Darío-Vásquez-profesores-MineducLa potencia destructiva del poder

Como decíamos, pocas veces la fuerza del poder político se torna más destructiva que en su caída en el inmediatismo. Durante el año que ha terminado, el gobierno puso en marcha una estrategia de contención de la organización y la movilización de lo social, mientras por la otra parte reinstalaba la vieja práctica de diálogo y negociación con los poderes llamados fácticos, principalmente el empresariado. Aquella dualidad postulada por los comunistas: un pie en el gobierno y otro en la movilización social, dio paso, a fin de cuentas, a la evidencia de un gobierno con un pie en la desmovilización de las bases y otro pie en la negociación de cúpulas.

Lo más visible fue la debacle del Colegio de Profesores. El poder político debía resolver la parte de la reforma que involucra al gremio aun a costa de fracturarlo –es el gremio más grande de Chile, ojo–, aun sometiéndolo a una tensión destructiva. De ese modo, los “objetivos superiores” del gobierno adoptaron, una vez más, un rostro antipopular.

Lo mismo ocurrió con el Confech. Un Bloque de Conducción (alianza IA, FEL, UNE) de mermada capacidad política, vio cómo se abría una grieta en el interior de la confederación, activada por los sectores oficialistas del movimiento estudiantil: las Juventudes Comunistas, que integran formalmente el poder político, y Revolución Democrática, que lo engrosa informalmente.

Como consecuencia, esta última fuerza recibió un impacto más severo. RD aparecía a la vez del lado ministerial de la mesa, gestionando el apaciguamiento de la organización estudiantil, y del lado del movimiento, vía NAU, exigiendo mayor participación. Se alegó que se trataba de espacios diferentes, pero el hecho es que en el mapa de fuerzas, que está por encima del mapa de las orgánicas, se dibujaba la mano del poder penetrando el espacio del movimiento estudiantil.

Al final el NAU perdió la conducción de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, y RD salió mal parado, lo que especialmente grave e indeseable si se considera que ese es el único grupo que intenta constituirse políticamente después del ciclo de movilizaciones sociales.

De modo que el hecho concreto, repetido además en sectores del movimiento ambientalista y también del movimiento por la diversidad sexual, es la potencia desorganizadora de la política oficialista sobre lo social, que se convierte en condición de su ejercicio de gobierno.

Si lo vemos desde la cuestión de las clases, la pregunta por el verdadero carácter de las reformas debe responderse atendiendo a las fuerzas vivas que las empujan, dilucidando quiénes se debilitan con su avance y quiénes se fortalecen. Cuando los procesos de cambio se ejecutan a contrapelo de los sectores que los pusieron en la agenda, sencillamente, se vuelven en su contra. ¿En qué dirección van, entonces?

 

En la búsqueda de la hegemonía perdida

La pregunta anterior no tiene una respuesta simple. Es efectivo que tal como han marchado hasta finales de 2014 las reformas implican un avance indudable respecto de los 24 años anteriores, de modo que aun sin caer en el tramposo dilema de “estás conmigo o estás con la derecha”, quienquiera que tenga una posición progresiva debe entenderlo y disponerse a empujarlas.

Ocurre que las reformas, como asunto político fundamental de este tiempo –que otorga rostro específico al cambio social–, configuran el territorio principal de la disputa. Lo que allí se confronta, principalmente, es la posibilidad de constituir este como un punto de apoyo inicial para un proceso de transformaciones de mayor envergadura, que se enfoque claramente en la superación del esquema neoliberal, versus el intento concertacionista de reconquistar anteriores niveles de hegemonía para la política de lo posible. La emergencia de una nueva política o la recomposición de la vieja, es un dilema que cruza la cuestión de las reformas.

Pero se trata más de dos posibilidades inscritas de forma difusa en el escenario que de opciones asumidas por conglomerados maduros y claramente diferenciables. Esa es una importante dificultad de la política al comenzar 2015 e indica la necesidad de abandonar todo balance autocomplaciente en el mundo de la izquierda y los movimientos sociales.

Por un lado, el bacheletismo hace agua. La encuesta CEP publicada en noviembre pasado fue el campanazo público, pero el cheque en blanco se había agotado bastante antes, tanto en la relación del gobierno con el mundo empresarial como en la consistencia interna de la alianza en el poder. La posición de la DC oficial ha sido la muestra más clara de la incapacidad del gobierno para imponerse sobre el propio conglomerado.

Como en los viejos monasterios, la política oficialista está preñada de antiguos caminos subterráneos que conducen a negociaciones nocturnas, secretas, paralelas, inconfesables. Todo el mundo sabe que lo que viene no es la reproducción del diseño existente, pero al no poder determinar cuál será la opción que predomine, los caciques locales distribuyen sus depósitos en varias cuentas corrientes.

“el desafío mayor que deja el 2014 consiste en aprovechar el ciclo vigente para una maduración política genuina de los segmentos políticos y sociales que han protagonizado el profundo cuestionamiento al modelo, … o para decirlo en el español de España, transformar la indignación en fuerza política.”

Del otro lado tampoco hay claridad alguna. El troquel de la nueva política no tiene aun bien dibujados sus bordes. La izquierda, como construcción de amplia relevancia en la historia política chilena, atraviesa una seria crisis. Crisis de proyecto y crisis de acción concreta. Un Partido Comunista hundido gozosamente en la divisa de lo posible transa toda potencia transformadora en beneficio de su posicionamiento en el poder político.

Más allá se extiende un amplio territorio de principados y pequeñas provincias que recelan unas de otras con argumentos, tan atendibles como inconducentes. El panorama mostrado por las candidaturas en las últimas presidenciales aun no se supera y el 2014 no ha dado muestra alguna de avance.

Noviembre, por otro lado, terminó de reinstalar la candidatura de Marco Enríquez-Ominami. Hoy, según dicen los analistas, es el que tiene los motores más potentes, y sin duda se trata de un muy buen candidato, pero falta saber si se trata de algo más, esto es, si en ese entorno pueden resolverse dos cuestiones, al menos, que resultan claves: una vinculación efectiva, generosa y de real espesor ideológico con las potencias de lo social, principales fuerzas del cambio en la actualidad; y el despliegue de una proyectividad que permita atisbar una efectiva disputa por la hegemonía con sentido histórico más allá de su indudable agilidad política y comunicacional. Eso será clave para saber si podemos ver en Enríquez-Ominami ruptura, no continuidad.

Pero con independencia de ello, y a resguardo del secuestro de la política por las candidaturas, el desafío mayor que deja el 2014 consiste en aprovechar tanto el ciclo vigente como el momento electoral que le sobrevendrá, para una maduración política genuina de los segmentos políticos y sociales que han protagonizado el profundo cuestionamiento al modelo, de modo de constituir referentes que logren edificar nuevos pensamientos de la transformación y nuevas formas de organización atentas a las tendencias contemporáneas, con una verdadera potencia refundacional que rediseñe el espacio de la política y con disposición a participar tanto de la reorganización de lo social como de las disputas institucionales; o, para decirlo en el español de España, transformar la indignación en fuerza política.

Para ese primer paso, el fin de 2014 abre un ciclo de 2 años, no más.