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Una de las principales capacidades de los grupos dirigentes – como forma de expresión de su hegemonía – consiste en definir las condiciones en las que se desarrolla el debate público y la disputa política dentro de las sociedades. En este sentido, es pertinente poner en tela de juicio la mera noción de realismo, en cuanto a que no está ajena a estas capacidades y condiciones. Dicho de otra forma, los grupos dirigentes – en este caso empresariales y políticos – son tales en la medida que son productores de “las fronteras de la realidad”, lo que les permite discriminar aquello que está dentro o fuera de ella, y administrarlas conforme a sus necesidades e intereses.

Lo que se ha convertido en uno de los principales repertorios utilizados por el gobierno de Michelle Bachelet y la Nueva Mayoría para el “ajuste programático” y la justificación de su giro conservador, como para el desarme de la izquierda en su interior. Y que se resume en la expresión “realismo sin renuncia”, lanzada para el inicio del “segundo tiempo” del mandato presidencial y desarrollada en el cónclave oficialista del día lunes.

De esta forma la noción de realismo – al carecer en sí misma de significado – se ejemplifica en un conjunto de afirmaciones que la dotan de especificidad, entre las que destacan: Que no existen fuentes de financiamiento de las reformas distintas a la capacidad ya instalada del Estado y los precarios ingresos provistos por la Reforma Tributaria – ignorando los nudos críticos de las actividades económicas estratégicas y la concentración del ingreso y la propiedad -, que no es posible aumentar  de forma significativa el gasto público en contexto de desaceleración, y que no es prudente ni viable una Nueva Constitución Política en el actual mandato presidencial o hacerlo sin el protagonismo bicameral – a pesar de ser los actores e instituciones políticas con mayores niveles de rechazo en la población -; lo que se corona con una particular caracterización de la crisis política como una de confianzas – y no así de legitimidad – lo que implica más diálogo y consensos, ya sea con los actores empresariales como con la oposición política de derecha.

 Así “dentro de la realidad” se encuentran la subsidiariedad del Estado, la disciplina fiscal, la “prudencia constitucional” y la “política de los consensos”, y, por ende, “fuera de ella”, el control público de las actividades económicas y nacionales estratégicas, los derechos sociales, la Asamblea Constituyente, y la confrontación con la élite económica y política. Lo que es coincidente, por un lado, con la asimilación de la trayectoria del neoliberalismo y la democracia protegida, y por el otro, con la exclusión de los planteamientos centrales que han realizado sistemáticamente amplios sectores de la población.

Dicho más concretamente, que no hay realidad – ni márgenes de decisión y acción – fuera de los pilares que han regido a Chile durante más de 30 años. Comprensible y aceptable para sectores como la Democracia Cristiana y el Partido Socialista – en su indiscutible compromiso con estos pilares -, pero no así para la izquierda al interior del gobierno y la Nueva Mayoría, que justificó su ingreso y permanencia sobre la base de la materialización y profundización de un programa que estimaron apuntaría en dirección contraria. Menos aún para el Partido Comunista, en consideración de su historia y contribución de su militancia para la superación del neoliberalismo y la democracia protegida.

Así para la izquierda oficialista no ha habido “realismo sin renuncia”, ni solo la disminución de las expectativas de cumplimiento del programa de gobierno – representada en los anuncios que equiparan el inicio del “proceso constituyente” a “educación cívica constituyente” o que reducen la gratuidad en educación superior a un 50% de los estudiantes más vulnerables -, sino la aceptación de un “realismo” que supone inevitablemente la renuncia en uno de los campos estratégicos de la disputa política: El de las ideas fundamentales que apuntan a ordenar la realidad, tanto explicación, sentido y posibilidad.

Realismo conservador y renuncia política que expresan el desarme de la izquierda oficialista, en cuanto a capacidad efectiva de tensión e incidencia respecto del sentido y obra del gobierno y la Nueva Mayoría, de acuerdo a los objetivos que se propuso originalmente y que esgrimió para su integración. Fracaso de una táctica política de la que se extrae una premisa relevante: Que no es posible un triunfo o avance significativo – desde la perspectiva de una política de cambios profundos o transformaciones estructurales – sobre la base de la asimilación pasiva de las condiciones del debate público y la disputa política – como de las fronteras de realidad – definidas y producidas por los grupos dirigentes del orden que se pretende modificar o superar.

Desarme que no solo es representativo de las limitaciones de los sectores que han asumido esta apuesta, sino también de la precariedad del conjunto de la izquierda y las fuerzas políticas y sociales transformadoras de erigirse como protagonistas y conductoras de un escenario que les ofrece importantes oportunidades. Y que delimita, a su vez, uno de sus principales desafíos: Producir e imponer un “nuevo realismo”, a contrapelo del giro conservador del gobierno de Michelle Bachelet y la Nueva Mayoría, basado – entre otros aspectos – en la experiencia material de que lo que se encuentra “fuera de la realidad” no son los anhelos y demandas de amplios sectores de la población, sino la pretensión de realizarlos en las condiciones definidas por el neoliberalismo y la democracia protegida, y la realidad producida por sus únicos beneficiarios: La élite empresarial y política, mancomunada en necesidades e intereses.

“Nuevo realismo” donde no solo tienen cabida contenidos programáticos de auténtico alcance estructural – como el control público de las actividades económicas y nacionales estratégicas, los derechos sociales y la Asamblea Constituyente -, sino que se convierten en requisitos mínimos para la aproximación a la justicia social y a una democracia plena, y que oponen a la renuncia, la posibilidad de triunfo, avance y victoria.