Fernando-Balcells copiaEn el programa ‘El Informante’ de hace unas semanas desfilaron las estampas más diversas de la ciudadanía chilena. No faltaron los tics culturales de nuestra televisión. En el segundo plano de la imagen aparecía un ramillete de mujeres de rostro decidido a las no se les permitió hablar pero si exhibir algunos carteles adornando su belleza. En otro resorte televisivo clásico, se incentivó el enfrentamiento entre vecinos hasta el punto en que la contención física no parecía virtuosa sino producto de un cálculo del espectáculo.

Cada uno de los personajes entrevistados era un exponente perfecto de la historia que los llevó a la televisión. Empezando por un funcionario del Consejo Minero que prometió exponer lo que las empresas han aprendido en estos años: ‘Las empresas han cometido errores y los ciudadanos tienen todo el derecho a su indignación’. Lamentablemente, seguía un punto dos y luego un punto tres. El segundo decía; ‘luego intervienen los infiltrados’. Y el tercero, comiéndose las sílabas, en un gesto de desagrado que incluía a las personas aludidas y a las palabras que las nombran, ‘ … están los chantajistas de siempre’. Algunos todavía no aprenden a camuflar la hilacha.

Los participantes del panel (además del ex ministro Manalich y el actual diputado Iván Fuentes), eran representantes de movimientos sociales locales, enfrentados entre ellos a propósito de la relación entre empleo y medio ambiente. Los jóvenes dirigentes más radicales fueron racionales y apasionados. De semblante severo, como buenos dirigentes sociales exhibieron una tendencia a la consigna, que los hace poco atractivos para los que viven sus conflictos con recato y resignación. Para confrontarlos, un comerciante de mediana edad de Caimanes y una dueña de casa de Freirina, amables y razonables, que pedían inversión, empleo y conversación con las empresas para solucionar los problemas ambientales. Nadie negó la gravedad de los problemas. En el punto álgido de la discusión entre los propios vecinos, unos acusaron a los otros de haberse vendido y los otros a los primeros de estar esperando un mejor precio.

El rostro de la ciudadanía expuesto la noche del martes estuvo lejos de ser edificante. Se vio una dimensión social de la ciudadanía que no alcanza a articularse con el ejercicio político. Definitivamente, los dirigentes sociales no tienen la elegancia y la facilidad de palabra que nos gustaría encontrar en un héroe popular.

Tal vez, los dirigentes sociales puedan ser inconsecuentes y susceptibles de ser corrompidos. Sin embargo, las organizaciones sociales y sus dirigentes, con todos sus defectos, reales y supuestos, son esenciales al desarrollo político y económico del país. Ellas son las que han fijado los estándares de responsabilidad de las empresas mineras y energéticas. Ellas han puesto en escena los problemas locales. Ante ellas deben responder las autoridades políticas en los intermedios electorales. Esas organizaciones han elevado las exigencias y las posibilidades de fiscalización sobre las instituciones y las empresas. Ellas están definiendo los estándares de calidad en los servicios que usamos y los productos que consumimos. Créame; estas organizaciones y estos personajes son una de las principales fuerzas modernizadoras con las que contamos.