Singapur, aeropuerto impoluto, aséptico, acético, en medio del trópico, cerca de donde Melquíades muriera una vez antes de resucitar. El viajero que no viene de viaje de negocios tiene tiempo de bajar las revoluciones y de hallar, quizá, la ciudad menos deslumbrante pero más vívida y vivida. Lugar de cruces y de recodos: son cuatro los idiomas oficiales y quién sabe cuántos más se murmuran en los cientos de malls y en los paladares donde pareciera que se come todo el tiempo, todos los días. País de consumo y de consumistas –los locos chilenos son una delicia que se en los supermercados se encuentra bajo llave—con una escena artística movida como una canción de los Bee Gees. Paraíso para disfrutar comida de todos los rincones de Asia y de la mezclas (fusiones les dicen ahora) con el occidente del oriente y el oriente del occidente. Riqueza de los malayos y los chinos que en algún momento decidieron dejar su vagabundear y asentarse en esta isla apenas al norte del Ecuador. Tiempo de los expats que se quedaron repitiendo la imagen estereotípica del tipo bebiendo en un bar esperando que algo pase, mientras alguien escribe una novela policial a su lado. Y el tiempo de los indios, sobre todo los del sur, que llegaron y se quedaron y siguen trabajando la mayoría en la construcción que, como en tantos lados, pareciera ser una de las bases de otro de esos milagros económicos de los que escuchamos a menudo. Milagro económico: si el país ha crecido no solo económicamente o metafóricamente, también ha crecido geográficamente. Tierras reclamadas, ganadas al mar del sudeste chino. ¿Cuándo vendrá el tiempo en que el mar reclame lo que era suyo? ¿Hasta cuándo podrá inventarse una realidad de primer mundo rodeado de pobreza y desigualdad global? ¿Hasta cuándo?

Como en otros lugares más cercanos y más conocidos, en Singapur ha habido un crecimiento económico impresionante. A diferencia de otros lugares, donde el mercado es igualmente rey, pareciera existir un poco más de cuidado, un poco más de una red social que protege a aquellos más desfavorecidos (pero, por cierto, eso no se aplica para los que no ‘son’ de Singapur). Pareciera y lo que cuento se lo escuché a amigos de por allá que poco a poco comenzaron a agarrar confianza y a contarme los otros lados del milagro y me di cuenta que tanto se parecía a lo que parecía Chile, que quizá existía una conexión medio cósmica que iba más allá de los locos. Una loca conexión en la historia de la economía que tiene que ver con el sentido de la política y el para qué de la política.

Estudiar, trabajar, tener dinero para comprar un departamento (en el sistema público o privado) y un auto (con patente para todos los días y solo para los fines de semana; más barata esta última, no la peor de las ideas).

“Aquí a la izquierda la destruyeron”, me dice Yi, una chica de familia china del sur y de mirada nostálgica. Y me cuenta la historia de una universidad:

“La NTU era en los setenta y comienzos de los ochenta súper movida. Estudiantes, profesores, haciendo cosas, pensando, creando. El gobierno no encontró nada mejor que cerrar la universidad. Años después la reabrieron. Pero, por supuesto, todos los que antes habían hecho algo ya no estaban.”

Después prosigue diciéndome cómo no hay prensa independiente, excepto online; cómo ha pasado que cualquier periodista que es moderadamente crítico (objetivo) corre la seria posibilidad de no volver a tener trabajo.

“Ese es también el milagro de Singapur”, sonríe, dejando ya en el pasado su nostalgia.

Voy al jardín botánico. Una de las colecciones de orquídeas más impresionantes (lo digo yo que de flores no sé nada). Hay un pequeño recodo donde están las orquídeas VIP. Vikram me explica que son híbridos de orquídeas que llevan el nombre de una persona famosa que anduvo por esos lados en el momento en que se habían creado. Reyes, primeros ministros, actores de cine, Lady Di, y entonces lo veo: una orquídea lleva el nombre de Eduardo Frei Júnior. Mírenlo. Mi sorpresa se convierto en casi carcajada cuando un par de flores más allá aparece la de Margaret Thatcher y, poco después, la de la esposa de Sudharto. Con todo, las flores no tienen la culpa, pero no cabe duda que funciona como una metáfora hermosa: las orquídeas y los locos chilenos. Después de tanta metafísica no me queda más que buscar un pub y atacar una cerveza Tiger o uno de esos Singapore Slings que los británicos solían beber mientras esperaban en el bar del hotel Ruffles que algo sucediera—que volviera la mujer de sus sueños, que estallara una guerra o que el correo no olvidase esa carta nunca enviada.

Contemplo el puerto, los rascacielos, el mar a lo lejos. Pienso en otros puertos, otros mares. En otras universidades. El éxito del modelo; el modelo del éxito. Dejo que la brisa acaricie mi rostro. Ya es tarde y el calor ha soltado un tanto su garras. Camino entre gente que habla idiomas que no comprendo. Los autos conducen por el otro lado. No hay un papel (ni una colilla) en la calle. Hasta los pájaros parecen cantar ordenadamente. Pero en un parque, sobre una banca, una pareja se besa como si fuera lo único que queda, lo único que se puede hacer en el mundo. Respiro aliviado. Por lo menos. Por ahora.

 

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