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El movimiento de mujeres y feministas ha levantado este año, para conmemorar el Día Internacional de las Mujeres, la consigna “Por un 8 de marzo sin abortos clandestinos”. Como teólogas feministas observamos que el aspecto religioso con sus diversas hermenéuticas, complejiza notablemente el debate de la despenalización de aborto en Chile, por lo que  hemos decidido  sumarnos a la iniciativa de instalar el tema en la agenda política y llevar al espacio público lo que perteneció a la esfera privada por demasiado tiempo.

Nace de esta manera, el ejercicio activo de incentivar la capacidad de decisión de las mujeres respecto a nuestras maternidades, visibilizando el hecho de que para llegar a ser ciudadanas plenas, el acceso irrestricto a nuestros derechos sexuales y reproductivos, constituye prioridad.

Entendemos que la idea de transformar mentalidades prohibitivas de sesgo religioso conlleva un duro trabajo de desarrollo cultural asociado al contexto histórico de nuestro país.  En esta línea, no desconocemos que la religiones principales en Chile -el cristianismo católico romano como la más empoderada de ellas- hacen un ejercicio constante desde el poder, tendiente a dominar los cuerpos y moldear pensamientos. Para desarrollar estas prácticas hacen uso y abuso de la gran cantidad de espacios y territorios que poseen: colegios, universidades, centros hospitalarios y medios de comunicación, entre otros. En sus diversas tribunas de poder, entre las que también cuentan con un partido político, la Democracia Cristiana, transmiten doctrinariamente una escala de valores contraria a los derechos humanos fundamentales de salud pública sexual.

En la sociedad chilena la dirigencia de la Iglesia Católica y su fuerza dominadora no es una institucionalidad restringida a sus espacios simbólicos. Con el permiso y beneplácito del Estado, ejerce un lobby fundamentalista en todos los estamentos de la sociedad. De esta forma son cortapisas a los cambios sociales legítimos para las mujeres, nuestros cuerpos y nuestros proyectos de vida. Por cierto, siempre intentan adaptar la conducta humana a sus dogmas, no sólo entregando argumentos teológicos insuficientes sino también utilizando el desconocimiento general al respecto para mantener en el imaginario de creyentes y no creyentes la idea de castigos sobrenaturales sobre quienes decidan transgredir su hipócrita moral.

Algo similar ocurre con el pentecostalismo evangélico expandido fuertemente en las comunidades pobres de nuestro país. Es una línea de pensamiento teológico que se ha caracterizado por su interpretación literalista de la Biblia. De esta forma, su discurso homilético es intensamente machista, sexista, homofóbico y violento hacia las mujeres que no nos sometemos.

Con este escenario en la mesa, nos reconocemos en una lucha tensa e intensa frente a un juego de poder sucio, tramposo y estratégico.

Percibimos que tanto la Iglesia Católica como la Evangélica se niegan a entender que su rol no es elaborar políticas públicas. Haciendo uso de una vergonzosa doble moral realizan, por una parte, intentos incontinentes para dominar los cuerpos y vidas de las mujeres y por otra,  muestran total indiferencia, omisión e incluso complicidad institucional, frente a la pedofilia, maltrato a la infancia, niñas, jóvenes y mujeres violadas, embarazo infantil y adolescente, etc. Como sociedad chilena no podemos permitir el terror que la Iglesia, en sus diversas expresiones, instala, por ejemplo, en las niñas y adolescentes violadas y también en sus familias, exponiéndolas a maternidades no deseadas, ni buscadas, fuera de todo sentido común.

La violencia religiosa concreta no es querer moldear las conciencias de creyentes voluntarias/os, es la constante dinámica de querer aliarse con el Estado para forzar a todas las mujeres a creer de la misma forma que sacerdotes, pastores, teólogos y católicos o evangélicos  laicos conservadores.

“Pedimos laicidad efectiva del Estado chileno y que se legisle a favor de nuestro derecho a decidir sobre nuestra sexualidad y nuestra reproduccción, nuestros cuerpos y nuestras vidas -más allá de las tres causales”

La experiencia humana no se puede legislar con la Biblia. En el Antiguo Testamento -aunque se quiera decir lo contrario- el aborto no se consideraba un asesinato, y el feto no clasificaba en la calidad de vida humana.[1] Jesús, máximo referente del cristianismo, no abordó ni mucho menos condenó el aborto; y como gran conocedor de la Ley Hebrea,  tampoco elaboró doctrinas nuevas al respecto.

Diversas teólogas feministas de América Latina, el Caribe y el mundo entero, hacemos múltiples esfuerzos por intervenir a favor de la despenalización del aborto. Apuntamos a desmontar creencias teológicas violentas y poderes políticos, educacionales, médicos y comunicacionales que emergen desde el mundo religioso, y que son funcionales a la mirada patriarcal, fundamentalista y anti derechos que ha caracterizado históricamente a las iglesias. Nos motiva instalar en el debate el sometimiento y la represión que consiguen las religiones patriarcales, utilizando al Estado para incidir en las políticas públicas y así frenar o limitar nuestros derechos.

Contra esa injusticia pedimos laicidad efectiva del Estado chileno -tal como quedó contemplado en la Constitución Política de 1925 y que se ha transformado en letra muerta- y que se legisle a favor de nuestro derecho a decidir sobre nuestra sexualidad y nuestra reproduccción, nuestros cuerpos y nuestras vidas -más allá de las tres causales invocadas por el Proyecto de Ley de Interrupción Legal del Embarazo presentado al Poder Legislativo por el actual Gobierno de Chile- como corresponde a sujetas de derecho pleno, sin permitir que las iglesias nos expongan a más violencia satanizando nuestra capacidad de decidir libremente y también desvalorizando, deshumanizando y castigando el cuerpo de quienes deciden abortar.

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[1] En los textos bíblicos del Antiguo Testamento, la vida del feto se valoraba diferente a la vida de una persona. Exodo 21:22-23 señala: “Si unos hombres se pelean, y uno de ellos golpea a una mujer embarazada y le provoca un aborto, sin que sobrevenga ninguna otra desgracia, el culpable deberá pagar la indemnización que le imponga el marido de la mujer, y el pago se hará por arbitraje. Pero si sucede una desgracia, [la muerte de la mujer] tendrás que dar vida por vida”.

Los fetos y los infantes menores de un mes de nacidos no son considerados personas. Al respecto, Números 3:15-16 dice: “El Señor dijo a Moisés en el desierto del Sinaí: Inscribe en un registro, por familias y por clanes, a todos los levitas varones que tengan más de un mes. Moisés los registró, según la orden que había recibido del Señor”.

Argelia Tejada, Doctora en sociología de la religión.