Guido RomoSu boleta y dos más. El desvergonzado póquer lleno de trampas ha logrado que jugar con cartas marcadas pase a ser normal. En una cantina del Viejo Oeste no quedarían jugadores vivos, al menos ninguno de los tahúres que vivían del juego sucio y siempre ganaban, hasta que el tiro de un indignado cortaba su racha eterna de triunfos truchos.

Pero este este personaje se veía obligado a cambiar constantemente de pueblo, ya que al hacerse conocido, sus potenciales clientes o víctimas ya no se sentaban en la mesa verde a apostar con él. En algún momento no era bien visto y finalmente era expulsado del pueblo, convertido en persona non grata.

Pero un día encontró un lugar maravilloso, bien lejos –allá en el Sur– donde su especial talento no sólo era recibido sin problemas, sino que ensalzado como una especie de don (era un pueblo supersticioso) con que había sido bendecido. Y así, nuestro héroe no sólo fue aceptado, pudo al fin ser reconocido.

Y si le concedemos la capacidad de manejarse con habilidad en terrenos más retóricos, logró también ir ascendiendo en la escala social, llegando a ocupar posiciones de privilegio en su nueva comunidad. Su enorme potencial se desarrollaba no ya en la mesa del bar, sino en salones y oficinas públicas. Ya no eran cartas marcadas, eran decretos, permisos, licencias y leyes que eran manejadas por su especial talento.

Pero, fiel a la naturaleza humana, tanto éxito lo convenció de contar con un derecho natural a estar sobre los demás, a que no era él el que recibía sino el que daba, el que incluso cedía más de lo que correspondía. Todo esto debiera desembocar en su obvio desenmascaramiento, al derrumbe de esa aureola que lo protegía de la mirada de los más vulgares. Pero como muchas otras, esta historia no termina así, como debiera ser. Fue elevado al poder y ahí permaneció.