50 sombras de greySeguramente a ustedes, preclaros y emancipados lectores de El Desconcierto, lo que viene a continuación les parecerá una perogrullada. Que “Cincuenta sombras de Grey” no es lo que la publicidad y los medios nos dicen que es, es algo que pensaron apenas se enteraron de la trama y confirmaron cuando el libro se convirtió en un éxito de superventas y empezó a ser comentado en matinales. Pero para vuestro desánimo (y nuestra desgracia), tenemos que contarles que ustedes son un átomo al lado de las más de 100 millones de personas que han comprado el libro en todo el mundo y un insecto comparados a los 74 mil chilenos que compraron entradas antes de su estreno en los cines el jueves pasado.

El dato duro es que, más allá de las sólidas convicciones que uno pueda tener sobre la condición ideológica, misógina y desechable de “Cincuenta sombras…”, es de esos fenómenos de masas que no se pueden obviar si uno quiere buscar indicios de lo que hay en el alma humana contemporánea y por qué estamos dónde estamos como especie.

No queremos sugerir, adelantamos, que la película en cuestión sea una suerte de caballo de Troya del capital patriarcal del espectáculo, destinado a y capaz de someter las conciencias de quienes la vean para que sirvan a sus intereses. Pensarlo sería incurrir en lo mismo que llevó a los curas católicos y evangélicos a hacer todo lo que estuvo a su alcance para impedir que Iron Maiden se presentara en Chile en 1992, con la excusa de evitar la peligrosa difusión de su mensaje “satánico”. Las personas son menos estúpidas y dóciles de lo que las elites suponen y los discursos son menos poderosos de lo que imaginan quienes no los comparten.

Nos anima simplemente preguntarnos qué hay detrás de un producto cultural que provoca escenas como la que retrata la fotografía que encabeza este artículo, en la que tres mujeres posan con sílabas estampadas en sus poleras que forman la palabra SU-MI-SAS, sin estar siendo forzadas a hacerlo, de hecho, posando, es decir, no siendo “captadas” sino colocadas a disposición de y para ser vistas, como si fuera una palabra cualquiera que tres mujeres pudieran querer libremente estamparse en sus poleras en pleno siglo XXI.

Saber también a qué se refiere una fan chilena que -en la fila del cine, con su amiga que ya había visto la película la noche anterior pero volvía porque “es perfecta”- aseguró que “solo la verán las personas abiertas de mente, pero hago una invitación a todos para que la vean porque el libro es genial”. O Abigail Díaz, integrante del fan club costarricense según la cual la película “nos hace creer que las mujeres podemos tener una relación con alguien superior, alguien divino. Nos permite soñar y no conformarnos con cualquier cosa”.

El asunto es más inquietante si notamos que, al revés de lo que las libremente sumisas señoritas o Abigail nos podrían llevar a pensar, “Cincuenta sombras…” se presenta en los grandes medios y en esas cientos de millones de cabezas que la han consumido como “literatura femenina” y, aún más, no como cualquier literatura femenina, sino como una de signo “liberador”, una que vendría a armar a la mujer en su lucha por conquistar una relación autónoma y no mediada por el hombre con el sexo, facilitando no sólo su libre disfrute sino que operando como una suerte de lubricante de su propia emancipación. En definitiva, “Cincuenta sombras…” como símbolo de un destape cultural.

Todo lo anterior ha llevado a mucha prensa a calificar al monumental éxito comercial de “Las cincuenta sombras…” como una “verdadera fiebre”, en uno de sus usuales arranques de creatividad. A continuación expondremos por qué nuestros colegas se quedan cortos y por qué -siguiendo la analogía patológica en boga- “Cincuenta sombras…” es algo mucho más parecido, culturalmente hablando, al ébola.

Una película marketera principalmente marketera

audi sombras de grey

Foto: Cooperativa / Audi / Hoyts

Los seguidores del demente comunista peruano Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, describían la doctrina de su partido como “marxismo leninismo maoísmo principalmente maoísmo” (las cursivas son nuestras). Esta formulación constituía el núcleo de lo que los senderistas consideraban el mayor aporte a la teoría política revolucionaria del “pensamiento Gonzalo”, nombre que le dieron al evangelio ideológico que inventó Guzmán (a quien apodaban, no para reírse de él sino para honrarlo sinceramente, “Presidente Gonzalo” [sic]).

