Ena Jovino¿Y si el escándalo de los dineros políticos no es sino una operación de inteligencia de gran escala que busca disciplinar o disminuir a la UDI para ponerla en sincronía y en armonía con las reformas que apuntan a entibar al sistema después del susto del año 2011, ya que por el otro extremo ya está disciplinado el Partido Comunista?

Con la reforma al sistema binominal, el modelo ha dado otro paso en la estrategia de perfeccionar aquellos nudos que el avance de sus propias contradicciones, por un lado, y de la toma de conciencia de ciertos sectores por otro, han dejado al desnudo. Sumemos también una cierta inercia descontrolada,  no muy bien advertida por un exceso de confianza de los actores con tendencia al achanchamiento.

Así, se consolidó la reforma tributaria, que dejó  las cosas peor que antes; la laboral, que le quitó a las organizaciones de trabajadores parte de sus pocas garantías; y está en curso en su propio pantano una reforma educacional que, doble contra sencillo, dejará en peor estado un sistema educacional que ya se cae a pedazos y a los profesores, más castigados  y ninguneadas que antes por la simple estupidez de haber comenzado por el final.

Es cierto que nada prometió el sacrosanto programa de la Nueva Mayoría, pero lo que se dijo de él por sus exégetas era que de sus propuestas dependía un futuro esplendoroso, sobre todo para aquellos que lo vienen pasando mal desde el mismo año 1973.

La gestión de la segunda presidencia de Michelle Bachelet fue concebida sólo para arreglar los entuertos de los gobiernos anteriores, incluidos el de ella misma, que llevaron al modelo a vivir horas de real disgusto y cierto temor.

Entonces, desde el punto de vista de los reales manejadores del modelo, mantener ciertos enclaves que aumentan las tensiones, dado el avance y entronización de la cultura neoliberal, ya no se justifica.

Y correspondería pasar a otra etapa de la refundación neoliberal, soltando algunas amarras que ya cumplieron su objetivo y que, de sostenerlas, lo único que logran es agudizar la ira de los desalmados, de los ultras, de los eternamente insatisfechos y de los envidiosos.

Se procedió entonces a activar las válvulas de despiche del sistema para alivianar la presión que ya parecía insostenible. Y se cedió, un poco por aquí, un poco por allá, porque en las cuentas de los reales mandantes, esas concesiones, lejos de poner en peligro el sistema, lo afianzan.

Se procedió entonces a activar las válvulas de despiche del sistema para alivianar la presión que ya parecía insostenible. Y se cedió, un poco por aquí, un poco por allá, porque en las cuentas de los reales mandantes, esas concesiones, lejos de poner en peligro el sistema, lo afianzan.

Digamos que el retorno de la presidenta Bachelet y su plan restaurador es determinado por esta necesidad. Ni siquiera por la insistencia insana de Sebastián Piñera, no de toda la derecha ni menos de los poderosos, de hacerse innecesariamente del gobierno.

Como quedará registrado en la historia, a ese ejercicio de egolatría del empresario  debía seguir un  esfuerzo de reforzamiento y calafeteo del sistema luego de la ofensiva popular del 2011.

De manera que era necesario tomar medidas extremas para cautelar que los sucesos de ese año exótico no dieran pie a lo que la lógica y el sentido común indicaba: que los estudiantes, los únicos con reales capacidades de movilización, se atrevieran a pasar de la protesta y los desfiles, a la acción política directa allí donde se verifica esa pelea: en las  elecciones. El resto es harina tostada.

Y Michelle Bachelet fue esa medida extrema de los que mandan, quizás en conflicto con su decisión más íntima.

Entonces, luego de la embestida de reformas, dizque estructurales, de reformulaciones en el aparato del Estado, de intentos, algunos fructuosos, por desmovilizar y anular a los movilizados inconformistas, recalcitrantes, ultrones, apurones, renegados y traidores, y luego de reconocer que es necesario cambiar algunas cosas para que no cambie nada, se da comienzo a la operación para disciplinar a la ultraderecha, la que ya no resulta útil, por lo menos en su actual configuración: sin dinero es muy posible que se restrinja notablemente su tamaño, se podría pensar.

Como saben hasta las piedras en este país, siempre los poderosos han financiado a sus partidos, mejor dicho, sus brazos políticos. Lo que se destapa no es algo nuevo. Y ahí  radica lo extraño. ¿Por qué algo sabido revienta como un escándalo de magnitud estelar si se pudo controlar, tal como se ha hecho con tantos escándalos incluso de mayor envergadura? ¿Los aparatos de inteligencia no detectaron el peligro? En tiempos de operaciones de falsa o tercera bandera, ¿no estaremos enfrente de algo parecido?

Por mucho menos, han muerto varios.

Que el dinero es a la política como el afrecho al chancho, es algo sabido ¿Quién gana con este  escándalo? Gana el sistema. Luego que se calmen las aguas, la segunda parte de la operación será recomponer todo de modo que la ciudadanía, es decir el hato de giles que  les vota una y otra vez, recupere la confianza en sus representantes y todo vuelva a la normalidad y de paso aumente el caudal de electores.

Y he aquí la mayor gracia del sistema, a pesar / o a propósito de todo esto, no va a pasar nada.

Así que lo que resta es esperar la parte menos interesante, desde el punto de vista del sistema: alguna renuncia o expulsión, golpes en el pecho, tímidas formalizaciones, y, por sobre todo, nuevas leyes que prohíban o que intenten restringir financiamientos poco transparentes, y de paso aportarán con un tinte de decencia que tanta falta le hace al cártel de políticos.

Y de paso, la advertencia a los mega-empresarios: ya no es necesario que se financie al brazo civil de la ultraderecha, que para lo que se requiere en este tiempo, con la Nueva Mayoría es suficiente.

Y por cierto vendrá  mucha, mucha mala memoria.