Tengo que como tengo
la tierra tengo el mar,
no country,
no jailáif,
no tennis y no yatch,
sino de playa en playa
y ola en ola,
gigante azul abierto democrático:
en fin, el mar.

Nicolás Guillén

 

Los-Molles-2B

Sin vueltas extrañas, sin giros ni mañas institucionales: mar para el pueblo boliviano.

Pero no hablamos de “Chile” ni de “Bolivia”, porque esos son los nombres de dos entelequias abstractas cuyo significado se ha fijado a lo largo de una historia donde han dominado –casi siempre– unas elites que miran, las más de las veces, hacia arriba y hacia afuera. Es hora de dejar de hablar de la Corte Internacional, de la cancillería, de los agentes, y mirar a los pueblos, a sus historias, pues no habrá mar para los bolivianos hasta que su entrega no sea un gesto auténtico de una mayoría de chilenos. Ese es nuestro deber.

Sectores de la izquierda y el progresismo podrán considerar entonces que en esta vuelta deben alinearse tras la posición oficial, y eso podrá ser más o menos entendible en la lógica institucional en que toman sus decisiones. Pero no puede entenderse que esos sectores se limiten a un respaldo –demasiado parecido a una renuncia, además–, si ello implica eludir la cuestión mayor de la integración latinoamericana.

Asunto complejo en nuestro país, además, porque hay muchos de nosotros que se han acostumbrado a sentir una banal superioridad frente a los vecinos, que se piensan “blancos” cuando somos mestizos; que se sienten europeos cuando solo estamos en un extraño y permanente camino hacia América Latina; que creen que el peruano o el haitiano que trabajan en nuestras ciudades son inferiores, sucios, ignorantes y es suya la supina ignorancia de la grandeza de los hermanos de piel cobriza. Sería doblemente grave, entonces, que liderazgos de amplia visibilidad se ubiquen en cualquier posición que pueda alentar el chauvinismo y la xenofobia que, no debemos ocultarlo, aun recorre nuestro pueblo.

La mayoría que rechaza en las encuestas el otorgamiento de una salida soberana al mar para Bolivia nos presenta un problema y demanda muchos esfuerzos de reeducación, en ningún caso un acomodo al sentido común de los sondeos. El boliviano es un pueblo hermoso, como nosotros mismos, como todos los pueblos de nuestro continente. Contradictorio, heterogéneo, cambiante, como nosotros mismos, como todos los vecinos. Pero entre las cosas que no han cambiado en más de un siglo está la privación del mar, y eso lacera su identidad de una manera que nadie debiera desearles. Restituir su acceso soberano al mar debe ser visto entonces como un acto humilde de reparación, buscando fundar nuevos términos de amistad hacia adelante.

Porque no hay razón verdadera y atendible, que no sean las convicciones viles que emanan de la voz de las elites, que haga que un pueblo le niegue a otro, a su vecino de siempre, la oportunidad de disfrutar de esa maravilla infinita y sorprendente que es el mar, que de tan majestuosa e inabarcable, su negación es solo comparable con arrebatar, a quien además ya se ha quitado parte de la tierra, la posibilidad del cielo.

Por encima de toda consideración de justicia internacional, por encima de cualquier tribunal, por encima incluso de los intereses mezquinos que pudieran albergarse en sectores de las propias elites bolivianas, ese pueblo se merece el mar, y nosotros, el pueblo chileno, a pesar de nuestros gobernantes y cancilleres, por encima de las consideraciones menores de un Estado que se reclama poseedor de una soberanía que debe residir en la gente, nos merecemos la posibilidad de ir un buen día a la frontera y llevarles, con humildad, generosidad y sin el menor asomo de superioridad, el mar. Y ahí, invitar a un amigo boliviano a que nos acompañe a la playa y se siente en una roca, como hacemos de vez en cuando con nuestras hijas e hijos, y nos quedemos un rato en silencio dejando que nos bañe la tranquila inmensidad del gran Pacífico.

Pero no podemos hacerlo, no aún, porque el mar chileno está en posesión de siete familias millonarias; porque el cobre que se reclama con voracidad de la tierra de Atacama se va en un caldo miserable a lejanas refinerías del norte para que hagan la ganancia, allá, unas gigantescas cupríferas que ni siquiera pagan un royalty decente. No, no podríamos hacer una entrega ciudadana del mar a los hermanos bolivianos porque aún prevalecen en nuestra sociedad los resultados de esas dos invasiones militares que fueron la Guerra del Guano y el Salitre de 1879-1883 (convenientemente llamada Guerra del Pacífico) y la Ocupación de la Araucanía de 1861-1883 (mal llamada Pacificación). Dos campañas que conformaron la soberanía del capital sobre esos territorios en que hoy grandes conglomerados empresariales construyen su riqueza de cobre, pescado y celulosa a costa de la felicidad de cientos de miles de mapuches, aymaras, quechuas, bolivianos y chilenos.

Devolver el mar al pueblo boliviano implica pues un acto pendiente de recuperación de soberanía del propio pueblo chileno, que solo así podrá compartir su suerte con ese pueblo hermano que se ha levantado y ha comenzado a tomar en sus manos su propia historia. He ahí un asunto importante para una futura Asamblea Constituyente.