Partió como un murmullo, allá en los primeros años de la década de los noventa, entre los miedos y la prudencia imperante al tener al Dictador aún como Comandante en Jefe. Pero algo se notó cuando el 1993 los humanistas -y la Izquierda Cristiana- renunciaron a todos sus cargos en el gobierno de Aylwin y se salieron de la Concertación diciendo algo fuerte y claro: que esa coalición había abandonado el programa ofrecido al Pueblo, y lo que se construía en ese momento y lo que se construiría hacia adelante estaban en la misma línea de lo fijado por Jaime Guzmán a través de la Constitución de 1980.

Parecía insólito que un sector político dijera eso, considerando que la Concertación estaba compuesta por cientos de militantes comprometidos por décadas con las causas del socialismo y la democracia. Muchos de ellos, de hecho, habían sido prisioneros políticos, otros habían estado exiliados y relegados; la mayoría había luchado por la vuelta de la democracia. Incluso los democratacristianos -que siempre han tenido un sector bastante cercano a la Derecha-, tenían credenciales democráticas al haberse puesto en la oposición a la Dictadura desde el plebiscito de 1980 con el mismísimo Eduardo Frei Montalva a la cabeza. No, no podían ser lo mismo que la UDI y RN y no podían gobernar en la misma línea que ellos. Los humanistas estaban equivocados, dijeron muchos.

Cuando el siguiente gobierno de la Concertación, encabezado por Eduardo Frei Ruiz-Tagle, terminó con las investigaciones a la familia Pinochet por el caso “Pinocheques” invocando “razones de Estado”, cuando privatizó todas las empresas sanitarias públicas traspasándolas a capitales españoles, cuando construyó la Central Hidroeléctrica Ralco en el Alto Bío-Bío, nuevamente desde la izquierda política se señaló que la Concertación hacía lo mismo que haría un gobierno de Derecha al proteger al dictador, al privatizar servicios básicos como el agua potable, al pasar por sobre las comunidades indígenas y el medio ambiente con un mega proyecto energético. Y empezaron a sumarse nuevas voces críticas, desde el mundo social y la academia: por esos años Marcel Claude -mucho antes de ser candidato presidencial- publicó su famoso estudio que indicaba que el crecimiento económico del país estaba basado en el arrasamiento de su patrimonio natural, y Tomás Moulian escribió una certera crítica al modelo de desarrollo que la Concertación había profundizado en uno de los libros intelectuales que más venta ha tenido en el país, “Chile: anatomía de un mito.”

La Concertación pareció responder estas críticas con un movimiento ejemplar: llevar a Ricardo Lagos de candidato presidencial y lograr que fuera el primer presidente socialista del país desde Salvador Allende. Ya en plena campaña presidencial Tomás Hirsch vaticinó que Lagos y Lavín se repartirían el país sin hacer nada muy distinto uno del otro, a través de un famoso spot televisivo donde mostraba una tortilla partida en dos, como metáfora excelente de que si bien se presentaban como cosas distintas, en el fondo eran lo mismo: era elegir entre una mitad de la tortilla y otra, pero era elegir tortilla igual. O neoliberalismo, mejor dicho. Lagos fue aplaudido por los grandes empresarios del país -la frase “los empresarios aman a Lagos” fue portada de diarios-, Lagos  hizo una reforma a la Constitución sin la más mínima participación popular, y su gobierno protagonizó el más grave escándalo de corrupción en toda la Democracia hasta ahora –el famoso MOP-GATE, donde hubo un amplio acuerdo entre la Concertación y la derecha para salir de esa crisis-.

En el gobierno de Lagos no fue solamente la izquierda con sus partidos -el PH, el PC- la que criticó su opción neoliberal. Se fueron sumando artistas, intelectuales, sectores de la propia Concertación que fueron tildados de “autoflagelantes” y el naciente movimiento estudiantil.

Y en el gobierno de Lagos no fue solamente la izquierda con sus partidos -el PH, el PC- la que criticó su opción neoliberal. Se fueron sumando artistas, intelectuales, sectores de la propia Concertación que fueron tildados de “autoflagelantes”. Y se sumó a esa crítica el naciente movimiento estudiantil de esos años, que se reactivaba después de unos años noventa muy aquietados, a través del “mochilazo” del 2001 y, más notoriamente, en las movilizaciones del 2005 contra la instalación del Crédito con Aval del Estado. Si bien esa lucha concreta se perdió –aunque no faltaron los dirigentes estudiantiles que presentaron el crédito como una “ganada” del movimiento-, se instaló la idea en muchos de que no podía estar bien un gobierno socialista que entregaba a los bancos el financiamiento de la educación superior del país y además les asegurara el negocio al poner al Fisco como aval universal de sus ganancias.

