Captura de pantalla 2015-07-16 a la(s) 3.28.35Me lo imagino sentado y exaltado. Extasiado, rabioso, tronante. Indignado. Cigarrillo encendido en medio de la penumbra. Lapicera en mano. Papeles… muchos papeles, montones de notas escritas y reescritas. Ceñudo y certero. Uribe Arce, allí. Vivo Armando, quiero decir creando, conjugando y construyendo un castillo de letras. Una fortaleza que pone en forma sus fuerzas montando un ejército. Palabra tras palabra. Desenfundando su diatriba vehemente, mejor dicho indispensable. Estratégicamente convirtiéndola en un ajuste de cuentas histórico, necesario, imprescindible.

La “Carta Abierta…” (Planeta, 1998) que el poeta nacido en Santiago hace más años de lo necesario escribe al democratacristiano Patricio Aylwin, presidente de Chile entre los años 1990 y 1994, cuya figura se nos muestra en la epístola como la transfiguración, la humanización de la hipocresía que sostiene al totalitarismo del mercado imperante en Chile bajo un régimen llamado “democrático”, eternamente transicional; es perfectamente extrapolable a la actual situación que se genera en el país tras el llamado que realizó Bachelet a practicar, en lo que queda de gobierno, un “realismo sin renuncia” que permita empujar las reformas en un contexto económicamente desfavorable, es decir, presupuestariamente deficiente para poder cumplir aquellas promesas por las cuales fue electa como Presidenta.

Frase hecha que nos remite a la “medida de lo posible” aylwiniana. Marca de nacimiento de lo que se nos muestra hoy como “realidad”. De lo que es y ha sido nuestra realidad como país. “Lo posible, la medida. Mesurado, mensurador de males y de bienes, de mediocridades” dirá Uribe a la figuración del objeto de su carta. Al destinatario, cenit de “hombre público”, vale decir, del político chileno anatemizado por el jurista oscuro, maldito y, a la vez o quizá por lo mismo, bendito.

“Fueron y siempre se creen realistas, de real-política, empíricos, anti-testimoniales y hasta geopolíticos, con ‘visión de futuro’ sobre su ‘proyecto país’, los ‘creativos de la imagen país’. Son miopes, turnios, ahistóricos, realistas no, sino cuasi-monárquicos que aman en su ignorancia los despotismos ilustrados, practican el racismo ordinario y odian los amores y el amor, se placen de la muerte”. ¿La muerte de quién?, ¿La muerte de qué?… La muerte de la política –podemos asegurar ahora.

La política en Chile, digámoslo claramente y ya sin discursos eufemizadores, murió después del Golpe de 1973. Con la contrarrevolución capitalista. Con el desmantelamiento, material y simbólico del proyecto que significó la Unidad Popular. Se pulverizó el Estado y, con la receta neoliberal en una mano y la metralleta en la otra, se configuró un nuevo orden, un nuevo poder, una nueva nación y, desde fines de los 80, una nueva política, ahora construida desde el mercado, para el mercado. Una post-política, sui generis, que paradójicamente no es otra cosa que el esfuerzo permanente y sistemático por anular la fuerza desestabilizadora de lo político, de aquello que cambia los parámetros, los límites de lo que se considera “posible” en un momento determinado histórica y socialmente. El verdadero acto político, dirá Slavoj Zizek siguiendo a Rancière y renunciando de paso a cualquier realismo, no es simplemente cualquier cosa que funcione en el contexto de las relaciones existentes, sino precisamente aquello que modifica el contexto que determina el funcionamiento de las cosas.

Pero la política antidemocrática a la que nos referimos aquí apunta justamente en contra de esto. Ella tiene como objetivo la despolitización o, en otras palabras, la exigencia irrenunciable de que las cosas vuelvan a la “normalidad” intentando neutralizar la dimensión inherentemente traumática de lo político. Cada cual en su lugar mediante la represión de lo propiamente político en virtud del funcionamiento del núcleo que según la ideología neoliberal sostiene a la sociedad y la permite, a saber: el mercado.

La “real-política” a la que se refiere Uribe no es otra cosa que la “post-política” y su actualización en el llamado de Bachelet al “realismo sin renuncia”. Carta de navegación de la renovada Nueva Mayoría. De la “nueva” Nueva Minoría. Así las cosas, ¿estamos condenados a movernos exclusivamente dentro del espacio de la hegemonía o seremos capaces, alguna vez, de interrumpir su mecanismo mediante la limitación del mercado, es decir, de la subordinación del capital al control social en un acto necesario de radical re-politización de la economía? Esta interrogante es la que de aquí en más tensará la relación entre el sistema político y los actores sociales que demandan cambios reales en el Chile actual. A esta interpelación constante es a la que se verá enfrentada la coalición de gobierno en el “segundo tiempo” de Bachelet