JMaldonadoPrimera verdad falsa: nadie, ni Einstein, ni Sócrates, ni siquiera Nietzsche, que también discurría en pocas palabras y en epigramas, puede expresar, dar a entender, construir una idea en 144 letras (caracteres, que no palabras); es cierto que Descartes lo hizo y que algún griego y latino lo hicieron, pero en general los modernos necesitan no menos de media página. Así que atribuirle a los tuiteros la capacidad de generar conductas colectivas mediante su instrumento preferido, el tuíta, como dicen los ingleses, es otra falsedad aún mayor y un engaño patagüino. Claro que siempre habrá una patota de giles mitopolitanos que se lo creerán.

Me dicen mis pares cínicos que este horno está para bollos y que ahora todo está permitido, aunque sea éticamente incorrecto. También me dicen que los ciudadanos se creyeron el cuento de su empoderamiento, palabreja que no deja de sorprenderme por su carencia de significado y la frecuencia de su uso. Ya se sabe que el Poder no abre espacios de co-acción a nadie que no sea de los suyos. Pero también hay ilusos que se compran cualquier patraña y que se atropellan por ejercer en aquello que han dado en llamar “redes sociales”, para demostrar sus muchas debilidades intelectuales. Las tales redes no son otra cosa que mini espacios virtuales en los que en ciento cuarenta letras los suscriptores pueden desahogar sus odios y frustraciones convencidos de que están tomando el control. En realidad no lo están tomando, ni lo tomarán. No tienen cómo, ni siquiera caminando en bloque por las calles, gritando consignas vacías de sentido y de contenidos, desgañitándose en sus bulliciosos carnavales de tamborileros, en plan batucada carnavalesca cuya función no es otra que meter bulla para anonadar aún más a los turbados y confundir a los que intenten pensar por su cuenta, más allá de las masas reguladas por sus capataces. Es la perversa función de los nuevos chisporroteos electrónicos creados específicamente para engañar a las masas inconsistentes, así se llamen u-tube, facebook, twitter, o cualquier otro neologismo anglófono dizque tecnológico. El simulacro de la participación inmediata. Ninguno de esos parroquianos puede generar una idea en ciento cuarenta letras. Lo prueban las tonterías que garrapatean. Más les valdría lamentarse del cómo han sido neutralizados, incluso algunos a los que se debiera exigir mayor respeto por ellos mismos. El afán de figurar llenó sus almas de olvido. Y si pudieran hacerlo, opinar de modo coherente ya que no inteligente, nadie los leería. Eso sostienen los que miden las tendencias de lecturas entre el público mitopolitano. La realidad cotidiana, doméstica, la de todos los días varias veces al día, indica que los ciudadanos mitopolitanos no existen como individuos. Sólo como consumidores de basura china. Los hechos han demostrado con creces que tales sujetos sólo tienen deberes y casi no tienen derechos. Es más, todos, absolutamente todos, son sujetos de exploración e investigación en sus vidas privadas, en sus secretos e intimidades domésticas, y vilmente expuestos, perseguidos, exhibidos en la plaza pública, humillados y sometidos al escarnio público ante una jauría de odiosos perros sedientos de sangre que exigen a gritos y a golpes ejecuciones, luego de haber sido condenados por tribunales colaterales, en las cortes de la prensa amarilla. A esa contundente demostración de mediocridad nacional, hay que sumar la de los activistas y constructores de las falsas verdades o verdades ideológicamente falsas, que son figuras literarias tan bonitas como aquello de los errores involuntarios, que no valen precisamente por no haber sido voluntarios. Esos profesionales pagados contundentemente por el Estado en jugosas mensualidades que los mitopolitanos llaman “dieta”, y que se hacen llamar con apelativos tales como “honorables” o “diputados”, cobran sus recompensas como esbirros y mercenarios, amanuenses y caporales, al servicio de los intereses de sus mandantes que se mueven en los oscuros entresijos de la mafia empresaria.

