En estos tiempos de fuertes turbulencias, de crisis económica y de desplome de la ética política, parece que la impunidad de los poderosos es completa. No me refiero solo a los grandes organismos financieros o a los responsables económicos de las grandes potencias, aludo también a ciertos prebostes de la cultura, a algunos intelectuales consagrados y reconocidos. Hablan y pontifican, administran sentencias, ensalzan y descalifican, y los beneficiados por tanto incienso les recompensan con vítores, honores y premios que les reconfortan el cuerpo y el alma. Uno de ellos es el escritor y premio Nobel Mario Vargas Llosa (MVLl), tan recomendable por su literatura como detestable por su soberbio e insensible ultraliberalismo militante.

Hace unos días que publicó un artículo en el diario El País con el título de El Harakiri, en el que tras introducir brevemente la tradición japonesa del suicidio por honor conectó el fenómeno con una especie de suicidio colectivo, que sería el practicado por países que “presa de un desvarío pasajero o prolongado, deciden empobrecerse, barbarizarse, corromperse, o todas esas cosas a la vez”. Nos recuerda don Mario a aquella perversa y amenazadora sentencia de Henry Kissinger referida al Chile de Allende, al que los Estados Unidos no iban a permitir hacerse comunista por la estupidez de los chilenos. Aunque el objetivo central del artículo es la Grecia actual, MVLl comenzó a avanzar hacia ella partiendo de la Argentina peronista, pasando por la Venezuela chavista y rememorando la Alemania nazi, la Italia fascista y la Rusia soviética. Tan largo viaje para, finalmente, llegar a la Atenas de Alexis Tsipras y Syriza.

La tesis central de Vargas Llosa es que hay pueblos que no saben votar, que eligen opciones políticas que les perjudican y que a medio plazo les llevan al desastre. Eso pasó en la Argentina peronista, en la Venezuela chavista y va a pasar ahora con la Grecia de Syriza y su primer ministro Alexis Tsipras. Si el pueblo argentino y el venezolano “hoy pagan cara su ceguera”, pronto los ingenuos griegos verán como los problemas que sufren se agravan.

Un hombre de los recursos del celebrado novelista no debería banalizar así sobre procesos históricos tan distantes, y no solo geográficamente. Tanto más cuando de aquello que se trata es de poner en el punto de mira a Grecia. Un ejemplo: banaliza en extremo cuando alude a Venezuela. La democracia venezolana resultante del Pacto de Punto Fijo y su tremenda ineficacia social [o el olímpico desinterés de las elites por los sectores populares], está en la base del ascenso de Chávez y del chavismo. La evolución del sistema que llegó de la mano de unas elecciones democráticas ha sido la que conocemos, y es hoy indefendible. No obstante, afirmar que los problemas de la Venezuela actual vienen de la decisión de unas mayorías ciudadanas que no supieron votar correctamente es, nuevamente, impropio de un Intelectual como MVLl.

Al final, lo que subyace en la opinión del escritor peruano es que la mayoría de la gente de los países citados es simplemente estúpida; tanto que no es capaz de votar por las opciones que realmente debería, las que objetivamente le convendrían [con las que él comulga]. Una argumentación que no deja de evidenciar una curiosa concepción de la democracia.

En Grecia acaba de alcanzar el poder “un partido demagógico y populista de extrema izquierda”, que “prometió a los griegos una revolución y el paraíso”. Así pues, resulta que la estupidez humana no conoce fronteras. Un treinta y seis por ciento de imbéciles griegos, tan idiotas como los argentinos o como los venezolanos, han votado lo que no debían. Según MVLl, con ese resultado electoral “en vez de superar las plagas que los asolan, éstas podrían recrudecer ahora si el nuevo Gobierno se empeña en poner en práctica lo que ofreció a sus electores”.

Un treinta y seis por ciento de imbéciles griegos, tan idiotas como los argentinos o como los venezolanos, han votado lo que no debían. Según MVLl, con ese resultado electoral “en vez de superar las plagas que los asolan, éstas podrían recrudecer ahora si el nuevo Gobierno se empeña en poner en práctica lo que ofreció a sus electores”.

Esas plagas son el resultado de “la corrupción desenfrenada de los Gobiernos griegos a lo largo de varias décadas”, en las que “con irresponsabilidad delirante” falsearon sus cuentas para engañar a la Unión Europea.

Omite deliberadamente el literato que los gobiernos conservadores de Karamanlis [los amigos Merkel y de Rajoy, y también suyos] enmascararon el déficit con la imprescindible colaboración de organismos y personas europeas muy principales. Es decir que los que falsearon no fueron los gobiernos, así, en abstracto y en general, sino los de la derecha neocon de Nueva Democracia. No fueron unos irresponsables, fueron unos delincuentes y ahora resulta que el castigo por aquellos delitos tienen que penarlo sobre todo los griegos más vulnerables; algo que al Nobel peruano le parece lo más lógico.

