Joan de AlcazarEstamos acostumbrán-donos, no sin dificultad, algunos al menos, a cierto periodismo particularmente dedicado a desinformar y, en según qué casos, directamente a intoxicar a sus lectores, oyentes o espectadores. Las tertulias, radiofónicas y televisivas son el escenario más propicio y común en el que intervienen quienes practican esa forma de periodismo bastardo, pero también se manifiesta en la prensa escrita.

En ésta, hoy día incluso en ilustres y reconocidas cabeceras, se mezcla información y opinión, medias verdades y mentiras completas, en ocasiones para asombro, también, de buena parte de la plantilla del medio. Comités de redacción denuncian con frecuencia las prácticas ajenas no ya a los libros de estilo y al más elemental código deontológico, sino que ponen negro sobre blanco la pura y dura censura, el ocultamiento de lo que no conviene y el agrandamiento sin límites de lo que sí interesa al medio de comunicación y a sus accionistas o a sus responsables.

La crisis ha golpeado duro a los medios. También las nuevas tecnologías y los nuevos formatos, así como las nuevas pautas de consumo informativo, la inmediatez de los formatos digitales, el proceloso mercado de la publicidad, la precariedad de los contratos de los periodistas jóvenes y la consiguiente fragilidad de las plantillas.

En la prensa escrita se abusa de titulares que no se corresponden con el cuerpo de la noticia, o se hace alarde tipográfico de supuestos descubrimientos periodísticos ni contrastados ni confirmados. A veces la deformación informativa es sutil, y en ocasiones es burda. Se machaca con una teoría conspirativa, por ejemplo, como sucedió con el atentado del 11M en Madrid, y poco importan los desmentidos de la realidad. Aquello de que la verdad no puede estropear una noticia de portada es un axioma. Un ejemplo: el gobierno del PP dice que la crisis ya es historia, y TVE, la que depende del Ejecutivo, saca un cuadro estadístico a toda pantalla en el que la curva del desempleo marca que los 4.4 millones de 2014 están notablemente más abajo que los 4.1 millones de 2009. La imagen engaña, pero de eso se trata.

La televisión tiene el poder de intentar manipular al espectador desde un rincón de la sala de estar. La radio se nos mete en casa, en el trabajo, en la cama o en el coche, mientras los tertulianos se ocupan de debatir sobre los diversos temas de actualidad. Eso en los foros que ofrecen una cierta pluralidad, que en los más el rosario de intervenciones pugna por ver quién la dice más gorda, quién difama más y mejor, quién enaltece mejor lo propio y degrada mejor lo ajeno.

Con más o menos razón, mezclando medias verdades con mentiras o, sencillamente mintiendo de forma descarada, en estos últimos meses asistimos a un ataque con fuego de artillería mediática sobre el novísimo partido Podemos. Parece que ya, definitivamente, a cuatro meses de las elecciones y con esta organización obteniendo buenos resultados en las encuestas, se ha abierto absolutamente la veda sobre ellos.

No creo que la gente de Podemos, su dirección actual, sean seres arcangélicos. Ellos han descalificado, sin compasión y con excesiva arrogancia, prácticamente a todas las organizaciones existentes en el arco político español. Han entrado pisando fuerte en la escena partidaria, han crecido, se han convertido en una amenaza real para el status quo, y los afectados están atacándolos con fiereza. Bueno, los jóvenes de Podemos saben defenderse y, además, no está claro si muchos de esos ataques les perjudican o, en última instancia, les benefician. Así está el juego político.

El último bombardeo del diario de Casimiro García Vadillo y de ese ciudadano que [muy a su pesar] contribuye a llenar las alforjas electorales de Podemos cada vez que habla en la televisión, Eduardo Insa, constituye un ejemplo de mala praxis informativa.

Hay un periodismo en alza que siempre ha existido, pero que en estos tiempos difíciles ha cobrado vigor; una forma de ejercerlo que no debiera tener espacio en una sociedad democrática.

En plena campaña de acoso y derribo contra el nuevo partido político, el objetivo de los últimos días es un dirigente al que se acusa por cobros originados en sus servicios de análisis y asesoría para los países del ALBA. El Mundo ha acusado de nuevo a Monedero de recibir un millón de euros con el mismo origen a través de la Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS).

Hasta el momento, ni El Mundo ni nadie se ha ido a un juzgado a acusar ni a CEPS ni a Monedero de nada, pero el diario afirma que según fuentes [no identificadas] de “la seguridad del Estado” [el CNI?] CEPS recibió el millón de euros para el profesor. El diario no ha contrastado esa información contactando con CEPS, y la fundación ha exigido su derecho de rectificación al periódico y, en caso de que no sea atendido, anuncia que iniciará acciones ante los Tribunales de Justicia.

En el comunicado emitido, CEPS niega que Monedero haya recibido ninguna transferencia de Venezuela, y afirma que el profesor hace más de diez años que no colabora con ellos. Niega igualmente vinculación económica con Podemos e informa a la ciudadanía interesada que tienen una trayectoria [demostrable] de quince años de actividades públicas y transparentes en los cuales han obtenido financiación de organismos públicos estatales, regionales, provinciales y locales, todos ellos españoles.

Difama que algo queda, parece ser en este caso la consigna de El Mundo, la misma que practican a diario otros medios. Hay un periodismo en alza que siempre ha existido, pero que en estos tiempos difíciles ha cobrado vigor; una forma de ejercerlo que no debiera tener espacio en una sociedad democrática. Es fácil recordar en este contexto aquella reconocida novela de los años setenta, El honor perdido de Katharina Blum, escrita por Heinrich Böll. El nobel alemán denunciaba con aquella novela breve la práctica de un tipo de periodismo sin escrúpulos, al tiempo que censuraba a aquella sociedad que le da cobijo, que lo consiente e incluso lo alienta de la mejor forma que a ese periodismo le conviene: consumiéndolo.