Pilar Errazuriz30.000 años antes y a poca distancia geográfica de donde se gestara la moderna teoría psicoanalítica de la construcción de las subjetividades en los siglos XIX y XX de nuestra era, grupos seminómadas de hombres y mujeres circulaban buscando mejores condiciones climáticas y alimentarias. Desde las frescas tierras del norte que los acogía para el verano, al templado Danubio donde emigraban durante los meses fríos de invierno, el grupo portaba pocos enseres llevando pequeñas herramientas para cazar y recolectar. Sin embargo, un fetiche viajaba siempre con ellos: una estatuilla de mujer (o quizás más de una) simbolizando la fertilidad y los buenos presagios. Hecha de piedra caliza, pintada de ocre como muchas otras figurillas sagradas, ella aparece en 1908, luego de una excavación para construir una línea ferroviaria en Willendorf, cerca  de Viena: la estatuilla es una belleza paleolítica indiscutiblemente milenaria.

Viena, en esos días empezaba a conocer los estudios sobre los sueños de Sigmund Schlomo Freud, quien, amante de la arqueología, aquel verano se ausentó a Baviera, sin saber que la estatuilla milenaria que apareció y que denominaron Venus[1], era convenientemente ocultada en una caja fuerte, hasta 1998 que fue, finalmente, expuesta en el Palacio Schonbrunn de Viena, y pasó más tarde a formar parte de la colección del Museo de Historia Natural.

Posiblemente, su conocimiento en el momento de su ‘exhumación’, hubiera interferido en la teoría del Maestro acerca del origen de la humanidad dominada por el Padre de una horda primitiva, dueño de todas las mujeres, muerto en manos de sus hijos varones con su consiguiente representación totémica y la ley de la prohibición del incesto, origen según él, del sistema sexo-género que nos rige[2].

De hecho, este sistema no nos rige desde el comienzo de los tiempos. A lo largo del siglo XX se puso de manifiesto la existencia del culto a ‘la mujer’ no solo en la pre-historia, pero también en la proto-historia y desde luego en momentos más cercanos a nuestra era. Otros vestigios de la venerada figura femenina  hicieron su aparición en antiguos asentamientos neolíticos en Turquía, Anatolia, cuando el británico James Mellaart descubrió en los años sesenta, más de mil estatuillas que datan del 8.000, 7.000, 3.000 adne., representando mujeres, algunas pariendo, otras haciendo el amor y por último, una, excelsa,  imponente, imbuida de importancia, en un trono cuyos apoya- brazos representan a dos leones… A ello, se unen las investigaciones de Merlin Stone, historiadora del arte norteamericana, Marja Gimbutas arqueóloga, nacida en Lituania y emigrada a los Estados Unidos, Robert Graves, historiador británico, entre otras y otros, que muestran cómo, desde muchos milenios hasta los últimos vestigios en el 900 adne., la representación de mujeres fue una constante en las culturas y agri-culturas mediterráneas, al menos desde 25.000 hasta 900 adne.

Las mujeres tenemos, por lo tanto, mucho “paño por cortar”. Nuestros estudios de género y costura, como dicen algunos, todavía deben tejer el pasado de las mujeres, y debemos no dar ‘puntada sin hilo’. Más de cien piezas de ropa diferente y otras tantas joyas, fueron descubiertas en los yacimientos de Anatolia de aquellos tiempos del 7000 al 4000 adne. Pero no sólo en Europa Central la figura de mujer fue una y otra vez representada por alfareros devotos y testimoniada por su producción cultural

Asimismo, estudios demuestran que en el pasado, en otros lugares,  “Dios era Mujer”[3], Egipto, Mesopotamia, entre ellos.  Rigurosas investigaciones muestran  hallazgos en Francia de la ‘Diosa de Lespugue’ y de la ‘Diosa de Menton’, así como las de ‘Gagarino’ y ‘Savignano’ en Italia, la ‘Diosa de Dolni´ en Checoslovaquia, de la misma época, todas ellas contemporáneas de nuestra Venus de Willendorf, sin contar con las deidades femeninas en lejano Oriente y otras latitudes.

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Venus de Willendorf

Diosas y sacerdotisas pueblan la Mittel Europa durante milenios, cuna de nuestra civilización,  y los últimos vestigios se sitúan en la Isla de Creta, cultura minoica, durante la cual las mujeres eran las dueñas del ganado  bovino, de su avanzada industria textil y de las escribanías en los templos respecto de los haberes de la industria y de la agricultura. No fueron las únicas; investigaciones muestran que las mujeres en todas estas culturas agrícolas desde el Mediterráneo hasta el Oriente, eran quienes almacenaban y contabilizaban los productos de las cosechas. La necesidad de llevar un registro las acercó a la escritura. Incluso en el seno de las ya transformadas culturas de dominación patriarcal, mujeres tuvieron un lugar en las letras, sacerdotisas en su mayoría, como es el caso de Enheduanna, devota de la diosa Nanna de Sumeria (2000 adne.), gran poeta de la época. Incluso en la India se adjudica a la diosa Saravasti la invención del alfabeto y es considerada la dueña del conocimiento.