Como bien sospechan, esto no tiene absolutamente nada que ver con “Cincuenta sombras…”. Es probable, de hecho, que los senderistas jamás hayan tenido sexo en sus vidas, cosa que no hemos chequeado ni nos interesa. (Aunque, pensándolo mejor, no es descabellado pensar que sí lo tenían y sumisamente con Guzmán, pero esta es una especulación que aparte de repulsiva nos desarma la idea, así que la dejaremos hasta aquí y encerrada en estos paréntesis).

El punto es que -además de ser una buena historia que no pueden dejar de profundizar cuando terminen de leer esto- la inclusión del adverbio principalmente, aunque pasó sin pena ni gloria en el debate político de la ultraizquierda ochentera (y donde lo hizo fue como merecido motivo de burla), sí puede sernos de utilidad a nosotros para construir un término apropiado con el cual referirnos a películas como la que analizamos.

Pasa que “Cincuenta sombras…” no es una “película” en el sentido clásico del término, como tampoco su versión impresa es lo que tradicionalmente concebimos como un “libro”. Tanto la versión escrita como la filmada del relato están pensadas más para propiciar esa fastuosa, ubicua e ininterrumpida avalancha de merchandising que desata su comercialización, que para desarrollar una narración dramática. Los artefactos culturales que conocemos como películas y libros, más allá de la diversidad infinita de sus tópicos y sus disímiles grados de profundidad y originalidad, tienen en su centro la narración misma y no otra cosa. Sí, en la medida que hablamos de películas y libros en el planeta tierra y no en Saturno hablamos en último término de mercancías, pero mercancías cuyo valor proviene del trabajo impreso en su creación, no en procesos derivados de su comercialización o generados con el aprovechamiento de ese trabajo en otras esferas.

Que “Cincuenta sombras…” es una película plagada de marketing, alrededor de la cual corre una cantidad grotesca de dinero, no es novedad. Es evidente incluso para quienes no la han visto ni piensan hacerlo. Basta hacer actividades con los ojos abiertos tales como subirse al metro para toparse, allí donde uno esperaría información de utilidad pública, con publicidad adornada con frases del estilo El día ha llegado, el Sr. Grey las recibirá esta noche… ¿Están listas?, o prender la televisión para escuchar un comentario pagado y desvergonzadamente cínico sobre cómo la película es un paso adelante en la liberación sexual de las mujeres (generalmente dicho por un hombre), o navegar por internet e intentar leer entre pop ups y avisos que te dicen Di que sí / ¿A qué? / A ser mía o Te besaré tan fuerte que sacaré todos los momentos tristes de tu vida o No vengo a hablarte de amor, vengo a hacértelo y otras frases aborrecibles cuya sola verbalización debería, seriamente, estar penada por ley.

Para qué hablar de todo aquello relacionado con la parafernalia sadomasoquista y el bondage que, por supuesto en su versión más cándida, la película ha venido a incentivar. Esposas plateadas, pañuelos de seda, cuerdecitas para atar muñecas, fustas para golpear traseros y así con otras “perversidades” dignas del mundo Disney. O la publicidad de las marcas asociadas con la película y su nada disimulada alianza con los medios, como la que llevó a Cooperativa a incluir en una “nota periodística” sobre el estreno este inocente e informativo párrafo:

“Ésta, la primera gran cinta taquillera del año, fue recibida con todo. En las afueras del Parque Arauco, un modelo de automóvil Audi (idéntico al utilizado en la saga) esperaba a los espectadores” (las negritas son de Cooperativa, las cursivas nuestras).

¡Qué buena voluntad la de Audi! ¡Venir a esperar a los espectadores con uno de sus modelos! ¡Y qué sagacidad periodística la de Cooperativa para advertir que sus lectores no podían quedarse sin esa crucial información!

