derecha chilenaEl escándalo del caso Penta ha hecho a muchos preguntarse si acaso asistimos al final de la UDI. La pregunta no es tan sensacionalista. Tras haber sido el partido más grande Chile, el gremialismo ha estado perdiendo posiciones y hoy se encuentra en una posición francamente decadente. Lavín no pasó de ser un fenómeno de campaña, Piñera los convidó a regañadientes a su Gobierno, en las elecciones presidenciales pasadas dieron una imagen más que lamentable, perdieron sus escaños y hoy tenemos a una buena parte de sus parlamentarios involucrados –y de manera humillante– en uno de los escándalos de corrupción más graves de los últimos años.

¿Son tontos, son perversos o simplemente son malos políticos? Quizá un poco de todas, pero lo más importante es que es un partido, pero también un sector político, desesperado.

La derecha chilena, y no sólo la UDI, tienen ya una larga tradición de jugar en la línea del off side. La opinión pública mira con asombro lo poco articulado que es el sector, sus eternas rencillas, sus corruptelas y sus faltas de compromiso con la democracia.

No es casualidad –y lo peor es que quizás sí– que hayan salido elegidos una vez en más de 40 años. Ellos mismos saben que en Chile el electorado de derecha dura alcanza con suerte un 30%. El jugar con esa regla los ha hecho transformar el país durante una dictadura, dejar enclaves autoritarios, crear el sistema binominal y, hasta hoy, gozar de una enrome ventaja en lo que se refiere a recursos electorales.

No es casualidad –y lo peor es que quizás sí– que hayan salido elegidos una vez en más de 40 años. Ellos mismos saben que en Chile el electorado de derecha dura alcanza con suerte un 30%. El jugar con esa regla los ha hecho transformar el país durante una dictadura, dejar enclaves autoritarios, crear el sistema binominal y, hasta hoy, gozar de una enrome ventaja en lo que se refiere a recursos electorales. Y, reitero, aún así, han logrado la victoria una sola vez en cuarenta años, con un candidato casi que demócrata-cristiano, tras cuatro desgastados gobiernos de una misma coalición y contra un candidato con el carisma de un semáforo.

La verdad es que si analiza la evidencia histórica, la derecha chilena ha tenido que echar mano durante mucho tiempo a jugar con ventajas.

Lo peor para este sector, es que ya han perdido varias y vienen más reformas que no harán sino dejarlos en la que probablemente sea la posición que, por poder electoral, realmente les corresponde: una tercera fuerza.

Si comparamos con otros países de la región el panorama es aún más desolador. No hay derechas fuertes en América Latina. La excepción es Colombia, un país en estado de guerra y en el que la izquierda ha sido proscrita. En el resto de los países la derecha tradicional brilla por su ausencia, cosa bastante lógica si se toma en cuenta que vivimos en una región donde los valores decimonónicos del liberalismo anglosajón son tan lejanos a nuestra realidad como la filosofía de Confucio.

Quizás ese ha sido el gran error de diagnóstico. Cruz-Coke y Kast seguirán leyendo La Gran Sociedad de Jessie Norman. Longueira seguirá creyendo que la UDI puede ser el PP español y Matthei no dejará de estar convencida que Chile puede aplicar el modelo alemán, pero la verdad es que ellos están donde están, más que por sus ideas y sus lecturas, por la incombustible (y cuestionable) labor de operadores políticos como Jovino Novoa. A él, le deben prácticamente todo.