Joan de AlcazarComienza el nuevo año y los republicanos practicantes no tenemos reyes magos a quienes pedirles que atiendan nuestras ilusiones. Pero sí las tenemos, qué duda cabe, para el ciclo que se abre. Estos días iniciales son el tiempo propicio para los balances, para reflexionar sobre lo hecho y lo no hecho durante el año que ha acabado. Y, claro, también, para afrontar el entrante con la fuerza que el asunto merece.

2014 no ha sido un año fácil, dicho sea desde la ciudadanía de a pie. La multicrisis que a tantos está dejando en la cuneta no ha finalizado, diga lo que diga ese ciudadano presidente [del gobierno] que no sé catalogar si como estulto o como perverso. Me pregunto cómo recibirán sus palabras, insisto, entre estúpidas y malvadas, aquellas personas que están sufriendo las serpentinas más cortantes de esta maldita política de contentar a los poderosos ofreciendo sacrificios humanos en el altar de los malditos mercados. Tampoco sé cómo digieren las palabras del ciudadano ministro [de economía] aquellos cuyo puesto de trabajo pende de un hilo, cuando le oyen decir que ya nadie tiene miedo de perder el empleo. Ignoro cómo encajan los enfermos de hepatitis sin la medicación adecuada las palabras del ciudadano ministro [de sanidad] cuando dice que el fármaco que necesitan es muy caro, pero que no se preocupen, que están en ello.

El año 2015 que ahora comienza se presenta para quienes no se conforman con el mal gobierno actual como un tiempo cargado de expectativas y, también, de ilusiones. No obstante, me pregunto cómo lo encaran aquellos a los que les han hecho perder la confianza en la reversibilidad de su situación. Me refiero, claro, a los empobrecidos, a los desocupados, a los precarios, a los asustados, a los enmudecidos, a los desahuciados, a los agredidos, a los indignados. Los tenemos a miles, a millones.

Si los republicanos laicos creyéramos en los Magos de Oriente les podríamos pedir para ellos algún ungüento mágico, alguna fórmula magistral de amplio espectro, que les aportara clarividencia para reconocer a los embaucadores y a los vendedores de humo, y que les insuflara capacidad de resistencia y de rebeldía democrática.

Resistencia porque hay que seguir y rebeldía porque no queda otra que sublevarse pacíficamente contra un gobierno que trata a los ciudadanos como mercancía; un gobierno que es un correveidile servil de gente muy principal y muy poderosa que vive lejos y que solo atiende a sus intereses concretos, a las grandes variables económicas, a los dictados de los mercados y a maximizar los beneficios de los que más tienen, sin que les importe una higa si de sus grandes y egoístas decisiones se deriva dolor, sufrimiento, lágrimas y miedo para tantos.

Esa plaga bíblica que cayó sobre esta tierra y otras cercanas, a la que llaman crisis, todavía no remite. El capataz al que aquí se le encomendó el gobierno resultó ser más falso que un duro sevillano. Algunos estábamos convencidos de que no era de fiar, pero muchos le dieron crédito a él y a sus conmilitones. Todo era mentira, todo fue un engaño; un timo inmenso y cruel del que ahora muchos de quienes lo auparon se lamentan. Que bien vendría un buen cargamento de esa pócima que aclarara las ideas, que iluminara el intelecto de los que ya fueron engañados con tanta vileza. Que no vuelvan a embaucarlos.

Los que han perdido el trabajo, los que fueron desahuciados de sus casas, los que no consiguen recobrar la salud, los viejos que sobreviven con pensiones insuficientes que además reparten con sus hijos y nietos, los que han perdido buena parte de sus derechos laborales, los que han tenido que emigrar y los que piensan en hacerlo, los que abominan de los corruptos, los que se están llevando la peor parte de la crisis, todos esos, tienen que considerar seriamente la necesidad de rebelarse democráticamente, de decir basta. En 2015 hay que cambiar los gobiernos indignos, hay que cambiar de política económica y de política social.

No faltará quien diga que hago demagogia y, ?está de moda hacerlo?, que hago populismo. Está en su derecho. Servidor, en contrapartida, pensará que quien así lo cataloga es un aliado complaciente de aquellos que repiten año tras año que al próximo vendrá la recuperación y que de nuevo seremos felices y nos hartaremos de perdices; un cómplice de quienes han desarrollado una inmensa capacidad para aislarse de la realidad de la gran mayoría de la gente, para encerrarse en su burbuja de poder y soberbia, y para mentir sin el menor sonrojo, sin que les duelan las vísceras.

Mentir e ignorar los efectos de sus mentiras no les provoca ni vómitos ni calenturas. Nada denota, a simple vista, que saben que están engañando a quien le escucha. Bueno, sí, rectifico: cuando las mentiras son de las gordas, un inocultable tic ocular les delata. A poco que uno se fije, ese espasmo involuntario es claramente perceptible.

Los ciudadanos deberemos desenmascararlos del todo, ponerlos frente al espejo de la realidad. Y expulsarlos por muchos años de cualquier instancia de gobierno. Ya han demostrado con creces que no son ni honestos, ni buenos gestores de la cosa pública.