Ricardo-Lagos-PIneraEstamos peligrosamente cerca del circo romano. Los medios de comunicación son la arena en que la maquinaria devora, uno tras otro, los nombres infames que pueblan las listas de SQM, mientras más de un intelectual cortesano se lamenta por la “cacería de brujas”, argumentando que, en el fondo, todos somos iguales.

El problema ético ha viralizado la crisis política. Si el caso Penta y la arista Soquimich muestran las relaciones indebidas entre el poder económico y el poder político, ha sido el caso Caval el que ha puesto el tema en boca todos. A eso le hemos llamado corrupción.

Unas calles más allá del coliseo, sin embargo, trabajan los diligentes equipos de unos “estadistas” que regulan con celo sus apariciones públicas mientras auscultan el escenario y preparan las salidas. Su problema principal no es ahora, es el día que vendrá después que el juez dicte sentencia y los bullados casos se cierren, y allí, sin poder volver a aquellos tres tercios violentamente demolidos por la dictadura, y con el esquema Si/No diluido a fuerza de corrupción ideológica en la posdictadura, deban poner en marcha nuevos bloques, nuevos esquemas ideológicos y nuevos liderazgos con los cuales pasar de la mediática pasión por el caos al orden.

(Según un reportaje de El Mercurio, Lagos y Piñera se encontrarán próximamente en el lanzamiento de una radio del grupo Luksic).

 

De las componendas del dinero a la vinculación política

Si “la arista SQM” reveló algo terrible, no fue que un grupo de políticos estaba recibiendo dinero de esa y otras empresas, no, lo peor es que puso en evidencia que parte de lo que se llama izquierda en Chile estaba recibiendo dinero de una ex empresa pública privatizada por Augusto Pinochet en favor de su entonces yerno. La conexión del dictador, su familia y su obra, con las campañas de políticos (dizque) de izquierda, no podría ser ocultada. Eso es lo más grave. Revela un empobrecimiento brutal de todo un sector de la política, que lo muestra ética e ideológicamente embarrado hasta el cuello.

El segundo capítulo de esa trama que ya de por si parecía increíble, lo constituye la firma del acuerdo entre siete partidos, que va desde los comunistas hasta los gremialistas. Al fin han encontrado una causa común. La crisis los aúna en el esfuerzo por sostener los bordes de un sistema político en pleno desmoronamiento, sin que nadie pueda explicar mínimamente para qué diablos le podría servir a este país mantener la estabilidad de este –no de cualquier– sistema político. El episodio nos devuelve el sabor amargo de aquella invocación a las “razones de Estado” que argumentara Frei frente al caso de los pinocheques.

Si la “artista SQM” revelaba la podredumbre moral de la clase política, el pacto político revela su corrupción ideológica.

El documento mismo es una verdadera pieza. Sus seis puntos manifiestan, básicamente, que los partidos se mantendrán en los márgenes de la institucionalidad y la legalidad. ¡Gran alivio! El punto 1 revela que se han dado cuenta de la indignación ciudadana (nunca es tarde); en el 2, 3 y 4 afirman que su voluntad es mantenerse en la institucionalidad, sin proponer iniciativa alguna; en el 5 se manifiestan respetuosos de algunas de las instituciones fundamentales de la república y hacen algo así como la promesa de que no intentarán convertirse en una red de protección de delincuentes; el 6, finalmente, nos entrega un vago y abstracto llamado a escuchar la voz ciudadana.

Pero hay más. Luego de conocer el documento de los partidos, supimos que dos operadores de la UDI se beneficiarían de los negocios de Caval. La suma es lapidaria: candidatos del partido de Allende financiados por la empresa del ex yerno de Pinochet, la UDI concurre a un acuerdo político que incluye a los comunistas, la nuera de la presidenta socialista hace negocios que benefician a los herederos del pinochetismo. Todo se vuelve visible, y una época termina ante nuestros ojos. Los mapas que nos permitieron orientarnos en el pasado, han estallado en pedazos.

 

Ante un nuevo comienzo

Pero aunque la crisis se extienda a sus anchas por el andamiaje político que nos dirigió todos estos años, no hay nada que celebrar. Su capacidad de tirar la guagua con el agua de la tina es impresionante. Bachelet agotó de la peor manera posible el empuje de cambios que se venía constituyendo en los años precedentes: no los realizó y a un año de gestión los deja con riesgo vital. Al no fundar el proceso de cambios sobre algún grado efectivo de transformación de las estructuras de poder, su caída permite que se reinstale en el diseño del futuro a los mismos que organizaron el pasado, sin que pese sobre ellos un juicio político efectivo.

Tomó el sentido refundacional construido desde las luchas sociales y lo convirtió en un ejercicio gubernamental sin fuerza, desprovisto de densidad social real, cuya legitimidad –dada su incapacidad para construir una nueva referencia política–, se sostuvo sobre su propia figura, hasta que le llegó el cañonazo del hijo en plena línea de flotación. Como resultado, la cuestión de las reformas vuelve a su dilema original: el de un cambio de ciclo histórico que supere el orden neoliberal.

Ahora, sin embargo, no cuenta con las multitudes en la calle (no aun, al menos) ni con liderazgos políticos con propuestas de real sentido proyectivo. Y para su desgracia tiene al frente un conjunto de esfuerzos del partido del orden que busca resolver una salida elitizada a la crisis, que implicará por cierto la definición de nuevas formas de administración y prolongación del esquema neoliberal.

De ese modo, la crisis no debilita solo las estructuras de poder vigentes, también ha ocasionado un serio debilitamiento de la política de cambios en el escenario actual, demandando que lo que llamamos “izquierda” sea profundamente redefinido y reimpulsado, por otros actores, por otras generaciones, por sujetos con otra consistencia ética e ideológica.