Marco-Enríquez-OminamiLa semana pasada se anunció la celebración en Chile de la primera Copa América de Pueblos Indígenas durante el próximo mes de julio. Frente a una iniciativa tan positiva no cabe sino felicitar lo atingente de comenzar a pagar simbólica y concretamente la inmensa deuda hacia los pueblos originarios de Chile y América. Un torneo de fútbol que reúne a selecciones indígenas de Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, México, Paraguay, Perú y Chile representa mucho en cuanto a la visibilización de los habitantes originarios de nuestro continente y la permanente lucha por su reconocimiento. Sin duda, eventos como este distan mucho de aquellas voces que  en el pasado esgrimían  la Ley Antiterrorista como instrumento para el relacionamiento con el pueblo mapuche.

Sin embargo, en el camino para que nuestras etnias ancestrales sean correspondientemente reconocidas en este Chile multicultural, nos encontramos otra vez con ese muro franqueable que es la Constitución Política que nos rige, pero no nos representa. Una Asamblea Constituyente, que represente nuestra multietnicidad, institucionalizaría a través de una nueva Constitución la realidad de los pueblos que conforman el país.

El deporte como práctica debe ser conceptualizado como un derecho y una necesidad que no puede ser ajeno a los pueblos fundadores de nuestra América. El juego de la pelota en tiempos prehispánicos constituía un valioso espacio ritual, pero también permitía la formación de lazos comunitarios, la transmisión de conocimiento ancestral y el uso y aprovechamiento de los espacios de encuentro públicos.

Las culturas, religiones, cosmovisiones y lenguas que conviven en Chile y en el continente tendrán la oportunidad de participar de una competencia deportiva que cuenta con el apoyo de los gobiernos, evidenciando una nueva etapa en el relacionamiento de los Estados hacia los pueblos que lo conforman. Ojalá esta Copa despierte el mismo entusiasmo mediático que la de fútbol profesional, y el público comprenda el honor que constituye ser los primeros anfitriones de un torneo simbólicamente y políticamente tan relevante.