¿A dónde vamos con todo esto? Pues a que el marketing no sólo es importante para “Cincuenta sombras…”, sino que es un producto cuyo argumento e imágenes están pensadas más para producir oportunidades de negocio que para desarrollar una narración dramática. Entonces, claro, es una película marketera, qué duda cabe, pero una principalmente marketera, es decir, una en la que el elemento comercial prima sobre el elemento artístico, lo subordina y moldea, siendo el segundo excusa para el primero.

Violencia machista disfrazada de erotismo

50 sombras greyEsto es el cuesco de “Cincuenta sombras…”. Pero para agarrarlo entre manos hay que meterse en la trama.

Resumen ejecutivo (alerta de spoiler): Ana Steel es una estudiante de Literatura que, para ayudar a una amiga, acude a la oficina del exitoso ejecutivo Christian Grey para entrevistarlo. En el curso de la conversación ambos se calientan con el otro e inician una relación que rápidamente evoluciona en una dinámica retorcida. Resulta que Grey sólo obtiene gratificación sometiendo a las mujeres, tanto en el plano emotivo como sexual. Ana, sin embargo, cae rendida a sus pies y deja su cartuchismo atrás para someterse a los caprichos de Grey. El secreto propósito de Ana es sanar a Grey para convertirlo en un ejemplar esposo y padre de familia, por la vía de participar con entusiasmo en una rutina basada en el sometimiento a los deseos de su príncipe azul, rutina que constituye la esencia del relato que se le ofrece a los lectores.

Si esto no es suficiente para captar el sentido de “Cincuenta sombras…” sepan que el comportamiento de Grey procede, como corresponde a todo hombre rico retorcido, de un trauma de infancia, producido por una relación de sometimiento que tuvo con una amiga de su madre. Ana, en tanto, se hace sumisa no por curiosidad sexual, sino por… ¿adivinan? Exacto, por amor, un amor que, como el de la Virgen María y Magdalena, cumple la función de redimir a Grey, el hombre de la historia. Ana, entonces, se somete a sus deseos sin peros, para convertirlo y terminar practicando sexo normal y convertirse en su esposa.

La primera observación que cabe hacer ya la hizo un amigo así que la copio textual: “Si ese weón de Grey fuera pobre sería un weón machista, cochino, enfermo y debería ir preso… Pero el weón es millonario así que es erotismo”. En efecto, “Cincuenta sombras…” convierten lo que a todas luces es una patología en una fuente de erotismo, a condición, claro, de que el enfermo sea ese que para la sociedad nunca es culpable sino, en el peor de los casos, víctima: un hombre rico. No es arrancado de las mechas suponer que, de haber sido pobre, Grey no estaría protagonizando una novela sino una noticia de la sección policial, más como un par de El Tila que como un par de Benjamín Vicuña o Hugh Grant. Tampoco lo es suponer que, de haber sido Ana la que hubiera desarrollado fantasías luego de una relación patológica con un amigo de su padre, estaríamos hablando de una novela sobre una enferma o una deleznable puta.

Para “Cincuenta sombras…”, entonces, una mujer puede desarrollar una relación sumisa con un hombre en el plano sentimental y sexual, a condición, por supuesto, de que la sometida sea ella. Uno podría pensar que E.L. James aborda este tema para graficarlo en toda su complejidad y cuestionarlo, pero es precisamente al revés. Lo que podría ser un ejercicio de crítica, es en realidad uno de naturalización y legitimación, uno que disculpa la violencia que ejerce Grey y otorga una función sanadora y liberadora a la aceptación de esa violencia por parte de Ana. No es sólo defensa de sumisión femenina, sino venta de sumisión femenina como algo sexy.

Con todo, esto no tiene nada de nuevo. Basta revisar el argumento central de la otra gran película marketera principalmente marketera promotora de la servidumbre femenina que precedió a la que aquí nos ocupa: “Crepúsculo”, una historia en la que la mujer debe llamar la atención de su amado sobre la base de amenazar recurrentemente con suicidarse, drama que consigue superar sólo cuando asume la necesidad de acostumbrarse a sufrir.

