La semana pasada se realizó en el  Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago un alucinante encuentro chileno-boliviano de historiadores, cientistas sociales y por demás gente anómala, alentado por personalidades académicas de ambos países. Alucinante: por las cosas que se oyeron a estas alturas del partido en boca de algunos doctos soi-disants académicos.

El primer día escuchamos piezas de antología.

Un profesor chileno, de apellido Concha (tal cual), nos quiso convencer que el Tratado de 1904, suerte de Constitución de 1980 que aun rige sin modificación alguna las relaciones entre Bolivia y Chile, había sido un tratado alcanzado sin coacción… Es decir, que Bolivia, luego de que las tropas chilenas invadieran su litoral y se apoderaran de extensísimos territorios y que, a la fecha, aun contaban con el poder de bloquear todas las exportaciones de estaño y demás minerales bolivianos por el Pacífico, actuó libremente al ceder a perpetuidad todas sus costas y tierras invadidas. Es tan comprensible como incomprensible que tales discursos los oigamos hoy de parte de la Cancillería chilena, ¿pero del “mundo académico”?

Más tarde un cientista político de la Universidad de Concepción, de apellido Mendoza, que hizo gárgaras de “realismo” analítico, argumentó que el fracaso de las negociaciones de Charaña (1975-1978) tenía un solo responsable: el gobierno de Bolivia. ¿No será mucho? Agregó más tarde que, al invadir Bolivia en 1879, el gobierno de Chile no hizo sino resguardar su seguridad como cualquier persona lo haría; cuando le pregunté qué seguridad de Chile estaba poniendo en cuestión entonces el gobierno de Bolivia, el tipo se quedó mudo por un instante y luego solo atinó a reírse para sí mismo.

Ante la indignación de los académicos bolivianos presente y demás gente anómala, un tercer académico chileno, con cara de Jovino Novoa, intervino para decir que nunca es bueno dejarse llevar por el resentimiento… (No hubo caso: este nuevo Jovino nunca entendió la distinción entre indignación y resentimiento). Además, según él, las tropas chilenas jamás habían invadido territorio boliviano. Es decir, lo habían invadido, pero en realidad no lo habían invadido…

¿Hasta qué punto algunos académicos-políticos chilenos tienen tan internalizada una concepción burda de la Raison d’État a la hora de intentar vendernos su descompuesto charqui decimonónico? (Supuesto “realismo” en el análisis que no es sino un idealismo de poca monta y aun cortoplacista).

¿Qué está pasando en la relación Chile-Bolivia? Aparentemente nada. Todo parece inmóvil como las aguas fijas de un charco nauseabundo. Todo parece una repetición sin fin de la nota que el embajador chileno en La Paz, Abraham Koenig, le hizo llegar formalmente al gobierno boliviano el 3 de agosto de 1900, en la que argumentaba que como Chile había vencido en la guerra tenía el derecho a imponer sus condiciones a los vencidos. Que eso siempre había sido así y debía seguir siéndolo… Así que Bolivia se podía ir olvidando para siempre de un puerto en el Pacífico…

Esta repetición infinita de la Realpolitik más burda no habrá sido, sin embargo, nada. Ocurre que este mismo argumento, utilizado en las relaciones “externas”, lo habrá retomado años después Pinochet en el plano “interno”. Decía a menudo el dictador: nosotros ganamos una guerra (se refería a la autoasumida guerra contra “el marxismo” interno), así que no nos vengan a hablar de detenidos desaparecidos… Como el embajador Koenig, Pinochet se atenía al realismo burdo de la mera armada fuerza. Ya sabemos en qué terminó Pinochet. Y, especialmente, en qué terminó ese argumento suyo.

Pese a todos los esfuerzos desplegados por la Dictadura, la ley de (auto)Amnistía de 1978 ha quedado de facto y de iure inoperante. La figura jurídica del “secuestro permanente”, por de pronto, logró impedir que los crímenes no fueran investigados y, en muchos casos, sentenciados. Por mucho que la derecha aun reclame que se trata de una “ficción jurídica”: ficción o no (y por lo demás es impensable un ordenamiento jurídico carente de toda “ficción”), hasta hoy tiene efecto jurídicos bien “reales”. Algo parecido ha pasado con la Constitución de 1980 (que es en el plano interno, como decíamos, lo que el Tratado de 1904 es a las relaciones con Bolivia): ha sido modificada en varias ocasiones, por más que una nueva elaboración constitucional sea una tarea aún pendiente.

La actual dirigencia política chilena (y no solo política, también académica, cultural, etc.): o desmonta en el plano de las relaciones externas lo que hasta cierto punto desmontó en el ámbito político interno, o desde ya vaya consiguiéndose un/a siquiatra competente, porque el brote de esquizofrenia histórico-política no se lo ahorrará nadie.  Por decir: o cuestiona la ficción histórica que aun se cuenta, o, que se apreste a compartir el destino de los Mamos Contreras.