La gran mayoría de los hombres tiene escasamente desarrollado su lado femenino y rechaza cualquier insinuación o solicitud sobre explorar y expresar este lado de la vida y su sexualidad. Sin embargo, la gran mayoría de las mujeres tiene potencialmente desarrollado su lado masculino, lo exploran e incluso lo buscan, muchas veces obligadas por las dificultades que supone ser mujer en una sociedad patriarcal en crisis, en las que el sexo XY con frecuencia no asume todas sus muy patriarcales obligaciones, como traer el mamut para cocinarlo, proteger a la hembra y los cachorros con su vida si es necesario, construir la vivienda y estar dispuesto y vigoroso para el apareamiento, pero el sexo XX debe asumir todas las suyas más aquellas que su debilitado XY no es capaz o no quiere asumir.

Hombres proveedores, que críen solos a sus hijos, que piensen y hagan varias cosas al mismo tiempo y que además quieran sexo con frecuencia, hay muy pocos. Pero mujeres que hacen lo mismo son miles.

El sexo mal llamado débil, es débil solamente en cuanto a masa muscular. El llamado sexo fuerte, lo es en desarrollo muscular y en poder en la sociedad: la masa muscular, en tiempos de la inteligencia y de las cibermáquinas no parece ser una ventaja muy relevante; y el poder masculino en la sociedad es heredado culturalmente, con poco mérito si se quiere para estos “dominadores”, que sólo se deslizan gratuitamente sobre una cultura de dos mil años de patriarcado.

Así de fácil las cosas para los machos, no hay mucho incentivo para desarrollar los lados femeninos y si se le agregan las reglas, los embarazos, los partos y las crianzas, menos, muchos menos.

Pero no es este el fondo del asunto. Estos son solamente los aspectos prácticos del problema, importantes por cierto, de hecho muchas veces son la diferencia entre ser feliz y no serlo, tener oportunidades o no tenerlas, tener orgasmos o no tenerlos, e incluso vivir o no vivir, como sucede en algunas culturas religiosas de machismo vesánico. O en en nuestro mismo país, en que el machismo alcohólico termina en la muerte de muchas mujeres al año.

Y salvo a hombres machistas, conservadores, limitados y abusadores, todo esto parece no beneficiar a nadie. Todo muestra que es mucho más lo que el conjunto de la sociedad pierde que lo que evolutivamente y en cuanto a felicidad gana al mantener esta situación. Sin embargo los cambios liberadores avanzan a paso de macho viejo, renuente y rezongón.

¿Por qué? ¿Por qué en los actuales estados de la ciencia, del desarrollo tecnológico, al borde casi de dominar la materia, la luz, el espacio-tiempo, etc., seguimos apegados a esta estupidez que mantiene aherrojadas no solamente a las mujeres, sino también a los hombres, presos en su machismo castrador?

Desde una mirada psicológica y una perspectiva individual que permita a cada uno hacer algo efectivo, sin esperar soluciones macro que se hagan cargo de lo que uno mismo debe hacer, debemos pensar en el miedo. El miedo, junto con la angustia del sin sentido original de la vida y con la certeza única y paradojal que es el morirnos, ha sido uno de los pilares de la humanidad.

El miedo inventó dioses, armas, cuevas, sistemas de dominación, apegos y amores. El miedo nos mantiene consumiendo sin parar y destruyendo compulsivamente la nave madre en la que viajamos por el universo, y el miedo a lo único que nos mantiene vivos y nos puede salvar, que es el cambio, es el que mantiene el patriarcado y la heteronormalidad fundamentalista como principio rector de los que somos íntimamente y de la manera en que nos relacionamos.

Es el miedo de los hombres a ser mujeres.

Veamos el mecanismo psicológico subyacente.

El miedo es una reacción natural y sana, de sobrevivencia y auto cuidado, pero como todo comportamiento humano, cuando se desequilibra, cuando se hace permanente y exagerado, cuando se transforma en una parte rígida de nosotros mismos, se convierte en lo contrario: es perjudicial, limitante, altera las percepciones, distorsiona lo que vemos y lo que hacemos, nos confunde. Esta rigidez es la esencia de lo que conocemos como neurosis. Y atención, vale tanto para el miedo como para la osadía.

¿El miedo se siente frente a lo que creemos que nos puede dañar, sea esto cierto o no, y a lo que las experiencias fueron asociando a daños o emociones fuertemente negativas. Por qué entonces podrían los hombres sentir miedo a contactarse con su lado femenino y a desarrollarlo? La primera respuesta es obvia y externa: el poder político, económico y doméstico lo tienen los hombres, ser mujer es difícil y en demasiados casos es incluso peligroso. En la actualidad y en nuestro país en particular, no sólo existen minorías discriminadas, sino también esa gran mayoría que son las mujeres –y bueno, los pobres, que son gran parte de la población y dentro de los cuales las mujeres se llevan la peor parte. Considerando estas prácticas realidades, es muy comprensible que los hombre no quieran desarrollar su lado femenino: no conviene acercarse a ese lado.

Pero el motivo psicológico profundo de toda esta tontería patriarcal y machista es mucho más que su externalidad sociocultural: es el miedo de los hombres a sentir dentro de sí mismos lo femenino, a ver como placenteras y desear cosas que consideran propias de mujeres. Y mientras más intensos estos deseos, más miedo. Y mientras más miedo, más rechazo y agresión, más neurosis, más machismo.

En la intimidad sexual, ya sea individual o con su pareja mujer, los hombres estrechan así sus posibilidades, cercenando experiencias y placeres posibles relacionados por ejemplo con la pasividad, la dulzura, la ternura y con el placer erógeno de ciertas partes del cuerpo que el hombre mentalmente reprimido ve como propias de mujeres.

La experiencia de besar largamente, como un placer en sí mismo y no como un medio para llegar a lo genital, es una de ellas.

La sensibilidad en sus atrofiados pezones, orejas y cuello, es otra olvidada por la mayoría de los hombres.

La tremenda fuente de placer que puede ser la zona perianal y el ano mismo, inervados y preparados para el placer por igual en los hombres que en las mujeres, les provoca horror a la mayoría.

Y la comunión afectiva y amorosa, después de la cópula, ese bello momento de encuentro con el otro y de vuelta al presente y a lo humano luego de haberse perdido en la sangre palpitante de algún remoto ancestro animal.

El muro más fuerte que sostiene al machismo es el propio miedo, individual y profundo: es el miedo a ser por un momento un poco mujeres. A ceder el poder, el rol, a estar expuestos sin la coraza protectora que inconscientemente brinda la horda depredadora del club de Tobi.

El machismo es el miedo de los hombres a ser mujeres, a aceptarse a sí mismos también como mujeres. A aceptar y valorar dentro de sí mismos lo femenino, ya sea en el trabajo, en la cocina, en la mirada de la vida o en la cama.