dilma y cunha

Eduardo Cunha y Dilma Rousseff

Imagínese el lector chileno que, a tres meses de iniciarse la agenda legislativa de la Cámara de Diputados, en Valparaíso, a su presidente no se le ocurra gestión más descabellada que aprobar nada menos que la construcción de un mall (“shopping center”, en Brasil) exclusivo  para el deleite de los congresistas, con un costo estimado en 700,00 millones de dólares. O de cobrar al Ejecutivo una “amnistía” de las multas fiscales acumuladas por las iglesias pentecostales, que suman 100,00 millones de dólares. Presionada, la presidenta consintió el perdón millonario con la “medida provisoria” 668, luego alzada a ley 13.137, y publicada en el Diario Oficial de la Unión.

Meses antes, el Senado aprobó una medida provisoria que determinaba otra “amnistía”. Aquella vez, para las empresas del mercado de la salud privada, que le deben multas con el monto escalofriante de 800,00 millones de dólares al Fisco, pero que han puesto platas para el financiamiento de campañas políticas de decenas de diputados y senadores. Indignada, la presidenta Rousseff vetó la proposición indecente, sin embargo endosada por la misma Agencia Nacional de Salud, subordinada al Ejecutivo.

“Con amigos así, ¡para qué quieres a enemigos!”, dice un refrán brasileño.

Su Excelencia, el presidente de la Cámara de Diputados en Brasilia, se llama Eduardo Cunha. Pertenece al PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), agrupación aliada del PT desde 2003, con Michel Temer titular de la vicepresidencia de la Nación.

Cunha es evangélico fundamentalista, que ha desafiado  al Estado Laico al instituir el rito de “oraciones colectivas” de la bancada pentecostal en la Cámara, en donde sus 76 diputados de afiliación partidaria transversal se constituyen en el “tercer partido”, superado apenas por el  PT (89)  y el PMDB (82).

Este frente conservador – caricaturizado como la “Bancada BBB: biblia, balacera y bueyes”, porque suele aliarse con los latifundistas – suele articularse rabiosamente contra pautas como la equidad racial y de género, el derecho al aborto, y sobre todo al matrimonio gay, defendiendo la criminalización de homosexuales y el castigo físico de padres y madres contra niños y niñas.

En 2012, la policía y bandas criminales mataron a 30.000 jóvenes brasileños, 77% de los cuales eran negros. El genocidio es espeluznante y no aparece en los medios: en 2015, cada día son asesinados 82 jóvenes en Brasil. Una tragedia que no tiene solución policial, sino de prevención social y psicológica. Pero el enfoque  de la bancada evangélica es la truculencia: acaba de aprobar la reducción de la edad penal mínima de 18  a 16 años, justificando el combate a la criminalidad juvenil con balaceras y arrestos en penitenciarias y cárceles, que son las verdaderas escuelas del crimen,

Así las cosas, en el Congreso el gobierno Rousseff viene acumulando derrota tras derrota.

Pero de repente  he aquí a Cunha acusado por un delator del “Operativo Lava Jato (Lavado de Chorro)”, que desde mediados de 2014  investiga el escándalo de corrupción alrededor de la petrolera estatal Petrobras, y que ha arrestado a una veintena de ejecutivos de grandes empresas y encausado a 47 parlamentarios de cinco partidos políticos diferentes, entre los cuales hay cinco del PT.

En el interrogatorio filmado, luego filtrado a los medios, difundido por la TV y en internet, el lobista Julio Camargo, que operaba como intermediario entre empresas contratistas y la petrolera, juró ante el juez Sergio Moro que le entregó 5,0 millones de dólares a Cunha para, supuestamente, financiar su campaña política o meterlos en el bolsillo. Es más, que al demorarse con el pago, fue víctima de acoso por enviados del parlamentario, con amenazas del más genuino modus operandi de la Mafia.

Solo entonces algunos medios se acordaron que, entre otras acusaciones, Cunha está enjuiciado en 20 procesos por improbidad administrativa, pero ninguno preguntó, cómo es posible que un parlamentario con tal prontuario haya burlado el monitoreo de la transparencia y logrado su elección.

Acto seguido, el presidente de la Cámara, que ya obstruía los proyectos del Ejecutivo, declaró su rompimiento con la presidenta Rousseff, atribuyéndole su delación como acto de  “venganza” y como “maniobra política” del Fiscal General Rodrigo Janot. No satisfecho, al iniciarse el mes de agosto, Cunha acogió  dos de los once pedidos de impeachment de la presidenta, protocolados por el Senador Aécio Neves. Lo que suscitó desconfianza hasta en la prensa estadounidense, en donde el  Washington Post (29/5/2015) se preguntó “Does Brazil’s new speaker of the lower house want the government to fall? – ¿Quiere el nuevo vocero de la cámara baja derrocar al gobierno?”

Por eso, explicar lo que sucede en Brasil, mi país, suele recordar tramas de las películas policiales de segunda categoría hollywoodenses – un grosero mix de los “Escritos de un Viejo Indecente” (Bukowski), “Cinco Asesinos” (Chandler) y una pizca de “El Nombre de la Rosa”, de Eco, porque es en sótanos mugrientos que se mueven los personajes siniestros de la narrativa, pero es en “House of Cards”, de Michael Dobbs, donde  se refleja el Führer del congresismo brasileño.