Hay quienes sostienen que celebrar la fuerza erótica de las fantasías de sumisión de las mujeres no tiene nada de malo, en la medida que procederían del poderoso ímpetu de la naturaleza agazapada en el subconsciente. Es un argumento recurrente no sólo en la sobremesa de patrones de fundo del Chile profundo, sino también entre ciertos “teóricos” posmodernos, para los cuales en la medida que la crítica al estado de cosas supone el deseo de un orden distinto, sería un ejercicio autoritario en tanto condena lo dado y contingente. Extraño razonamiento el de este primitivismo, considerando el poderoso parecido de esa profunda y escurridiza fantasía subconsciente, con la cruda y cotidiana violencia de hombres concretos sobre mujeres concretas en nuestras sociedades concretas.

Así las cosas, no es extraño el razonamiento que Karol Dance estrenó en San Valentín luego de ver “Cincuenta sombras…”. Si al salir del cine tuiteó “Recomendable #50SombrasDeGray final incomprendido para quienes no leímos el libro, hubo escenas donde me excité (sic). Vaya a verla acompañad@”, era lógico que dos días después tuiteara: “Una mujer que no pide nada, lo merece todo… Feliz San Valentín”.

Una reflexión interesante que les dejamos antes de continuar es la de Eva Ollouz, que en entrevista con El Confidencial se refiere al argumento central de su libro “Erotismo de autoayuda. Cincuenta sombras de Grey y el nuevo orden romántico”. Para Ollouz, la sumisión a la que se somete Ana así como su éxito como modelo de comportamiento tiene mucho que ver con la cultura de la autoayuda, esa basada en “recetas y herramientas para que nos moldeemos nosotros mismos”. Ya saben, todas esas cosas por las cuales se ha puesto de moda cobrar: yoga, meditación, manuales de budismo para prescolares y superación personal. Remata Ollouz: “La ironía de esa situación es que el ‘yo’ no puede ser una fuente de significado para sí mismo”.

Una cultura del todo coherente con la ideología del neoliberalismo y su idea de que el uno contra uno es la nueva vía para el ascenso al cielo.

Sexo convenientemente fome

cincuenta-sombras-grey-pack-2La estrategia de E.L. James y de quienes adaptaron su libro al cine es tan virtuosa desde el punto de vista comercial como nefasta desde el punto de vista artístico. “Cincuenta sombras…” es sin exagerar un bodrio de principio a fin, una historia simple y previsible, que se mantiene de pie sólo a costa de lugares comunes y camina de la mano de una narración pobre e hilarantemente estúpida. La extrema pobreza artística de la película, su indigencia creativa, está directamente relacionada con su condición de película marketera principalmente marketera que describimos más arriba. Veamos por qué.

En los ’90 el escritor norteamericano David Foster Wallace descubrió una ley que se aplicaba al género fílmico que describió como Porno de Efectos Especiales, aquel para el cual los efectos especiales jugaban el mismo papel que los contactos sexuales para el porno y que tuvo en Terminator 2 su primer y mayor referente. La llamó Ley del Coste Inverso a la Calidad (LCIC) y consiste en que “cuanto más grande sea su presupuesto, más mierda va a ser una película”. La fuerza de la LCIC, planteaba Foster Wallace, se deriva de la constatación de que una película que cueste una millonada de dólares sólo será financiada si sus inversores “pueden estar seguros al máximo -al máximo- de que por lo menos van a recuperar sus millones de dólares”.

La LCIC no se aplica mecánicamente a “Cincuenta sombras…” porque no es una película que destaque por el presupuesto de su producción. Pero sí entrega pistas para el descubrimiento de otra ley universal, una que juzgamos incluso más vigente que la descubierta por Foster Wallace, no porque el autor de “La broma infinita” no la haya advertido, sino porque la penetración de la lógica financiera en el desarrollo de las industrias culturales no había sido tan honda todavía. Se trata de la Ley de Gasto en Publicidad Inverso a la Calidad (LGPIC) y consiste en que –siguiendo las palabras del maestro en estos asuntos- cuanto más grande sea su gasto en publicidad, más mierda será una película.

