sebastian-aylwinPara todos los que hemos sido parte del movimiento estudiantil chileno la última década la discusión en torno a la violencia que se despliega al finalizar las marchas ha sido un tema, o más bien un no-tema. Al ser un problema peliagudo, cargado de significado histórico, teórico, cultural y práctico, se evade enfrentarlo en maniobras discursivas de las cuales ya prácticamente existe un manual. Esta evasión ha tenido un fin práctico: la unidad del movimiento.

Hoy, las circunstancias del año y la madurez del movimiento nos permiten volver a plantearnos el problema. No porque sea interesante, sino porque es necesario. La reflexión es fundamental para que una organización crezca y su disputa dé frutos. Pero toda reflexión tiene un techo, llegado al cual hay que profundizar para seguir avanzando. El movimiento ha tocado ese techo y necesita resolver estas cuestiones para continuar y no ser derrotado. Quiero ensayar aquí primero una crítica a la manera en que el tema se aborda para concluir con las razones por las que creo que como movimiento debemos condenar estos hechos y evitar que sucedan.

Partamos bien atrás. Una de las numerosas investigaciones de Marx fue motivada por un hecho bien particular que llamó su atención. Vio que las sociedades modernas le atribuían a la mercancía características especiales, casi mágicas. A diferencia de muchas cosas con las que nos relacionamos, a la mercancía se le atribuye tener un valor en sí mismo, al punto que la personalidad humana quedaba caracterizada por las mercancías a las que podía reclamar su dominio. A esto le llamó “fetichización” de la mercancía. En términos lógicos, la fetichización consiste en invertir los términos gramaticales de la oración, haciendo del predicado el sujeto y viceversa. Para Marx esta inversión se da en la relación entre producción y mercancía. El brillo enceguecedor de la mercancía impide ver las relaciones sociales detrás de ella: el trabajo de hombres y mujeres.

Algo similar ocurre con la violencia como forma de acción en el debate de la izquierda. Pareciera que se puede discutir sobre la violencia como medio en sí. La pregunta que se formula es si la violencia es legítima como medio, pero se invisibiliza la cuestión fundamental: medio para qué y sobre todo, para quiénes. Lo espectacular del momento mismo de la violencia impide ver la relación social detrás de ella. Puesta así la pregunta -el acto de violencia- permite respuesta absolutas. Desde una perspectiva moral se condena toda forma de violencia -que en la práctica significa soportar la violencia de quien no tiene problema en ejercerla, negando incluso la legítima defensa- y desde el realismo se le transforma en un método neutro -todas las formas de lucha son válidas. Esta discusión nuevamente oculta el “quién” del asunto: los hombres y mujeres que viven, ejercen o soportan la violencia.

Lo que diferenció a Gandhi o Mandela de meros apologistas de la paz fue su vocación política, es decir, sabían lo que querían y propusieron para ello un camino concreto. La paz convocó a hombres y mujeres a una lucha contra el imperialismo, mostrando la irracionalidad de este último, y a su vez consolidó las bases para la construcción de una nación. La violencia para ambos fue una opción real y existente, pero defendieron su incapacidad de ganar y de construir con ella. Pero la relación entre paz y violencia no es simétrica, el testimonio de pacifistas y humanistas que empuñaron armas en la guerra civil española o sostuvieron la resistencia contra el nazismo en la Francia ocupada son hermosos ejemplos.

El movimiento estudiantil chileno de la última década ha sido un fértil semillero para revivir y rediscutir la izquierda, estableciendo cimientos para reconstruir este proyecto político, con todo lo liberador de su historia y aprendiendo de los errores que el pasado nos enseña. Por tanto, el problema de la violencia en las marchas debe ser abordado sin atajos o salidas de compromiso que se escabullan de forma inexplicable para la sociedad con el pequeño beneficio de no acrecentar diferencias al interior del movimiento.

En concreto, comparto aquí las razones por las cuales creo que el movimiento estudiantil debe rechazar la violencia que se ha ejercido en ocasión de las marchas contra bienes y personas -salvo la legítima defensa ante el abuso policial-, y todas las organizaciones del movimiento, que buscan organizar y conducir la acción del mismo, deben contribuir a que estos hechos no se produzcan:

1. Una posición respaldada por la mayoría social reprimida desplaza el problema de la legitimidad al gobierno. Hoy el movimiento estudiantil sólo con una posición mayoritaria de amplia representación social desarma la estrategia de represión del gobierno. Haciendo la acción de este último irracional (reprimir un movimiento de creativo, que goza del apoyo de la sociedad). Pero la violencia restringe nuestra base de apoyo y hace posible la represión como respuesta legítima del gobierno al movimiento.

2. Estos hechos ponen al movimiento contra la sociedad. No son actos atribuibles a una defensa ante los abusos del sistema, sino que aparece -con independencia del móvil personal- como rabia mal dirigida contra la propia sociedad, contra personas que tan víctimas de este sistema como nosotros.

3. El movimiento ha logrado autonomía de la política existente, para ello ha sido fundamental la construcción de una orientación distinta a la que ofrecen los partidos políticos tradicionales. Estos hechos, al expresar un desborde de las organización que el propio movimiento se da (Centros de Estudiantes, Federaciones y Confederaciones) ponen en duda la posibilidad real de una política fuera de la actualmente existente.

4. La mayoría de estos hechos constituyen un acto de vanguardismo que amenaza la democracia interna del movimiento. Como estudiantes nos ha caracterizado el celo con el que resguardamos la democracia interna, velando para que los dirigentes se atengan a lo decidido colectivamente y no a sus opiniones personales o las de sus organizaciones políticas -las que, como una opinión más, deben ser consideradas en las instancias democráticas. Pero la violencia ejercida al final de una marcha no se somete al escrutinio del movimiento y este mero hecho debiese ser condenado. Nadie puede actuar a nombre del movimiento sin someterse a su democracia.

5. Abren un significativo flanco de exclusión por parte de los medios de comunicación, partidos políticos e intelectuales que hoy han cerrado filas contra todo movimiento social que tenga un programa alternativo al actual sistema. Adicionalmente nos somete a una cancha donde no existe posibilidades de avanzar y discusiones que distraen la centralidad del movimiento.

 

En función de estos argumentos, sostengo que todos debemos contribuir a que las próximas marchas no terminen con hechos de violencia contraproducente con la lucha por derechos sociales que el movimiento estudiantil está llevando a cabo. Los dirigentes, con un llamado explícito, las organizaciones, mediante la conducción que ejercen, cada uno, con sus convicciones y voluntad.

 

* El autor es director de Fundación Nodo XXI y militante de Izquierda Autónoma