Existe una curiosidad más que lógica en América Latina en general y en Chile en particular sobre el fenómeno Podemos y las consecuencias o la aplicabilidad que sus campañas puedan tener en la región. Con frecuencia, de manera tal vez inconsciente, se desliza un relativamente velado eurocentrismo en la, por otro lado merecida, admiración que provoca el éxito electoral del partido español. Conviene, en este sentido, aclarar que la emergencia de Podemos es inexplicable sin sus orígenes latinoamericanos y recordar que no todo viene de Europa y que Pablo Iglesias y los suyos encontraron su primera inspiración en los movimientos sociales y los gobiernos “post-neoliberales” de la región, es el “laboratorio latinoamericano”, para utilizar la expresión acuñada por Franck Gaudicheau, el que inspira en buena medida la potencia política de Podemos.

A menudo se hace referencia al hecho de que la mayoría de los fundadores del partido –Monedero, Bescansa, Errejón, Iglesias y otros—ejercen o ejercían su actividad docente en la Universidad Complutense de Madrid, pero es igualmente importante señalar su conexión con la fundación CEPS (Centro de Estudios Políticos y Sociales), un think tank cuyas actividades se han desarrollado por cerca de dos décadas primordialmente en América Latina. Cuando las élites políticas españolas se dedicaban –Felipe González a la cabeza—a promocionar la Transición a la democracia en España como modelo de exportación para América Latina y el bipartidismo parecía estar sellado a sangre y fuego sobre un pacto de olvido e impunidad en España, el EZLN levantaba su grito indígena de dignidad rebelde contra la doxa neoliberal y el “consenso de Washington”. Es, en primer lugar, el estallido Zapatista de 1994 y más tarde la victoria electoral de Chávez en las elecciones de 1999, lo que fuerza a los hoy miembros del Consejo Ciudadano de Podemos a volver la mirada hacia América Latina, una región que, con la integración de España a la Unión Europea, había quedado mayoritariamente olvidada en la retina de la mayoría de los españoles. El zapatismo y, sobre todo, la ruptura del consenso de Washington iniciada por la revolución bolivariana en Venezuela que después se extiende a Bolivia, Ecuador y en distinta medida a Argentina y Nicaragua hacen posible lo que en ese momento era imposible e impensable en España: salir o intentar salir de las políticas neoliberales, recuperar el rol regulador y redistributivo del Estado. En este sentido, no hay que perder de vista que Iñigo Errejón, Pablo Iglesias o Juan Carlos Monedero, se desempeñan como asesores de los gobiernos de Chávez, Evo Morales y Rafael Correa y que Luis Alegre Zahonero es autor, junto a Carlos Fernández Liria, de un libro, Comprender Venezuela, pensar la Democracia. El colapso moral de los intelectuales occidentales (2006) que levantaría muchas ampollas en la bienpensante progresía eurocéntrica española por su defensa del proyecto bolivariano.

Por tanto, cuando la flamante nueva alcaldesa de Ahora Madrid, Manuela Carmena, dice que va a gobernar sobre todo escuchando a la ciudadanía hay que ver claramente en sus palabras ecos de la lección zapatista  –el “mandar obedeciendo” o el “detrás de nosotros estamos ustedes”–  y cuando observamos la insistencia de Podemos en centrar su campaña en la regeneración  política y en la defensa de la democracia es inevitable pensar en la primera campaña electoral de Hugo Chávez y en el Movimiento V República que liquido el bipartidismo hasta entonces imperante de adecos y copeyanos sin declararse abiertamente socialista. A menudo se insiste en los modos en que Iñigo Errejón se inspira en La razón populista de Ernesto Laclau, pero creo que es igual o más importante su participación como asesor en varias campañas electorales chavistas: es la lucha de los pueblos la que inspira la teoría y no al revés.

Entonces, si las conexiones de Podemos con el laboratorio latinoamericano son tan estrechas, ¿por qué no aparecen de manera más decisiva en el discurso de sus líderes? ¿Por qué no han hecho o mejor dicho han dejado de hacer una defensa pública más explícita de lo que aprendieron del otro lado del Atlántico? Creo que esto se debe en parte a la campaña de acoso y derribo a la que son sometidos los miembros de Podemos por parte de los medios hegemónicos (particularmente los asociados a la derecha) y en parte a la difícil situación por la que atraviesa el gobierno Venezolano de Nicolás Maduro en este minuto[1]. Me da la impresión que la defensa de estos procesos de cambio en Latinoamérica, la pedagogía política que podría exigírsele a Podemos en otras circunstancias se hace muy difícil dada la concentración de medios que existe en España.  Ahora bien, una cosa es el silencio de los miembros del partido  –la estrategia política si se quiere—y otra cosa es la genealogía histórica que podemos trazar quiénes apoyamos desde fuera los procesos de cambio que encabeza Podemos. En este sentido, creo que es fundamental, para evitar la mirada inconscientemente colonial, situar la emergencia de Podemos en el contexto de la ola de cambio que se inicia en América Latina con la victoria de Hugo Chávez en las elecciones de 1999.