Podríamos referirnos a todas las investigaciones que dan cuenta de que siglos de altri tempi fueron más propicios para el ‘ser mujer’. Muchos milenios, en todo caso, de un poder femenino que procura la sospecha de un surgir patriarcal reivindicativo y transformador de toda fuerza en clave de masculinidad. Asi pareció ser con sucesivas invasiones desde las estepas de pueblos nómades patriarcales, quienes finalmente subyugaron las agri-culturas mediterráneas que veneraban el principio de fertilidad femenina, invasiones que sucedieron sistemáticamente desde el 4.000 adne. hasta el 500 adne.[4]

Las invasiones no fueron solamente desvastadoras materialmente.  También las culturas patriarcales recurrieron a la violencia simbólica. En nuestra civilización occidental, desde que Aristóteles subsumiera a ‘la mujer’ a la naturaleza,versus la cultura, con mayor prestigio y en manos de los varones, las mujeres ocuparon un estatus inferior. Y las mujeres hemos callado por mucho tiempo, hasta el Renacimiento con Christine de Pisan, hasta la ilustración con Mary Wollstonecraft, la Revolución Francesa con Olympe de Gouges, el siglo XIX con las sufragistas, y ahora,  en el XX y XXI con los ‘Estudios de la Mujer’, de ‘Género’ y ‘Feminismos’.

Viena, cuna de una verdad paleolítica innegable, también albergó los estudios sobre hombres y mujeres, o sea, estudios de la diferencia sexual y de la subjetivación de unos y otras llevados a cabo por la teoría psicoanalítica. Debemos al padre del Psicoanálisis, en su búsqueda intuitiva de la construcción de los sujetos, el hecho de considerar que hombres y mujeres nacemos ‘iguales’ y que luego, los avatares de la sexuación (obedeciendo al orden simbólico instituido dentro de este sistema cultural sexo-género androcéntrico) nos diferencia a las mujeres del grupo de los iguales, para devenirotras del uno universal, como lo aseguró Simone de Beauvoir en 1949.

En siglos precedentes, el Marqués de Condorcet,  había sostenido algo similar, así como el monje Poullain de la Barre. En el primer tercio del siglo XX, Sigmund Schlomo Freud, heredero de una cultura sexista, tuvo el mérito de mostrar cómo este sistema de la fratría (masculina) heredera de la horda primitiva, subsume a las mujeres a un rol único femenino: la maternidad; de otro modo, ellas están destinada a la competencia intergenérica como consecuencia de la envidia de los atributos de los varones.

De modo que, en el año 1933, después de una próspera carrera médica y psicoanalítica, luego de haber presenciado el denigrante espectáculo de Charcot en Paris con ‘sus histéricas’, decide, finalmente, hacer frente al ‘enigma de la feminidad’, ese ‘continente negro’. Al final de su conferencia sobre La feminidad, hace gala de vanguardismo recomendando a sus colegas varones lo siguiente. “No debéis olvidar que solo hemos descrito a la mujer en cuanto su ser es determinado por su función sexual. Esta influencia llega, desde luego, muy lejos, pero es preciso tener en cuenta que la mujer integra también lo generalmente humano”. Un modo como otro de oponerse a Aristóteles : no es solo de materia que está hecha ‘la mujer’ aunque su función reproductiva nos oriente hacia ‘la naturaleza’. De manera que, concluimos, que nuestro Sigmund sospecha que sus colegas ( a quienes dedicó su conferencia) aún concebían dudas acerca de ‘la humanidad de la mujer’, herederos de la filosofía y de la misoginia cristiana que negó el ‘alma’ a las mujeres durante siglos…

Todo lo que sucediera en ese pasado de 30.000 años acerca de ‘la mujer’, o mejor aún de ‘las mujeres’, fue sepultado en pocos años por la hegemonía masculina que se generalizó entre el 3000 y el 900 adne, y se perfeccionó hasta nuestros días:la importancia simbólica del ‘ser mujer’ mas allá de nuestras diversidades, fue sistemática y rigurosamente ocultada y silenciada, al menos a partir de esas fechas. Investigaciones dan cuenta de cómo representaciones de mujeres en pinturas murales, en cuevas ocultas en Europa Central, fueron, a propósito, transformadas en figuras masculinas[5].

Hoy, en el siglo XXI, más acá de esencialismos innecesarios,  podemos, muy bien, apoderarnos de un pasado que da cuenta por más de 30.000 años de la dignidad y reconocimiento de nuestro sexo, de la importancia de nuestro ser en este planeta, y finalmente, por supuesto, de  nuestro aporte a la cultura ‘sapiens’. Gracias, Viena, por haber encontrado la Venus y, por qué no, gracias a las modernas teorías psicoanalíticas de la sexualidad que revelan nuestra capacidad de diferir de los mandatos del sistema sexo-género que ya no nos rige de la misma manera en que, por algunos siglos, fuera tradición.

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Pilar Errázuriz Vidal es Psicoanalista, Directora del Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina.

[1]Venus de Willendorf, encontrada cerca de Viene en 1908 y difundida recién en 1998.

[2]Freud, S. “Tótem y Tabú”, 1912-13, en Obras Completas, Madrid, Bb. Nueva, 1981.

[3]Stone, M. When God was a woman, USABarnes&Noble Books, 1993

[4] Rodrigañez, C, El asalto al Hades Naberan, J., La vuelta de Sugaar. Donosita: Basandere, 2001.

[5] Cuevas de culto ortodoxo en Anatolia.