presidentes de la concertación
La historia de la memoria nacional debería reconocer la importancia de la reserva ético política que significó la lucha de los familiares afectados por  violaciones a los derechos humanos. Esa agrupación de sentido resistió los embates de una dictadura sangrienta, fueron un espacio de resistencia moral. Y su postura fuerte abrió sendas de identidad para una resistencia política y moral, y esto caracterizo a la oposición, su diferencia moral, un reclamo moral muy esencial, la vida.

Esa moralidad política inicio anchuras de significación para reencontrar un espacio de sentido en la oposición, ante la muerte, como expresión decisiva, fatal y abusadora de lesa humanidad. Esta sangre es imposible de olvidar, desde esas muertes se inauguraron lugares de encuentro para buscar un oasis engañoso llamado democracia.

Más bien un largo periodo de postdictadura que sabe a un neoliberalismo salvaje, de la peor calaña, un neoliberalismo conductual. De tal manera que se trasforma en una microfísica cultural que teje una subjetividad consumidora.

No hay identidad ni proyecto, solo recetas de cocina, y eso duele, porque el país necesita una visión para generar un sistema de protección social, para establecer una nueva carta magna democrática

La historia se movió desde la negación humana, la derrota política de Pinochet y su proyectualidad histórica como identidad fascista radica en la derrota moral de su proyecto político. Esa reserva moral es la identidad primaria de la derrota de la dictadura, después los transformismo y gatopardismo licuaron el sustrato político histórico y maquillaron el dolor con estatuas y museos, crearon burocracia e instituciones, monolitos. Una política de reparación que privatizaba la connotación pública con beneficios estrechos y poco integrales.

Sobre educación en derechos humanos invierten nada, esa es la responsabilidad política de nuestra política. Para que hablar de la miseria de su justicia, pura tristeza, un hambre de justicia que se transforma en desesperanza aprendida.

El germen de la rebelión surgió de un espacio ético político ligado al reconocimiento de los derechos humanos, y su herencia viene de una identidad popular forjada durante el siglo XX, la “cuestión social” y la “autodeterminación de los pueblos”, “el desarrollismo nacional popular” y las “riquezas para quién las trabaja”. Son grandes zanjas que escribieron unos caminos desde un origen popular y llegaron a hegemonizar un escenario político cultural, a pesar de no ser una plena mayoría, y este es un mérito que ha sido presentado como una debilidad, la verdad es que si hay algo singular en la Unidad Popular, es su hegemonía político cultural.

Una sensación espiritual nacional donde los cambios parecían inexorables, el avance ante las fuerzas reaccionarias parecía natural. Esta naturalización describe una correlación epocal esgrimida como un reconocimiento del pueblo a guiar su destino, desde el adentro del siglo veinte que las luchas populares establecieron un camino de necesaria unidad. La sensación de vencedores tenía relación con la evolución de la historia, un marxismo clásico que estructuro la historia de la humanidad bajo una pretensión de derivación científica, dicho discurso provocaba la entelequia decisiva de saberse envuelto en un progreso de la humanidad inevitable. Era ir de la mano de la historia, en Chile, esa revolución con gusto a empanadas poseía un ideario cultural muy potente, en tiempos en que la mediatización no tenía la potencialidad totalitaria que tiene hoy.

Los libros, la educación, la música, la cultura popular eran espacios de encuentro y reconocimiento con otras categorías de sentido, digamos que la emancipación tenía espacios de sensibilidad distinta y podían integrar porque estaban vinculados a la base social. Así la política era una forma de socialización y lugar de identidad, su alcance dinamizaba un debate social sin precedentes en Chile todos debían tener opinión, la gente sin opinión no existía.

Era una polis integrada nacionalmente, donde los destinos del país eran parte de un debate intenso. Es difícil pensar en una escena más profundamente democrática, encontrar un momento en la historia nuestra donde el grado de ebullición de las fuerzas estaba desatado y con ello la expresión de una descarnada lucha de clases que daba señales de la negación que vendría.

En plena guerra fría un proyecto nacional se planteaba llegar al socialismo por la vía eleccionaria era algo que no podía permitirse por parte del imperio, la izquierda nunca reparo de manera suficiente en dicha disyuntiva, el alcance de la mano interventora del imperio articulo una conspiración a gran escala. La mano de la CIA creo a un Pinochet y su terrorismo de Estado, la noción de enemigo interno inauguro la dictadura con sus campos de exterminio. El engendro ideológico ya lo habían parido e incubado, no podían permitirse otra Cuba y además por un camino democrático, era un ejemplo solo borrable de la faz de la tierra. Nunca existió otra opción para el imperio que no fuera desterrar a todos los upelientos que creían en un camino popular.

Esa izquierda que al final es una genética de nuestros imaginarios políticos hoy ya no posee un proyecto como la Unidad Popular, que con sus imperfecciones fue capaz de plantearse espacios de influencia relevantes en nuestra sociedad, esa identidad de izquierda está perdida en un circunstancia epocal de difícil capacidad de aglutinación, donde un proyecto neoliberal cultural ha calado hondo en la imaginación de los chilenos, tanto que no imaginan otra cosa.

No hay identidad ni proyecto, solo recetas de cocina, y eso duele, porque el país necesita una visión para generar un sistema de protección social, para establecer una nueva carta magna democrática, para terminar con un periodo de postdictadura y abrir camino hacia una democracia sustancial.

Son los movimientos sociales los que han politizado nuestra sociedad, esa es una señal pues la expresión de nuestra democracia es mercantilista y elitista, es decir, se cuestiona su definición democrática. Esto supone un nuevo pacto, un nuevo contrato social, y en esta disyuntiva la izquierda tiene un rol que jugar si es consecuente con su historia.