Dice que Syriza propone acabar con la austeridad y con las privatizaciones, renegociar el pago de la deuda y recobrar la soberanía; esto es  “un milagro equivalente al de curar a un enfermo terminal haciéndole correr maratones”. Convendría que una mente preclara como la del laureado escritor no perdiera el respeto por sus adversarios ideológicos: eso del paciente terminal y el maratón es demasiado indigno para un escritor de su prestigio. No es un problema de soberanía, es una cuestión de unos mínimos de calidad de vida para los ciudadanos de un país de la Unión Europea.

Sostiene MVLl que lo mejor que podría pasar es que las bravatas de Tsipras y Syriza fueran archivadas, como hizo François Hollande en Francia.  No obstante, el escritor está preocupado: “Francia e Italia, víctimas también de graves problemas económicos, han manifestado no ver con malos ojos” las propuestas de Tsipras. Menos mal, concluye, que “no todos los países europeos han perdido todavía el sentido de la realidad”.

Cuánta gente en Europa ha perdido el sentido de la realidad, según MVLl: Hollande, Renzi, Tsipras…  El mundo, pese a todo, puede estar tranquilo: Merkel, Rajoy y la señora Lagarde son los adalides de la responsabilidad y del saber hacer bien las cosas.

Parece que tener sentido de la realidad es gobernar para los bancos, para los que roban, para los que desahucian, para los corruptos, para los fondos buitre. Qué le pase a la gente, a los niños sin escuela, a los enfermos sin fármacos, a los viejos sin pensión, a los ciudadanos sin trabajo ni subsidio… esto es cosa menor que tiene que estar supeditada al equilibrio macroeconómico. ¿Qué deberían de haber hecho los griegos con Karamanlis o con Samaras, que no fuera votar para echarlos? Y eso es lo que hicieron en 2009. Y ganó el PASOK de Papandreu, con un 40 por ciento. Y ahora no llega al 5 porque no supo enfrentarse a la Troika y enderezar el rumbo de la República Helénica. ¿Se trata de la impericia de los electores griegos, o de la incapacidad de los políticos en los que han ido depositando su confianza?

Nuestro admirado escritor apunta que diversos países de la UE, como España, Portugal e Irlanda, capitaneados por Alemania, ya les han dicho a los griegos que nada de condonaciones. No obstante, está claro que el deudor quiere pagar, lo único que pide es que se negocie una forma factible y razonable de hacerlo. Desde una lógica financiera, ¿no sería deseable conseguirlo? ¿O es que la opción que domina es ideológica y lo que se pretende en verdad es meter en cintura a los díscolos [los griegos y los que tengan la tentación de emularlos] que no comulgan con la doctrina económica neoliberal?

“Alemania no es la culpable de que buen número de países de la Europa comunitaria tengan su economía hecha una ruina”, nos dice Vargas Llosa. “Alemania ha tenido Gobiernos prudentes y competentes, austeros y honrados y, por eso, mientras otros países se desbarataban, ella crecía y se fortalecía […] sólo mediante el empeño y estoicismo de sus ciudadanos”. Y remata afirmando que “el Gobierno alemán de la señora Merkel es un europeísta decidido y la mejor prueba de ello es la manera generosa y constante en que apoya, con sus recursos y sus iniciativas, la construcción europea”.

Lo de la generosidad alemana resulta muy discutible en estos últimos años de Merkel. Es un país muy eficiente, es verdad. Pero buena parte de su eficiencia se debe a que detenta el ordeno y mando en la UE. Sus formas de control de la ortodoxia macroeconómica merecen más críticas que otra cosa y son, por decirlo suavemente, muy autoritarias: no negocia con nadie, impone. Alemania es un gran país que, pese a ello, parece que no le importa ser más temido que admirado. No está escrito que lo que MVLl llama estoicismo de sus habitantes sea una virtud. En cualquier caso, los europeos del sur no somos estoicos, lo que tampoco tiene porqué ser un defecto. Cada pueblo tiene su idiosincrasia, y entre los europeos es mucho más lo que compartimos que lo que nos separa. Sin embargo, algo que nos unía como eran unos consensos básicos en cuanto a la necesaria eficacia social de la democracia, parece que han sido declarados obsoletos por altos poderes y por sus voceros de más renombre. Al menos eso es lo que se entiende tanto en la realidad que vivimos como en el artículo del novelista peruano.

No importa, cada cual dice lo que mejor considera, pero para alabar la política austericida de Merkel, Rajoy, el BCE y el FMI, lo honesto es llamar a las cosas por su nombre, hablar claro, y no esconderse tras simplificaciones maniqueas.