Con eso, no quiero tampoco sugerir que Podemos sea simplemente un epifenómeno de la política latinoamericana, pues el otro factor endógeno que explica su fulgurante éxito es la emergencia del 15-M y de las distintas mareas ciudadanas en defensa de la educación y la salud pública y de la vivienda. Cabe recordar que las políticas austericidas emprendidas por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero primero y continuadas después por Mariano Rajoy   encontraron tanto a los dos grandes sindicatos nacionales UGT (Unión General de Trabajadores) y CC.OO (Comisiones Obreras) como a los partidos de izquierdas, especialmente Izquierda Unida, totalmente desarmados e incapaces de ofrecer respuestas y resistencia a la apisonadora neoliberal del Estado. Es la rebelión pacífica y popular de las y los indignados la que llena la Puerta del Sol de Madrid el 15 de mayo del 2011 y otras plazas a lo largo del mismo año. El movimiento 15-M inventó un lenguaje nuevo y una manera de hacer política más horizontal y participativa y, sobre todo, le dio un impulso decisivo a la unificación de toda una serie de luchas (feministas, ecologistas, estudiantes, asociaciones barriales, anti-capitalistas,etc.) que hasta ese momento habían permanecido aisladas unas de otras.

Mientras tanto, a los pocos meses, el Partido Popular ganaba las elecciones con el triste binomío mayoría absoluta-abstención masiva y bien reprimía las manifestaciones del 15-M bien se burlaba de los participantes de la misma con epítetos como “perroflautas” (designación para-racista que define al estilo hippie de algunos participantes en estas protestas”), porque no percibía a estos movimientos como una amenaza. Después las políticas austericidas continuaron hasta límites intolerables –continuaron los desahucios y sus suicidios, la malnutrición infantil batió records, la sanidad y la educación siguieron privatizándose y el paro nunca bajo del 20%– y el 15M mantuvo sus banderas apartidistas de lucha y a la vez mutó en mareas blancas en defensa de la sanidad, mareas verdes en defensa de la educación y por supuesto el trabajo heroico de la PAH (la Plataforma Afectados por la Hipoteca) liderada por la hoy alcaldesa de Barcelona, Ada Colau.

A mediados del 2014 parecíamos haber llegado a un impasse: la protesta contra el ajuste fiscal brutal continuaba en la calle y el gobierno seguía haciendo oídos sordos o criminalizando la protesta como sucedió con “Alfon”, un joven de la periferia obrera de Madrid, acusado falsamente por la policía de delitos de terrorismo. Corresponde a Podemos el mérito indiscutible de haberse dado cuenta de que la política transformadora sólo podía salir de este callejón sin salida recurriendo otra vez a la “forma partido” y organizándose para tomar el poder y romper con el bipartidismo salido del régimen del 78, año en que las cortes salidas del franquismo aprueban la constitución vigente. Más que el cacareado “significante vacío” que define, según Laclau y Mouffe, la democracia radical y el populismo, creo que es la lectura atenta de Gramsci desde la calle la que permite a los líderes de Podemos hegemonizar la protesta social y abrir una grieta considerable en los mecanismos de dominación instalados desde la Transición. Corresponde también a Podemos y a Pablo Iglesias el mérito de haber sacado a la izquierda de su autismo político y haberles puesto frente a su propio miedo al poder y a su vocación de marginalidad. Muchos sectores de izquierda, tanto en movimientos sociales como en partidos revolucionarios , conciben el poder de manera pecaminosa haciéndose eco de los postulados de John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder. Preferir tener razón y seguir siendo marginales antes que atreverse a tomar el poder y mancharse las manos con sus aspectos más abyectos.

Ahora bien, Podemos es, a la vez, inexplicable sin los movimientos sociales en general y sin el 15-M en particular, Podemos puede ser, para apropiarnos de la siniestra metáfora de Efráin Ríos Mont, el pez que represente el cambio, pero el movimiento 15-M y las mareas y la plataforma son el agua, unos y otros están en una relación simbiótica, conforman los extremos inconmensurables de la transformación social en España hoy. Hasta qué punto esto es así puede simplemente comprobarse retrotrayéndonos a las elecciones europeas del 2009 en las que Izquierda Anticapitalista — la formación que le presta el andamiaje partidista a Podemos en el 2014 para presentarse a las Europeas– obtiene el 0,13% de los votos frente al casi 8% de la nueva formación de Pablo Iglesias. ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿El carisma de los líderes? No lo creo, lo nuevo es que Podemos puede subirse a la ola del 15-M y de los nuevos movimientos sociales anti-austeridad, cosa que Izquierda Anticapitalista no podía hacer.