La LGPIC es sólo la LCIC llevada más allá por la fuerza del afán de enriquecimiento de los financistas de la película en cuestión, es decir, por su interés en garantizar a toda costa que no sólo recuperarán la inversión sino que obtendrán las más cuantiosas ganancias posibles de ella. Esto lleva, forzosamente, a la aplicación extensiva de todas las técnicas de mercadeo imaginables, técnicas que están directamente correlacionadas al empobrecimiento creativo del producto. Desde limitar las figuras retóricas a las metáforas más básicas, hasta la adjetivación de todas las acciones, sensaciones y pensamientos de los personajes con tal de limitar al máximo el gasto en energía de las neuronas del lector, pasando por la aplicación de los clichés más archiconocidos como la utilización de actores físicamente perfectos para personificar a Ana Steel y Christian Grey u, obviamente, la apelación al sexo como columna vertebral de la trama.

Una diferencia cualitativa entre la LGPIC y la LCIC es que la primera supone una seguridad inversa a la buscada por los financistas: la seguridad de que la película es una mierda y que, por lo tanto, dicha condición debe ser subsanada para conseguir la compra de entradas.

Pero el tipo de empobrecimiento creativo más propio de “Cincuenta sombras…” y más opuesto al cartel oficial de “soft porno” que le colgaron, es lo limitado y aburrido de su contenido sexual. No califica como “porno para mamás”, como la han catalogado sus mejores publicistas, ni siquiera como “porno para abuelas”. La película no tiene más de quince minutos, de un total de 125, de escenas sexuales con cero segundo de contenido explícito. De las cincuenta sombras del protagonista, de hecho, ninguna es siquiera la de su pene. Y el libro, en el que efectivamente los protagonistas tienen sexo cada cinco páginas, éstos jamás pasan de hacerlo mediante prácticas que sólo siendo muy aburrido o UDI en la cama podrían presentarse como perversas.

¿Se debe esto a un conservadurismo de E.L. James? No lo creemos. Si tuvo cara para escribir sin seudónimo y vender un libro así de funesto, esta persona es capaz de cualquier cosa (leemos que su madre es chilena, así que no sería extraño que el Senado le otorgue la nacionalidad por gracia). Más consistente nos parece pensar la fomedad del contenido sexual de “Cincuenta sombras…” como resultado de la fiel aplicación de su lógica comercial y lealtad al espíritu de la LGPIC. La utilización del sexo está rigurosamente ceñida al objetivo supremo que es hacer dinero, por lo tanto, la intensidad y modo de su tratamiento están dictadas por la intersección de los nichos de mercado que sus financistas y autora buscan explotar. De ahí que el sexo en “Cincuenta sombras…” no pueda ser tan explícito como para evitar que el mayor número posible de personas esté dispuesto a verla en un lugar público, ni alejado del patrón sexual que impera como el “correcto”, esto es, el deseado por la norma machista clasista hegemónica (y usamos el mote hegemónico a propósito, porque es una norma capaz de obtener el consentimiento incluso de quienes la padecen: las mujeres, los hombres pobres y, fundamentalmente, las mujeres pobres).

En simple: si la película mostrara, por ejemplo, a Grey eyaculando en la boca de Ana y luego a Ana insertando un dildo en el culo de un Grey esposado al catre de la cama. ¿Qué ocurriría? Pues todo se va a la mierda. El nicho de mercado de la película se achicaría y la obediencia a la LGPIC se desmoronaría. La Audi no esperaría a los espectadores, Beyoncé no dedicaría una canción a promocionarla y Cooperativa no estaría a disposición de contarnos cada insignificante hecho que ocurriera a su alrededor.

“Cincuenta sombras…”, en definitiva, es la peor y más conservadora película del último tiempo. Nos habla no sólo de las poderosas tendencias que empobrecen la cultura de masas, también demuestra lo equivocado que están los cultores del capitalismo en su convicción de que nos traerá un horizonte más pleno de realización humana. El verdadero coito que nos refriega en la cara “Cincuenta sombras…” es el del capitalismo cultural con la pre modernidad, la mutua correspondencia entre el afán de acumular dinero y las tendencias cavernícolas que permanecen latentes en la sociedad contemporánea. Así que ya saben, galanes urbanos, a qué empresa histórica estarán contribuyendo con las lucas que gastaron en su regalo del día de San Valentín.