Ello llevó a que fueran no pocos los que apoyaron la candidatura presidencial de Tomás Hirsch el 2005, como gesto unitario de crítica al rumbo de los tres gobiernos concertacionistas, pese a que la Concertación presentó a una candidata claramente identificable como de izquierda. Michelle Bachelet fue presentada como el símbolo de una nueva época al poder llegar a ser la primera mujer presidenta del país, y con una historia de compromiso desde muy joven como militante socialista, hija de un general asesinado por la dictadura, prisionera política, víctima de torturas y exiliada. Si las críticas de la izquierda eran ciertas, ahora eso habría de cambiar, y hasta el Partido Comunista lo creyó y le dio su apoyo en segunda vuelta. Pero a poco andar nos enteramos, gracias a la Revolución Pingüína del 2006, que puesta en situación de elegir no dudaría en firmar un acuerdo con los líderes de la derecha y con las manos alzadas en La Moneda, en vez de inclinarse por el movimiento social. También vimos como no dudaría en aprobar 42 termoeléctricas durante su gobierno pese al creciente movimiento medioambiental que la llamaba a rechazarlas. Y que tampoco intervendría en las divisiones de su coalición producto de personajes que llamaban a una acción reformadora y progesista: Bachelet no los apoyó y figuras como Marco Enríquez-Ominami y Jorge Arrate quedaron fuera de la Concertación, por buscar, apenas, un rumbo más progresista de la misma.

El gobierno de Piñera dio nuevos insumos al debate, pues en realidad no pasó nada muy distinto a lo que había pasado en los gobiernos de la Concertación, mostrando claramente las similitudes entre ambas coaliciones. El punto culmine de aquello fueron las movilizaciones estudiantiles del 2011, donde la derecha obviamente no apoyó a los estudiantes pero tampoco lo hizo la Concertación, desde donde incluso salieron voces muy potentes a oponerse a las consignas de educación gratuita enarboladas por el movimiento social. Empezó a sonar con claridad la idea de “ni Alianza ni Concertación” y movimientos políticos nuevos de muy diversa índole –el Partido Liberal, el PRO, el Partido Igualdad, los Ecologistas, etc.- se manifestaron claramente distantes de la Alianza, pero también de la Concertación. Empezó a hablarse, por primera vez, de “clase política”; empezó a identificarse como casta a los políticos de la Alianza y la Concertación, notando que las diferencias eran mínimas y más bien constituían un aparataje continuo.

Pero a punta de reformas ofrecidas en su programa de gobierno y al apoyo de sectores de izquierda como el Partido Comunista y la Izquierda Ciudadana, la vieja Concertación parecía transformarse y desmentir las críticas de ser lo mismo que la derecha. Las empresas levantadas en conjunto por dirigentes de la Concertación y la Alianza, la integración de militantes concertacionistas a Directorios de empresas y universidades ligadas a la UDI, la defensa de la actual institucionalidad heredada desde 1980 por ambas coaliciones, no serían argumentos válidos, pues el programa es lo relevante y ahí en lo programático se vería con claridad las diferencias entre la Nueva Mayoría y la Alianza.

Y pasó un año y vimos el desarrollo del programa, que transó en la reforma tributaria y en la educacional. Y vimos luego algo de unas boletas y unas platas para campañas, que nadie entendió mucho porque partieron por la UDI y todo el mundo daba por sentado que la UDI era financiada por empresarios. Pero luego apareció un caso vinculado al mismo hijo de la Presidenta y todo el país se indignó. Por el abuso de información, por los privilegios, por los vínculos con la mayor fortuna del país, porque el horizonte de vida de un militante socialista e hijo de una figura del socialismo chileno sea nada más y nada menos que volverse rico, y a punta de especulación. Y después apareció un caso cuyo nombre de tres letras nos mostró que las privatizaciones de la dictadura habían servido muy bien para el financiamiento ilegal de la política. Pero, ante todo, el caso SQM nos mostró que la Alianza y la Concertación, material y concretamente, sí hacían y eran lo mismo. Nos mostró, con claridad, lo que se venía diciendo desde hace veinte años. Nos mostró que la izquierda tenía razón. Y que el futuro es sin Alianza ni Concertación.