Mitópolis, estaba ya previsto, se encaminaba hacia esto. Se veía venir. Un senador, también filósofo, muy contento con su creatividad, llama “tontito” a uno de los aún inocentes pero condenados sin juicio. Es el mismo senador que en una accidentada jornada en su moto de nieve mientras retozaba muy orondo en la cordillera de su región con unos amiguitos, se cayó y se hizo nanay. Iluminado por un golpe de talento, quiso engatusar a su empleador, el Senado de la República y al país, reclamando que el suyo había sido un “accidente del trabajo” y por ello había que pagarle el tratamiento médico, el lucro cesante, el seguro, el arreglo de la moto, sus vacaciones en Punta Cana, y quien sabe qué otras cosas exigía. A él nadie le trataría de “tontito”. Ninguno de los vociferantes de hoy dijo nada. ¿Qué cómo habría que haberle dicho? No “tontito”. No; se le diría más bien “pillito”, “mentirosito”, “corruptito”. En el fangal de enfrente al suyo, también sobresalen algunos de sus pares que hacen fuerzas por ocultar sus horrendos pasados.

“¿Se acuerdan de la Fundación Azul, fundada y fundida por Jaime Guzmán y sus tesoritos, mediante la que financiaban sus operaciones políticas y sus “retiros espirituosos”, en los que aprendían a obedecer y cerrar la boca?”

El flamante conductor del partido de la Dictadura, el Hernán Larraín ese, ¿se acuerdan de él? ¿Se acuerdan cuando era abogado defensor de la Colonia Dignidad, mientras ejercía como Vicerrector de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica, que estaba siendo comandada por el Capitán de Fragata (o de navío, qué más da), un tal Swett? ¿Se acuerdan que el abogado vicerrector también defendía como abogado al mismísimo pederasta, pedófilo y torturador Paul Schaffer, führer de la colonia de veraneo de sujetos tan ínfimos y primarios como un tal Manuel Contreras Sepúlveda, regalón de los monckebergs, de los edwardes, guzmanes, longueiras, kasts, colomas, bombales, novoas, corderos, chadwickes, lavines y de esa pandilla de fascinerosos, hoy circunstancialmente “honorables” y otros ya ex – honorables (la de ellos es una honorabilidad de quita y pon), que estafaron a unas inocentes e ingenuas viejitas robándoles sus ahorros, y al primer desafortunado en ganarse la Polla Gol, el famoso “maestro Cárdenas”, a quienes los aláteres del ideólogo máximo de la patota robaron su platitas mediante la Financiera “La Familia”? ¿No se acuerdan? Ése sí que fue escándalo, mucho más que este cirquillo de pacotilla, con payasos de mala muerte, insuficientes intelectuales, inmorales, sospechosos de todo latrocinio, que han armado en su total impudicia. ¿Se acuerdan de la Fundación Azul, fundada y fundida por Jaime Guzmán y sus tesoritos, mediante la que financiaban sus operaciones políticas y sus “retiros espirituosos”, en los que aprendían a obedecer y cerrar la boca? Y esto, porque ellos en ese tiempo eran el gobierno, eran la parte cívica de la dictadura cívico-militar; eran los que se enriquecieron repartiéndose las empresas del Estado (comprar y leer el libro de María Olivia Monckeberg, El saqueo de los Grupos Económicos al Estado chileno), sin pagar ni un peso, el botín de los mercenarios y los canallas, cobrado en una falsa guerra a la que ni siquiera se presentaron. Para eso tenían a su Capitán General. Como nunca leyeron la historia de su guarenera, no supieron que todos los capitanes generales anteriores fueron defenestrados del mismo modo que el suyo, y mejor aún, por sus propios antepasados, sus abuelitos, sus tatitas. Por eso, y, claro, por mucho más de lo mismo, es que Mitópolis ha sido condenada a tropezar, en cada ciclo de su escabrosa vida, con la misma piedra. Que alguna divinidad, si es que se atreve, los pille confesados cuando les llegue la hora.