edo-caroeEste jueves, el dirigente empresarial Andrés Santa Cruz comparó los delitos tributarios y a la democracia perpetrados por grupos como Penta y SQM con no pasar la Bip! en el Transantiago y se preguntó, para minimizar los problemas del empresariado con la ética, “¿cuántos chilenos ocupan licencias ideológicamente falsas?”. A las pocas horas, la senadora de Amplitud Lily Pérez apareció en la portada de una revista de papel couché personificada como Claire Underwood, opinando sobre la política chilena a la luz de House of Cards. Todo en un mismo día.

¿Es que acaso ha habido otra temporada con mayores niveles de concentración diaria de material para burlarse de la clase dirigente chilena?

Los que vieron el vaso medio lleno en esta crisis de legitimidad que atraviesa el sistema político fueron los comediantes. En la televisión y en la prensa escrita, en bares y radios, la comedia parece estar haciéndose la América con la condena en forma de burla a los poderosos, echando mano a diversos y no siempre coincidentes recursos humorísticos.

Expresarse contra las élites, declararse opositor del sistema económico y apelar al cansancio del pueblo se han transformado en fórmulas cada vez más recurrentes. Cruzó a casi todas las rutinas humorísticas del último Festival de Viña, catapultó a Edo Caroe al centro de la comedia de masas, sirvió de leña para el poderoso retorno del Yerko Puchento de Daniel Alcaíno a Canal 13 y le abre espacios cada vez más amplios al humor gráfico crítico.

Eco del malestar la impotencia

Donde también se puede ver el poderoso efecto de la crisis política es en el perfil de Facebook del reconocido humorista gráfico, poeta y académico Jorge Montealegre. El autor de “Carne de estatua”, ensayo sobre la caracterización en el humor gráfico de Salvador Allende, lleva 71 “PENTAmientos encogidos” desde que estalló el caso Penta, pequeños fragmentos de chistes sobre actualidad política que acuden tan rápido a sus neuronas como el vacío a las nuestras.

Dos botones: “64. PENTAmiento encogido: ¿Estaremos ante un cuento de nunca aCAVAL?”. “33. PENTAmiento encogido: En la UDI proponen que la nueva directiva dure dos años… y un día”. Y así hasta el 71.

Para Montealegre, la relación entre buena salud del humor y de la política es directa. “Especialmente el humor negro, el más corrosivo y sarcástico. Son momentos de lucha, de controversias”, señala. “Cada época ha tenido sus buenos humoristas y se les puede asociar a revistas y autores”. Recuerda a Arturo Allessandri y Coke, a González Videla y Pepo, a la UP y el Enano Maldito, a la CNI y Rufino, a los Chicago Boys y Coco Legrand, a Piñera y Malaimagen.

El humorista se transforma en un “eco del malestar y la impotencia”, haciendo “las veces del muñeco del ventrílocuo: dice lo que el público quiere decir y escuchar”.

Pero el éxito de cada uno, asegura, “tiene que ver con las posibilidades de libertad de expresión que han tenido y aquí la que manda es la publicidad. La ley de la oferta y la demanda también funciona con el humor”. Según el poeta, “no es el humorista el que se atreve ahora, sino la tele; el humorista satírico se atreve desde hace rato, en las catacumbas de los pubs o espectáculos para audiencias reducidas, pero ahora responden, en buena hora, a una demanda de la gente que quiere ver reflejado su malestar e indignación”.

De esta forma, propone Montealegre, el humorista se transforma en un “eco del malestar y la impotencia”, haciendo “las veces del muñeco del ventrílocuo: dice lo que el público quiere decir y escuchar”. Por eso, indica, pasaron inadvertidas las menciones contra el aborto que hizo el flaco de Dinamita Show en Viña y la que sobre hizo los incendios en la Araucanía. “El respetable público está menos conservador, menos racista y menos homofóbico”, sostiene.

La irrenunciable necesidad de tomar partido

yerko-puchentoPara Guillermo Galindo, el dibujante detrás de Malaimagen, hay algo en la esencia del humor que lo conecta con el poder. “Una de las cosas que hace el humor es desacralizar a las personas, muestra que todos somos igual de vulnerables. Y ahora que los poderosos están en su peor momento, el humor se aprovecha de eso”, postula. Con todo, Galindo tiene sus dudas sobre la salud del humor político. “Ahora es fácil hacer un chiste sobre Martín Larraín o sobre Dávalos, porque ya el bullying es generalizado y son recurso fácil. Está por verse si utilizar estos recursos es una moda o más que eso”.

Pedro Ruminot, como reconoce, no hace humor político, pero sabe de stand up comedy y televisión. Desde esa trinchera, su opinión es que “en Chile no se hace buen humor político, está en pañales. La única rutina de humor político buena y estructurada que he visto, que además la viene haciendo hace tiempo, por vocación, no porque piense que va hacia allá el asunto, es la de Caroe”.

Después de Caroe, piensa Ruminot, “algunos se dieron cuenta de que eso era lo que quería la gente y por ahí fueron, pero de parte de muchos comediantes no hay vocación por desarrollar humor político”. El mejor indicio de esta ausencia, asegura el cocreador del desaparecido Club de la Comedia, es la recurrencia de la fórmula de criticar a los políticos por ladrones. “Como sabemos, los políticos son ladrones todos, da lo mismo el lado. Y es como… ya, pero, ¿dónde está el chiste?”, se pregunta Ruminot.

Para Ruminot, la causa de esto es “más miserable de lo que parece”. Muchos comediantes, asegura, “dicen ‘ah, todos los políticos roban’ porque finalmente los que contratan para eventos son todos de derecha. Entonces tenís que pegarle a todos por igual y eso hace que finalmente termines desmarcándote, diciendo ‘no, si yo soy apolítico, le pego a todos por igual’, como hace Coco Legrand, y pucha, no es tan así”.

Sorprender es la consigna

Que las rutinas humorísticas aborden temas que no se tocaban “no necesariamente mejora la calidad del humor, ni hace más claro que haya un ‘discurso’ humorístico ni que realmente sea más político”, sentencia Montealegre. Según el también académico de la USACH, el humor que hoy más triunfa “más bien es anti-políticos, con buenas razones, pero también anti-política, desempolvado un discurso con el que crecieron las generaciones que se formaron bajo dictadura”.

Si el humor es político, continúa “siempre dejará algo más, un rastro de su pensamiento personal para no empatar con él mismo neutralizándose”.

“Me llama la atención que en grandes canales salgan rutinas hablando de Luksic o Penta, cosa impensada hace algunos años y creo que fue producto de que ya no se podía tapar todo”, reconoce por su parte Guillermo Galindo. Pero advierte que “hay que cuidar que el poder no asuma esto a su favor, que el humor sea un espacio autónomo de los humoristas”. El humor, dice el creador de Malaimagen “debe tener ese cuidado de no terminar siendo una cosa absorbida, asumida, se debe mantener sorprendiendo”.