En este sentido, creo que es necesario señalar que la dirección de podemos ha oscilado ambivalentemente entre organizarse como un partido tradicional con su vanguardia y sus bases o reinventar la “forma partido” abriéndola a las distintas formas de participación democrática inventadas por el 15-M y los movimientos sociales. Este residuo vanguardista, unido a las fuertes presiones electorales y los ataques de la “casta”, ha hecho que, por momentos, la nueva política pudiera reducirse a cambios meramente semánticos (“Consejo ciudadano” por  “Comité central” y “círculos” por “bases”) que envolvían la misma cadena de transmisión vertical de poder y representación que define a los partidos capitalistas tradicionales. Esto explica las tensiones y fracturas con el grupo de Pablo Echenique en Aragón o con el grupo de Izquierda Anticapitalista de Teresa Rodríguez en Andalucía, así como la salida de Juan Carlos Monedero del liderazgo del partido, probablemente hastiado de una política  demasiado tecnocrática y organizada a golpe de encuestas electorales. En este sentido, creo que la gran lección de las pasadas elecciones municipales es que  Podemos sólo con su marca no puede, pero con los movimientos sociales sí y viceversa. Los lugares donde Podemos va a poder gobernar son aquellos (Barcelona, Madrid, Cádiz) donde se presentaba con plataformas ciudadanas (Ahora Madrid, Barcelona en Comú) levantadas con alto grado de participación de los movimientos sociales y con estructuras horizontales de poder. La receta del éxito es, por tanto, la confluencia del partido Podemos con el tejido social de los movimientos sociales y no una cosa o la otra solas.

Hay aquí también otra gran lección que aprender de los procesos de cambio en América Latina. Cuando los movimientos sociales llegan al poder, como es el caso del MAS en Bolivia, y se vuelven hegelianos, es decir, cuando asumen que su presencia en el gobierno transforma mágicamente al Estado en síntesis de todos los antagonismos sociales, tienden a no socializar el poder y generan anticuerpos en los esas mismas colectividades que les llevaron al poder. Esto es, sin duda, lo que sucede en Bolivia alrededor del conflicto del TIPNIS entre movimientos indígenas y Estado. Cuando el Estado no escucha y queda atrapado en la lógica espuria de la representación, las transformaciones sociales se detienen; y a la vez, cuando los movimientos sociales fetichizan su autonomía por encima de los límites de la realpolitik sucede lo mismo. El estado y la economía tienen tiempos y demandas que, en muchas ocasiones, aparecen fuera de sincronía con los tiempos y demandas de los movimientos sociales, el desafío es ser capaces de habitar la temporalidad múltiple y heterogénea en sus distintas territorializaciones.

En este sentido, creo que, tanto en España como en América Latina, vivimos en un umbral en el que las viejas y nuevas formas de la política deben convivir en una tensión creativa. Hoy en día parece imposible aspirar a transformar la sociedad sin pasar por la “forma partido” y por la toma del Estado por la vía electoral y de la movilización de masas y, a la vez, la “forma partido” y la toma del Estado son completamente inútiles si no se socializa el poder y se aspira a desmontar el Estado potenciando la autonomía los movimientos sociales y de la participación ciudadana en la toma de decisiones. En el caso de Chile, los dos extremos inasibles de estas posturas los representan Gabriel Salazar con su insistencia en abandonar completamente cualquier política partidista (incluso las protestas en la calle) para dedicarse a la construcción de la autonomía política a través asambleas constituyentes, y el Partido Comunista que insiste en reducir la política a la forma-partido y la participación en el poder del Estado, incluso en la actual coyuntura en que el gobierno de Michelle Bachelet parece haberle dado la espalda completamente a los movimientos sociales, sumido como está, en el marasmo de la corrupción y los vínculos estructurales entre dinero y política.

Cada pueblo tiene su propia historia, sus propias idiosincrasias y sus propios caminos que recorrer, pero precisamente porque el capitalismo y la modernidad colonial nos han unido de maneras asimétricas podemos aprender unos de otros con respeto, sabiendo, como afirma Gaudicheau, que “lo que está en juego es el difícil paso de poderes constituyentes a poderes constituidos,  y los métodos de articulación entre democracia directa, participativa y representativa, entre espacios de deliberación y de decisión: en definitiva, la cuestión clásica de la “soberanía” del pueblo, ¿Esta construcción-destrucción-creación debe desarrollarse totalmente externa al Estado (para echarlo abajo) o bien como emergencia combinada de formas externas y de un impulso procedente de instituciones gubernamentales?”[2] That´s the question, y la respuesta debe ser colectiva, porque la historia es nuestra y la hacen los pueblos.

[1] Sobre la actual coyuntura del gobierno venezolano recomiendo una interesante entrevista de Salvador López Arnal al militante venezolano Roland Dennis, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=199884

 

[2] Franck Gaudicheau. Emancipaciones en América Latina. Quito: Instituto de Altos Estudios Nacionales, 2013, p.30.