El patrimonio que se va pasando de generación en generación conformando el ethos distintivo de un pueblo, es una identidad. El patrimonio es una manera de acercarse al conocimiento de la identidad nacional, de la identidad local, de la identidad del territorio. Nuclearmente es lo que llamamos barrio, como espacio vital de producción simbólica a escala local. Es una unidad de identidad primaria para cualquier grupo social, y su conexión con sus valoraciones. El patrimonio podría ser habitado por una ciudadanía que lo reconoce en sus prácticas cotidianas tanto como en su arquitectura.

Es la herencia recibida de los antepasados, y que viene a ser el testimonio de su existencia, de su visión de mundo, de sus formas de vida y de su manera de ser, y es también el legado que se deja a las generaciones futuras. Es la memoria colectiva que tiene una dimensión ligada a la arquitectura, y a los objetos, y otra relacionada a lo inmaterial, a las creencias, a las costumbres, a la cultura en general, a un sentido.

Visto como un proceso social para Yungay ha sido un proceso de encuentro, y desarrollo en relación a la defensa de su patrimonio, el encuentro de un capital cultural por parte de la comunidad. Un encuentro con la memoria, pero una memoria reificada en el hoy, en su habitabilidad por parte de una población nacional e inmigrante, rediscutida en lo que se plantea como su protección. Revalorada, y ensanchada por la ocupación del espacio público.

Releída, porque es un patrimonio que se revitaliza en intangibles que aportan a la construcción de una identidad barrial. Este patrimonio ciudadano es un patrimonio que se puede reescribir en lo público, en su ocupación política, en el ensanchamiento de sus dimensiones, que se mueven en código de acción social de la comunidad, y en esta acción reordena significaciones culturales.

Esta acción renovadora, y creativa de las comunidades abre espacios de lo público, reescribe lo público desde otros actores, aportando de manera muy probable a ensanchar los límites de la democracia. Junto con desarrollar identidades nuevas, es decir, hay una dimensión de lo político, social, y cultural muy ligados, retroalimentándose en la acción de estos movimientos sociales urbanos.

La conjunción de estos espacios acerca a los ciudadanos al centro de su ciudadanía, de su soberanía. Rompe los muros que separan al ciudadano de sus pares y de sus identidades dispersas, posibilitando la creación una identidad colectiva. “Tener una identidad sería, ante todo, tener un país, una ciudad o un barrio, una entidad donde todo lo compartido por lo que habitan ese lugar se vuelve idéntico o intercambiable. En esos territorios la identidad se pone en escena, se celebra en las fiestas y se dramatiza también los rituales cotidianos” (Garcia Canclini, 1995). En esta identidad descansa la noción de patrimonio del barrio, su propio territorio, su historia, la lectura histórica social que los incluye a todos los actores a través de la historia de un barrio neurálgico en la convivencia nacional.

El patrimonio de los barrios es el patrimonio de la ciudad, pensar los barrios, puede ser también pensar la ciudad. El espacio es un relato, que abarca, la historiografía completa de la ciudad, es por ello que su transformación se lleva parte de la memoria colectiva.

Sobre el derecho a valorar los espacios públicos, a defender los espacios de la ciudad, como un derecho a vivir la ciudad. El protagonismo de los ciudadanos para construir y resignificar su ciudad, es un derecho cuya discusión tiene características de muy relevante, es sobre el derecho a pensar, y vivir el espacio colectivo.

Los barrios así definidos en el espacio de la ciudad, son “un significado recurrente en la vida urbana actual esparcido en imaginarios metropolitanos o de ciudades medias, que sirve para construir identidades socio-culturales, políticas y con valores de distinción simbólico ideológica. Convertido en valor cultural, el barrio parece filtrarse entre las grandes determinaciones histórico-estructurales y llenar intersticios de amplia significación para los distintos actores que lo ejercen” (Gravano, 2005). En este espacio pueden crecer las resistencias contra una hegemonía dominante, es un espacio primigenio donde se puede recrear el sentido dominante por un sentido que resignifique valores de otra hegemonía. Es un espacio que se mueve en un código distinto, donde las cosas refieren más a lo micro, a lo local,  a cuestiones de lo cotidiano, de lo más simple, cuestiones indispensables. Es un espacio donde el vecino puede reconversa la vida, y en este dialogo puede estar el sentido del cómo se habita. Y este sentido del cómo habitar la unidad de reproducción de ese sentido, es el barrio, y su identidad cultural.

Esta relación patrimonio y barrio, es una relación espacial significativa, pues se articula, en tanto, hay una ciudadanía que le da vitalidad a esta relación y la dota de sentido.

La constatación identitaria de que el patrimonio de su barrio, es algo que debe ser defendido, funde el patrimonio con su comunidad, en tanto, es está comunidad la que activa su defensa, y su defensa es el espacio vital que se habita. Así se comienza a reconstituir un nuevo relato a partir de esta relación, “el espacio es un producto material en relación con otros elementos materiales, entre ellos los hombres, los cuales contraen determinadas relaciones sociales, que dan al espacio una forma, una función, una significación social” (Castells, 1974). Se renueva así una lectura particularmente monumentalista del patrimonio, haciendo un giro hacia un patrimonio de las comunidades, un patrimonio menos institucional, y más ligado a movimientos sociales urbanos, así lo demuestra la acción colectiva de los barrios de Dalmacia, San Eugenio, Matta Sur, y particularmente en Yungay, donde el paradigma es ampliamente significativo en cuanto a organización y participación.