¿Y después de ver las imágenes de la gente atrapada más que por el lodo, por el desprecio, el olvido y la explotación, es posible creer que el odio es un sentimiento al que no tenemos derecho?

¿Luego de ver a mujeres temporeras atrapadas en modernos cepos, esclavizadas lejos de sus familias, arracimadas en barracones no más decentes que un muladar, explotadas por mezquinos pesos, no vale suplicar a la naturaleza por un cataclismo que extermine la codicia, el egoísmo y la barbarie en todas sus formas?

Lo que más emputece es que esas aguas enrabiadas no se lleven a los poderosos responsables inmediatos de los efectos mortales del corcoveo de la tierra.

Enerva que no sea posible aún que por cada desgracia que se paga puntual mediante el sufrimiento de los más desposeídos, no haya como contraparte un lodazal que sepulte para siempre a los malditos que han creado las condiciones para todas las tragedias.

Y apena que  la ingenuidad de la gente, tan mortal como las avenidas de los ríos que solo cumplen con exigir el lugar que la tierra les ha reservados desde miles de  años, no desaparezca con las avalanchas, los tsunamis o los terremotos.

Estas desgracias no pueden ser adjudicadas a las variables de la naturaleza como quieren hacer creer para ocultar la responsabilidad del Estado en la prevención y la consideración racional y cuerda del territorio.

Cada una de las inclemencias naturales es tan propia de la tierra, como el cielo y  las nubes. Y han hecho sus caminos con la calma que solo estampan las edades misteriosas que no caben siquiera en la imaginación. Utilizadas con fines ajenos al dictado  irrevocable de la naturaleza, las aguas no hacen más que exigir lo suyo.

El capitalismo no tiene respeto sino por las ganancias. Para esta lepra del siglo la tierra y sus maravillosos accidentes no son sino lugares susceptibles de ser arrasados para extraer materias que son de manera simultánea de felicidad y tragedia.

El capitalismo no tiene respeto sino por las ganancias. Para esta lepra del siglo la tierra y sus maravillosos accidentes no son sino lugares susceptibles de ser arrasados para extraer materias que son de manera simultánea de felicidad y tragedia. La diferencia la pone el número de afectados: el disfrute de un puñado de sujetos, equivale a la maldición de millardos de seres humanos.

Espoloneados con símbolos que no valen sino el trapo en que se dibujan, la gente intenta ponerse de pie relevando sus reservas sobre exigidas de tolerancia. El Estado brilla solo en el relumbre de las armas que se despliegan para advertir que los reclamos deberán cursar por el entramado artificial y estéril de las ventanillas que tienen la capacidad de amortiguar la rabia. Todo el resto es susceptible del gatillo fácil de los soldados que históricamente han puesto lo suyo con buena puntería contra el pobrerío.

Arrecian las campañas solidarias que suplantan las responsabilidades de quienes se suponen con el deber de cuidado, de velar por el bien público, y por  la seguridad de la población. De a poco, la solidaridad ancestral de la gente víctima de la inercia y de complicidad criminal de las autoridades, van juntando lo esencial para sobrevivir.

Cerca de ahí, agazapados, los vivos y tramposos de siempre ya sacan cuentas de los negocios que se vienen con la eterna reconstrucción, la especulación con los artículos de primera necesidad y las desesperación de la gente desamparada.

Cual aves carroñeras, ya dispondrán de sus planeos para ver donde hiede más, por donde vendrá el mejor negocio.

Las tragedias que con una frecuencia abismante paga al contado el pueblo llano, no son casualidades adjudicables a la alineación maléfica de los planetas, ni a la irritación de un dios vengativo. Son claramente responsabilidad de una forma de construir un país librado al caos inhumando del capitalismo más desvergonzado.

Casi toda muerte no natural, si se mira bien, tiene su raíz en la manera en que se ordenan explotados y explotadores en la copia feliz del edén.

Cada hombre y mujer de trabajo se expone cada día al riesgo de condiciones laborales desamparadas, a una salud vergonzante, a un transporte urbano zoológico, un sistema de pensiones miserables, y una tan vasta como inexpugnable red de conspiraciones secretas para esquilmarla, mediando un miserable sueldo.

Cuando el capitalismo no mata por la explotación inmisericorde, lo hace por la bala del custodio uniformado. Y ahora por estas calamidades de las que no se va a saber nunca qué venenos diseminó en esos barros metalizados causantes de cánceres y malformaciones.

Las razones de Estado, herramienta de sinvergüenzas y criminales, ocultarán  más que el lodazal,  la verdad de la tragedia.